viernes, 26 de diciembre de 2014

Ocurre en navidad.





Ustedes no lo saben. Es difícil que puedan sentirlo de algún modo, o tal vez sí que lo sienten pero resulta en exceso inefable. Pasa que me han puesto aquí y ahora desde la nada. Y joder, más que sentirlo lo percibo con el sentido de la vista, con el olfato, claramente, algo realmente extraordinario, que se repite con periodicidad anual. Para dar una muestra de lo que hablo me gustaría trasladarme a hace justamente unos cien años, movernos y cambiar nuestro escaparate por otro bien distinto. Me debato entre el me lo creo y el no me lo creo y me cuestiono sobre la estupidez a la que puedo estar siendo arrastrado por mis propias circunstancias. Pero sigo. Hace cien años. Ocurrió muy lejos de aquí, creo que en algún bosque de Bélgica. A un lado los soldados alemanes, al otro los británicos. Ya llevan un tiempito asesinándose unos a otros con el consentimiento de la historia. La guerra ha arrastrado a los manolos y a los pepes de uno y otro país a desear y a pretender la muerte del contrario en una tierra que no es la suya. Es navidad y hace frío, mucho frío. Han pasado algunas horas sin que se produzca ningún disparo. Las piezas de artillería crujen bajo la nieve, los hombres tiritan ensimismados, son incapaces de soltar el fusil aunque no lo usen. Era mil novecientos catorce, el fantasma de la muerte sobrevolaba a baja cota la campiña europea. Se alargaban trincheras como una muestra de la inteligencia humana, después no habría más que echarle la tierra desplazada para que los cadáveres quedasen bien enterrados y a otra cosa. A uno, que lo han puesto aquí y ahora, le llega a las narices el melancólico olor de estas fechas. De verdad creo que nos volvemos mejores en navidad, ya sea por el hecho de expresar la voluntad de reunirnos con otros, casi seres queridos en su mayoría. Y nos volvemos mejores no significa que seamos de súbito buenas personas, es otra cosa. Nos vemos poseídos por la emoción, nos dejamos llevar por ella y joder, realmente deseamos el bien para los demás. Por otro lado están los que viven cómodamente apoltronados en su propia amargura. También para ellos cambia algo en navidad. De igual modo les ocurrió a aquellos soldados de mil novecientos catorce en las trincheras. Es imposible saber realmente lo que pasó y cómo pasó. No me cuesta creer que fue verdad. Lejos de sus familias, lo más alejados que se puede estar de cualquier muestra de cariño, pudo ser que uno de ellos, respondiendo a la locura o al crujir de dientes o váyase usted a saber qué, decidió entonar una oración propia de la fecha o un villancico. Al cabo de un rato, no mucho a lo mejor, otro decidió acompañarlo. Entonces ocurrió que desde la otra trinchera se pudo escuchar otra voz en otra lengua entonando en un ritmo parecido una letra parecida y que expresaba los mismos sentimientos. Digo que horas antes se apuntaban unos a otros y se disparaban unos a otros y celebraban la muerte del caído. Y ahora digo que en uno y otro bando el grupo que canta es más numeroso y que afloran las sonrisas, entre los árboles de troncos robustos taladrados aquí y allá por el impacto de los proyectiles malgastados, sonrisas como tajos a la muerte. Todos cantan y uno de entre todos, poco importa si alemán o británico, hace algo del todo sorprendente. Abandona la trinchera, descresta sobre la línea imposible del talud y se adentra con paso decidido hacia tierra de nadie. No lo sabe, no es capaz de darse cuenta de que no lleva el fusil en sus brazos. Mientras camina no puede dejar de mirar a la trinchera contraria. Tampoco sabe que desde ella nadie encara el fusil. La nieve cae en copos semiestáticos en la nochebuena belga de la Gran Guerra Europea. Escribo estas líneas y vuelvo a oler esa emoción estacional. Deseo con todas mis fuerzas estar contando una historia verdadera. A la vez que el soldado camina hacia lo que en otro momento sería una muerte segura lleva una de sus manos a sacar del bolsillo de la guerrera un puñado de cinco cigarrillos. Ya hay alguien, otro soldado con uniforme diferente y diferente bandera, que ha salido a su encuentro. Llegan al centro mismo donde la muerte antes era dueña y señora del tiempo y del espacio. Se sonríen de forma espontánea. Uno le da al otro el puñado de cinco cigarrillos, el otro le extiende media chocolatina. Feliz navidad dice en alemán el primero, feliz navidad, responde en inglés el segundo. Tal vez se abrazan o no en este momento. En cualquier caso, lo hacen, con los ojos al menos, sin saber el motivo que los lleva a ello. No miran atrás. Pero si lo hicieran verían que otros los imitan, que otros también acuden al encuentro del soldado enemigo, y de qué manera. Era la navidad de mil novecientos catorce y entre trincheras y las botas crujían sobre la blanca nieve que antes era manchada de roja sangre y de negra muerte. Me pregunto si tendrá algo que ver esta historia con eso que percibo en el aire de estas fechas. Fechas en las que la alegría es más intensa y es más profunda la melancolía. Y será que me han puesto aquí y ahora como un vulgar peoncillo de este enorme ajedrez que es la vida que nos ha tocado jugar. Y será que ustedes, la mayoría, no pueden verlo en su totalidad porque la costumbre atenúa los instintos, aunque algo sienten. Pero realmente algo ocurre en navidad. Algo que pasa entre NOSOTROS. Váyase usted a saber qué.

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