jueves, 20 de junio de 2013

Creed que os canto.

Para mi conciencia, descalzos pasos hasta mi cama dormida.
Yo sólo pretendo vuestro mañana y creedme,
Me distraigo de vuestros juegos por el camino,
Con una espada por cada flanco,
Cubriendo de vuestras miradas verdaderas
-más que ninguna- el lugar adonde hemos de llegar.

Es envidia a veces la rabia que os dedico.
En otras sólo son poemas pequeños y divertidos
Devolveros la sonrisa o cubrir de galletas vuestra mesa.

Tenéis el poder infinito bajo las pestañas,
En las plantas de los pies, bajo la nariz y en ella.
Tenéis sobretodo el fuego que en mí creo olvidado.
Nada de vosotros ahora me hace daño.
Sístoles y diástoles que en otros cuerpos
Inflan y descargan los alveolos que me empeño en destruir.

Para mi soledad, dientes manchados de chocolate;
Para mi consciencia, cada uno de los suspiros infantiles.
Labios manchados de chocolate, para el niño que fui;
Pasos dormidos y descalzos, para el bendito desvelo;

Apenas penas y gimoteos, para mis manos que son vuestras.

martes, 11 de junio de 2013

¿Dudas?



¿Cómo puede defender uno su propia obra? ¿Cómo puede defenderla de uno mismo? Son preguntas que me planteo en estos días en los que se pasa, de una euforia infantil a una ruidosa incertidumbre, a la velocidad del rayo. Por momentos llego a diferentes y falsas conclusiones que van mutando con el tiempo. Son éstas, preguntas muy parecidas, a las que uno se hace cuando la obra apenas es tal, y la importancia de la confianza en uno mismo es el poco arnés con el que se cuenta.


Uno piensa en la perspectiva. En la ausencia de ésta o en su deformación. Es un amor muy injusto el que uno puede sentir por una criatura que florece de sí mismo. No es una autodefensa, es otra cosa. Pero ocurre que uno es consciente de que el amor injusto puede derivar en mayores males que, con el paso del tiempo, pueden resultar irreparables. Tanto para la obra como para el autor.

viernes, 31 de mayo de 2013

Fernando Lobo y José Simonet.

 
Escribo estas líneas con el corazón a medio camino entre la alegría y el enfado. Las dedico a un par de amigos y es, precisamente este hecho, el que hace que estas palabras tengan que ver con la alegría, que sean mis amigos.

Uno de estos dos amigos es el cantautor, poeta y artista, en el amplio sentido del término, Fernando Lobo. Fernando es más Lobo que Fernando, quiero decir, que como el animal, despierta cada mañana con todos sus sentidos orientados a que su forma de vida y su visión del mundo, sobrevivan a una jornada más en una escena que más bien parece ir a la contra de todo lo hermoso que mi amigo trata de defender. Pero es un lobo incansable este Fernando mío. Su forma de presentar batalla no es otra que hacer valer su talento y su seria capacidad de trabajo, que no es otro que proponer sueños, favorecer la sonrisa y pellizcar aletargadas rebeldías. Se podría decir que las cosas le van bien. O al menos, que sus proyectos e ilusiones llegan casi siempre a buenos puertos. Un nuevo disco en la proa, la satisfacción por el recorrido de una novela, los poemas de su vida en un precioso libro acompañando a un buen puñado de gente,... Sí, Fernando, como el animal de su apellido, no deja de alimentar sus inquietudes y alertas.

Pero ocurre que el bosque está lleno de peligros. Amenazas que hasta al más fiero de los habitantes del bosque pueden hacer perder su enérgico deambular. Puede ocurrir que una desafortunada ramita le haga caer y tocerse una pata. Fernando vive un tiempo en que estas ramitas están por todos lados y, aunque es ágil, y, aunque es consciente de cuanto le rodea, yo temo, con enfado, que también Fernando vea como una de sus patas sea quebrada por las dificultades y las sombras que pretenden acabar con su habitat. Como ya le ocurrió al lobo. Que nunca dejemos de escuchar el canto del Lobo en Cádiz.

Pero decía que eran dos los amigos con lo que compartí ayer una maravillosa mañana de café, tostadas y cerveza. José Simonet es un músico excepcional y un poeta entregado a la causa de hacer ver que la poesía sigue siendo ese maravilloso lugar frontera. Simonet suda por los cuatro costados fuerza y talento. Es difícil no notarlo cuando se le tiene cerca. Lo tienes al lado, te habla, lo observas y te dices: este tío tiene algo muy valioso, un no sé qué que transmite y que no es común, algo maravilloso, algo que te hace feliz cuando descubres que existe.

Pero también ocurre con Simonet que camina los senderos de un bosque lleno de incómodas ramitas. No puede trabajar en la música a la que tanto esfuerzo ha dedicado. José, no escribe, no puede, no le dejan. Ni siquiera le es posible estar en su casa. A Simonet, que es poesía y que reivindica su querencia por ser poeta en su tierra, se le negó la posibilidad de seguir en la brecha. Pero se le negó aquí, se la negó esa tierra que tan dentro lleva. Y no se la negó Yale, ni otras universidades estadounidenses y del Canadá. Por fortuna para mí ayer pude disfrutar de José Simonet en su habitat natural. Pero llegará el mes de julio y este poeta nuestro deberá volver al exilio emocional en el que se ve obligado a vivir, porque no supieron ver aquello de lo que yo disfruté en una mañana gaditana.

La ciudad de Cádiz debería ser más inteligente. Debería entender que es puerto de mar y que los bosques con ramitas le quedan lejos. No es el puerto de mar de Cádiz, la ciudad de la alegría y del arte cotidiano, un bosque con ramitas para el artista de arte facilón y mal gusto, para los circos insustanciales, para los trepas que viven del arte de no hacer más que tocar palmas a los artistas de arte facilón y mal gusto. Dejemos quizá, que sea bosque cuidado en el que no sea tan difícil ver que tenemos nuestro Lobo y que Simonet pasea, absorto quizá, entre los árboles, contando endecasílabos.

martes, 28 de mayo de 2013

En el camino.



Partimos rumbo norte, no sin antes hacer una pirula en la peatonal calle Real para dar la vuelta, bajando la calle San Agustín y atravesando el popular barrio de La Ardila. En San Agustín, la terraza del freidor-churrería, luciría más si entre algunas de las mesas reposara su aburrimiento un cactus y pasease por entre las patas de las sillas algún que otro escorpión. Una caja con caballas "frescas, recién cogidas en la bahía" y otra con boquerones, parecen el calzado de un joven, camisa abierta a cuadros blancos y azules, que vende el género junto a un viejo de bigote blanco amarillento, rodeado por un corro de decepcionados con la vida. Naranjos de amargas naranjas; coches aparcados en batería a la derecha, y a la izquierda, como se ha podido.

Atacamos la autovía que inicia el viaje a nuestro destino, a unos 100 kilómetros, metro arriba, kilómetro abajo. Dejamos atrás la pasarela de la estación de ese monumento local que es el Bahía Sur, con el eje longitudinal del viejo Renault Clío paralelo al del Parque del Oeste o del Colesterol. Polígono industrial de Fadricas. Más allá, el viejo arsenal. Y aún más allá, una incomparable panorámica de la bahía flanqueada por el lucido saliente de la ciudad de Cádiz al noroeste y el lastimero esqueleto de los astilleros y el muelle de La cabezuela por el este.

A la altura de Chiclana de la Frontera nos desviamos para tomar la carretera convencional que nos permite vislumbrar, pasado el cementerio mancomunado, sobre una meseta irregular e idónea para una remota defensa, la blancura de la atalaya que fue el pueblo de Medina Sidonia. Lomas de baja cota visten de verde, arbustos y sendas, pequeñas grutas conejeras, de verde, a un lado y a otro de la incómoda serpiente que es la carretera.

Medina desciende al norte y se abandona a sí mismo como pueblo. El precio que se ha de pagar contra el olvido. Hacia el sur, en un llano, incontables balas de paja en forma de enormes cilindros, se ordenan sobre el resto amarillo que espera el fuego. Uno no entiende de dónde vienen los grupos de eucaliptos o el porqué de la formación militar de pinos que dejamos, en guardia, mientras divisamos los monstruosos molinos de viento que nos anuncian nuestra llegada a una segunda autovía que apenas nos hará sentir la conocida Ruta del Toro.

No se admiten bicicletas, viandantes, carros tirados por animales, vehículos agrícolas,... Se nos admite a nosotros, que salimos más favorecidos en los retratos que hacen los radares. Al sur, mostrando lo que queda de tiempos mejores, los sólidos muros de lo que alguna vez pudo haber sido algún tipo de fortificación sobre una cresta topográfica de mediana elevación. Bajo ésta, plácidos ignorantes, los sementales agradecen, celebran la primavera y dan buena cuenta de la frescura de sus pastos.
La autovía apenas baja y apenas sube. Curvea a lo sumo y atraviesa bajos collados que a veces están cubiertos de bóvedas artificiales. Nada tiene que ver el conocido anuncio de Osborne con los animales que acabamos de dejar atrás.

Alcalá de los Gazules apenas se deja ver a nuestra izquierda. Aquí la Sierra de Cádiz ya se hace notar y la diversidad de tipos de alcornoques es dueña de los bosques despejados que ascienden, respetando en lo que me parece un misterio, algunos claros que a veces visten de color violeta. Descienden también, los alcornoques, hasta tocar algún embalse, como el formado por el río Rocinejo a nuestra derecha. Viejos abrevaderos junto al río Alberite y al sur, laderas escarpadas manchan de gris el color predominante de la estación.

Camino de servicio, nos dice una señal. Y más adelante, con un orgullo que se me antoja patético "Red de Carreteras de Andalucía".

Otro embalse, a la derecha, más siniestro, ahoga los resignados esqueletos de lo que alguna vez fueron robustos alcornoques a los que la naturaleza decidió sacrificar. Ahora sí que ascendemos. La calzada de la autovía da a luz un nuevo carril para los pesados camiones de contenedores que se dirigen, casi con toda seguridad, al puerto de Algeciras, y que apartan su lentitud para que el viejo Renault Clío pueda atacar con resuello, el sofocante repecho y pueda atravesar con alegría, uno de los tantos puertos atunelados. No puedo dejar de pensar en lo agotadores que resultan estos campos de alargadas pendientes para quien se dispone a caminarlos.

Se extiende Charco Redondo, a derecha e izquierda, con sus orillas pobladas de eucaliptos y rurales construcciones moriscas, justo antes de otro repecho que, una vez traspasado, deja a las claras que uno ha entrado en plena sierra, con cotas de piedra sombreradas por algunas nubes de un blanco ovino.
Olla de ahojiz, y el paisaje se transforma de nuevo. Ya se intuye la soledad del peñón de Gibraltar, que se muestra descoronado, lo que nos dice que el tiempo es de poniente y que, en Algeciras, tendremos calor seco.

Torres como reposo al tendido eléctrico lucen nidos de cigüeñas. Los Barrios se asienta al este, humo de chimeneas bordean la costa este de la bella y sucia bahía de Algeciras.

Dejamos por la retaguardia polígonos industriales, naves de venta de coches, el hotel Alborán,.. Entramos en Algeciras. Nos saludan los serios bloques del barrio de San José Artesano y seguimos la autovía que circunvala la siempre floreciente ciudad y que, abraza con sutileza, el recinto para la feria y la plaza de toros. Salimos hacia la avenida Virgen de la Palma, que descendemos, frente a Los Sauces.

La antigua Nacional 340 es la columna que vertebra el centro de la población. La tomamos y cuando ya empieza a ser conocida como "El Secano", bajamos, a la derecha, por la Fuentenueva, calle en la que un escalofrío, síntoma nostálgico, también anuncia que es el final del trayecto. Aparcamos. Y dejamos dormitar al viejo Renault Clío, que por hoy, ha sido nuestro Rocinante.


domingo, 26 de mayo de 2013

Micro: Erótica.


Desde el vano de la puerta, Erótica es la mujer: la caricia humedecida que involucra al acto inexorable de rendición ante una melodía de piel y hueso. Desde el vano de la puerta la habitación no existe; ella levita como diosa sobre un lecho de fuegos paradisíacos. Se siente observada: se agita lenta, suave y trágica. Su amante, furtivo y desconocido, la mira: la desea. Un leve gesto, como su alma leve, inmersa en lo etéreo de la pasión, acerca a su amante, presa también de la ingravidez y la narcosis de unas telas opiáceas.

sábado, 25 de mayo de 2013

Ernest y yo II




Ernest se ha sentado a la mesa frente a mí. Ha traído una copa vacía para que se la llene. La deja en la mesa y la acerca a la mía. Cuando ya bebemos, juntos y, tras un rato de desconcertante meditación, con la mirada fija en la pintura en la que mi mujer posa, más que bella, con un elegante vestido de verano sobre un fondo azul sutilmente estrellado, me dice, que aquellas noches, en la shamba a los pies de la Gran Montaña, la enorme luna llena, hacía que las estrellas fuesen casi imperceptibles, como las del cuadro, termina a la vez que señala la pintura.

Le pregunto, ignorando su observación, que qué era lo que estaba haciendo en la shamba.

Perseguíamos elefantes. Un grupo de monstruosos elefantes que había tomado la ruinosa costumbre de atravesar de punta a punta la shamba, destruyendo los humildes cultivos locales y acabando con no pocas cabezas de ganado.

Hoy, eso de perseguir elefantes no está muy bien visto, le hago saber.

Hoy ya no hay elefantes como aquellos, hoy no hay elefantes, responde con vehemencia.

Me encantaría poder ir a Kenia.

Kenia ya no existe. Los matamos a todos, empezando por los masáis y los maus-maus.

Lleno una segunda ronda.

Acabamos pronto con el problema de los elefantes. Lo bueno de los elefantes es la facilidad con que se encuentra su rastro. Si se tiene la infeliz idea de esperarlos en la shamba bien puedes darte por muerto. O peor aún, encontrártelos en plena selva. Lo mejor es que el rastreador te lleve a alguna llanura en la que sepas que los vas a encontrar durante el día. Si identificas rápido al jefe del grupo, al viejo, problema resuelto.

Dices que acabasteis pronto con el problema ¿por qué razón seguiste en la shamba? Pregunto sin disimular un ápice mi interés.

Las mujeres kimba son muy hospitalarias pero sobretodo, muy agradecidas y, una de ellas, se ofreció como pago por mis servicios. Fue difícil convencer a su padre de que yo no esperaba pago alguno sin ofenderle a él y a su tribu.

Oye, Ernest, me encantaría conocer una shamba a los pies de la Gran Montaña, le digo.

Ya no hay shambas, no existen shambas como aquellas, responde, melancólico. También matamos a todos los kimbas.  

viernes, 24 de mayo de 2013

Gatsby aprueba por los pelos.



 The Great Gatsby, la nueva versión que Baz Luhrmann nos ha traído a la gran pantalla basándose en la historia que crease Francis Scott Fitzgerald, no es, ni mucho menos, una adaptación de la novela de uno de los escritores a los que Gertrude Stein incluyó, con más o menos acierto, en la que bautizó como generación perdida y que Ernest Hemingway popularizó.


Podría decirse, en cualquier caso, que más bien se trata de un remake a lo Luhrman, de la película que dirigiese Jack Clayton en 1.974, con Francis Ford Coppola como guionista y un brillante Robert Redford como Jay Gatsby en el papel protagonista. Un remake en el que el argumento pierde gran parte de la esencia de la novela de Fitzgerald, en virtud de la visión estética de un director al que se le agradece la intencionalidad y los efectos especiales. Así como Tim Burton es a la oscuridad, se podría decir que es Luhrmann al color y a la luz. Bien es cierto que uno siente desde el principio estar visionando más una película de animación que la adaptación de un clásico literario y que, bueno, tal vez pueda resultar difícil asumirlo. Yo animo sin embargo a que el espectador se pruebe las gafas que Luhrmann ofrece, en ésta, así como en el resto de sus películas. La cuestión es: ¿Resiste el argumento la espectacular imposición del director? Me temo que la respuesta es negativa.

Si hay algo en la novela original que le reprocho a Fitzgerald es sacrificar la sutileza en la evolución del personaje de Jay Gatsby en pro del tempo que le marca la narración. De dicho sacrificio apenas se ve perjudicada la versión del 74, en parte, y quizá aquí las opiniones puedan ser más variadas entre el público, por la maestría de Redford que, en mi opinión, es un Jay Gatsby muy de la novela de Scott Fitzgerald. Aprovecho para decir que, anterior a la película de Clayton, existe una adaptación de 1.949 de la que poco más puedo decir por no tener oportunidad de haber visto. Quede constancia pues, de ésta y de una versión del año 2.000 estrenada exclusivamente en televisión.





La hipérbole de Luhrman no hace posible camuflar ese pequeño defectillo del autor original de la historia. El Jay Gatsby de Dicaprio no experimenta ningún tipo de evolución gradual: son dos personajes totalmente diferentes y no las dos caras de un mismo personaje al que los acontecimientos afectan de forma profunda. Esto va muy en detrimento de la adaptación y hace que no salga muy bien parada en la comparativa con la versión de 1.974. La película, en cuyo inicio y hasta finalizar la primera mitad del metraje, el despliegue de espectáculo y la voluptuosidad musicalizada a ritmo del rap de Jay-Z, abusa tanto de los efectos que, después, cuando la historia requiere de menos artificio y hace notar su esencia, la tensión entre los personajes en el contexto de un Nueva York convulso, el tiempo se ralentiza, dejando al espectador en ese limbo en el que nos encontramos a veces cuando uno ya no reconoce siquiera la película que ha ido a ver, un claro defecto propiciado por la fidelidad a una estética. Luhrman aprueba en la primera mitad del metraje, cae estrepitosamente en la segunda, que ejecuta con no pocas dificultades por la desmesura inicial.

El Gran Gatsby de Dicaprio. 

Leonardo Dicaprio no ha venido a hacer de Jay Gatsby. Leonardo ha venido a enseñarnos como hace de Robert Redford haciendo de Gatsby y esto, se hace patente desde el primer momento en que el personaje hace su aparición en escena. Surgirán después innumerables momentos en que la interpretación de Dicaprio sea escandalosamente parecida a la de Redford. Así que es muy posible que el actor nos haya privado de lo que podría haber sido un gran trabajo interpretativo vendiéndonos una copia más bien barata, al menos en el caso de que ir al cine no fuera tan caro, de la interpretación del veterano Redford.
El resto de personajes se adecúan bastante y hasta quizá, superen ese trance de tener que adaptar una novela, a destacar, el personaje de Tom Buchanan, que tal vez hubiera merecido algo más de espacio en estas líneas. Todos bien, menos Tobie Mcguire, que en su interpretación de Nick Carraway sigue siendo tan plano y tan desértico como en el resto de las películas en que ha trabajado. Quizá es por eso por lo que le fue tan bien en el traje de Spiderman.

Entre defectos, estéticas y demás, mi valoración general de la cinta es positiva. El hecho de que el director Baz Luhrman trate de mantener su visión cinematográfica "a pesar de", hace que mi escaso criterio cinéfilo le otorgue un aprobado por los pelos. Se podría decir que ha sido una bien intencionada jugada en la que, quizá, le han sobrado demasiados regates y, probablemente, el gol, al que se le ha de sumar o restar el factor suerte. En este caso, no pudo ser. No obstante, aprobado.