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lunes, 7 de septiembre de 2015

Cádiz no crece gracias al puerto



Abre la edición digital del Diario de Cádiz con el titular "Cádiz crece gracias al puerto". La cosa tiene su gracia, no crean, un titular digno de una matrícula de honor para un estudiante de publicidad. Cádiz. Crece. Gracias. Puerto. Siempre positivo, nunca negativo, como Van Gaal, pero lo contrario. A bote pronto, así, sin leer más, sin saber más, uno que pasa y lee, qué va a pensar, sí, pues eso, que oh Cádiz, esa ciudad que funciona.

Pero no es esa la verdad. Para entender bien ese titular debemos remontarnos a antes de la crisis, debemos saber lo que la insidia de unas instituciones han elaborado con mimo insultante, aprovechando la ocasión, como buenos políticos, esto es, la miseria y la desgracia de los ciudadanos, oportunidades, decía; cómo, poco a poco, han ido cargándose un puerto que puso a la ciudad en el mapa mucho antes de que existieran los mapas, siglos ha.

Se parten el pecho estos políticos cuando hablan de crear empleo. No dar trabajo, no, sino crear empleo, que lo uno no es lo otro y lo otro no es lo uno según impone la neolengua y el discurso y lo cerca o lejos que estemos de unas elecciones o los datos del desempleo. Aclara después la noticia que el crecimiento es meramente una cuestión de dimensiones, donde antes había un par de metros ahora habrá cincuenta, y después de decir esto, todas las falsas posibilidades que va a suponer tal crecimiento. En este empeño de convertir la ciudad de Cádiz en un bonito expositor, una exótica antesala de la capital andaluza para cruceristas, la APBC (Autoridad Portuaria Bahía de Cádiz), la Junta y la cretina de pelo rubio se cargaron no poco empleo en el puerto de Cádiz, el equipo de gobierno actual anda cazando moscas al respecto. Asfixiaron los ya escasos tráficos que frecuentaban los muelles ahora arrebatados y que generaban auténtica riqueza en forma de puestos de trabajo directos a portuarios, e indirectos, a las empresas consignatarias y sus empleados en favor de un "Plan Estratégico" al que no se le sospecha estrategia alguna, si no es la de dar más espacio a los tráficos limpios, esto es, las tasas que se le cobran a los cruceristas una vez han dejado sus naves, tráficos limpios, atraques y aquellos cuyos ingresos pasan a manos de las instituciones sin pasar por uno solo gaditano.

Mientras tanto se le marea la perdiz a una plantilla cada vez más mermada de portuarios que cada día temen un poco más por la pérdida de sus puestos de trabajo. Se ha descuidado el puerto de Cádiz en una larga pero exitosa maniobra de abandono sistemático, se ha quedado antiguo. Ahora, a José Luis Blanco (PSOE), presidente de la APBC, que lo más parecido que ha visto a un barco en su vida ha sido un pelícano, de actividad portuaria ya ni hablamos, Blanco, en avanzado estado de descomposición política el hombre, que ya se sabe cómo se llega a ocupar tal puesto en Cádiz, se le llena la boca con una desgracia generalizada hecha oportunidad y baza, quién sabe, para futuras bazas y oportunidades de partido. Y claro, Diario de Cádiz nos la intenta colar, qué pillines. Nos venden puestos de trabajos donde no se ven más que puestos para vender postales y guías, de Sevilla, claro, de Sevilla, que es adonde responden que van los cruceristas siempre que son preguntados por los incómodos portuarios, ya con sal y mosqueo de siglos pegados a las escamas.

¿Cómo, pues, se le vende una moto a un portuario? Fácil: la nueva terminal de contenedores. Toda vez que el tráfico rodado a partir de buques Ro-Ro ha sido aniquilado por el alto coste del atraque y la cada vez menos capacidad de maniobra para vehículos, tráfico de Marruecos (dos veces por semana: trabajo) incluyendo el alquiler de la rampa móvil que posibilita la descarga -por el camino moría la empresa consignataria TPC- la idea fue apretarle los tornillos a las grúas portacontenedores de Concasa (tres tráficos por semana: trabajo)  dificultando la concesión de terrenos para el manejo con maquinaria de contenedores. En Concasa ya desmontan para poner caminito a Huelva, puerto en auge gracias no solo a la buena gestión de las instituciones, también a la buena voluntad, en este caso, para crear verdadero empleo, que es de lo que trata todo esto. Pasa que los barcos para Navantia no nos deja ver el bosque, pero que bosque, como las meigas, haberlos haylos, y el bosque es un puerto comercial en desenfrenada decadencia, una ciudad realmente jodida, hablemos claro, el puerto que históricamente fue motor de una ciudad, que unos creen ver bonita y otros la vemos desangrada. En esto el artículo de Diario de Cádiz no se coge los dedos y cita textualmente las palabras de Blanco: "Cádiz es una ciudad administrativa, turística y comercial..." En ese orden, con esa poquita vergüenza. Y resulta que es el orden de esas prioridades lo que lleva mal en Cádiz desde hace un tiempito. Porque no, porque Cádiz ni es Malta ni es Dubrovnik; una bonita ciudad, que lo es, pero no es Venecia, y por supuesto, no es Sevilla, capital andaluza, pero sobre todo, capital de Susana, cuyo puerto, curiosamente, sí tiene actividad comercial, aunque los barcos deban pasar una auténtica odisea al remontar el Guadalquivir. En Sevilla, como en Huelva, se nos gana en voluntad, que no en tradición portuaria, que en eso, insisto, Cádiz tiene escuela desde lo del huevo de Colón.

Decía la nueva terminal. A día de hoy la nueva terminal es una moto sin marca ni casco. Bien avanzadas sus obras, los portuarios no consiguen explicarse las razones por las cuales no reciben noticias de las empresas interesadas en su explotación, una explotación que como mínimo podría ampliar la plantilla de portuarios en 150 trabajadores, sin contar el personal necesario para el funcionamiento de la empresa consignataria.  El artículo de Diario de Cádiz nos cuenta que el concurso tendrá lugar en 2016 y la mencionada explotación, humo de momento, para primer trimestre de 2017. Y claro, concurso, ya sabemos lo que pasa con los concursos, que nos tiemblan las canillas, no digo nada lo portuarios, acostumbrados a que se las den con y sin queso. Las obras para la nueva terminal de contenedores, decía, se encuentran en fase avanzada. Pero la APBC necesita como el comer, el cobrar, un dinero que Europa no piensa soltar hasta que el inexistente puerto de carga y descarga no demuestre que su explotación es rentable, no vaya a pasar como los famosos aeropuertos en los que ni despegan ni aterrizan aviones, que no son en Europa sencillos currantes como los portuarios, que ya sabemos cómo las gastan, sobre todo después de haberles vendido gato por liebre más de un millón de veces en materia de subvenciones. Pero sin pasta, ni se pone fin a la obra y, finalmente, tampoco veremos grandes empresas del movimiento de contenedores pujar por el business, que insisto, interesan tanto como los barcos que prometen construirse y repararse en Navantia.   

Mientras tanto, eso sí, tenemos nuestro fantástico Plan Estratégico, vete tú a saber para qué. "Será un sitio muy versátil" dice José Luis Blanco, también dice algo de lo chulos que quedan los conciertos allí, que es como decir que, bueno, en realidad no tenemos ni puñetera idea de qué vamos a hacer (un parking, qué si no, por ejemplo), pero que mangar, mangaremos, que de eso nosotros sabemos tela. Nada de lo que dice el artículo del periódico gaditano huele a creación de puestos de trabajo, nada en absoluto, o, en cualquier caso, precarios puestos de camareros/gondoleros, empleos que suben y bajan como los mareas, según temporadas.


Si una ciudad como Cádiz vive de espaldas al mar, muere, como lo harían las gaviotas, de irse a vivir a la Mancha. Y no, Cádiz NO crece, ni gracias al puerto ni a nada, hacen más anchas sus aceras, nada más.

martes, 25 de agosto de 2015

Nada de barcos


Ahora que nos luce el pelo y que las penas parecen menos, que siempre nos ha encantado esto de aparentar y de aplaudirnos, se me hace oportuno la publicación de este cuentecito.


Fuente: Kiki. Diario de Cádiz.

La superficie enervada de las aguas de la bahía. Las aguas de la bahía de un verde mate, como un color muerto. Un verde difunto festoneado de blancos y fugaces latigazos. Mira el puente a lo lejos, a medio construir. Le gustaría ser el único testigo de la ola destructora que acabase con su insultante presencia. Un puente, para qué un puente; sobre la mar, un puente. Nada de barcos. Un puente. No lo dice. Lo piensa del mismo modo que imagina la ola y de la misma manera que ignora el frío del alba retenido en el rugoso granito de la balaustrada. Se recuerda veinte años antes. Entonces apenas pensaba en barcos. Después de recordarse recuerda la última vez que vio al niño que ya no es un niño y que es abogado. Misteriosamente para nosotros, lectores o testigos de una ficción que nos invita a pensar que la ficción es la única realidad posible en este preciso instante; e inexplicablemente para él, casi una confusión, puente y niño, significan la misma cosa. Como si puente (que jamás verá construido del todo) y niño hombre abogado anunciasen su inminente inexistencia.
          
          Pero cuando piensa y cuando recuerda no lo hace de una forma que podamos entender un gesto de autocompasión. A pesar del frío lleva remangadas las mangas del viejo jersey, las mangas arrugadas por encima de los codos huesudos, y los puños de la camisa a rayas azul celeste doblados y sobre el jersey, desnudos sus antebrazos velludos como tensores. Sobre su cabeza una vieja y descolorida gorra azul de la Armada con un barco gris en relieve bordado y bajo éste una letra y unos números del mismo color verde muerto del pedazo de mar atrapado y en sofoco que contempla.
          
         La señora, en la casa, no quiere saber nada de puentes a medio construir y barcos. Para ella también sigue siendo el niño. No es el mismo niño que para él. La señora en la casa sonríe cada noche, ya en la cama, junto a sus ronquidos y la tos que finalmente se lo llevará a la tumba; sonríe al escuchar a través de las finas paredes los exagerados gemidos de la muchacha en la casa vecina. Cuando él piensa que la muchacha vecina es una moza que está de muy buen ver la señora también sonríe porque sabe lo que él piensa y porque recuerda cuando ella era moza de tan buen ver como la muchacha vecina y él la miraba y pensaba lo mismo y ella lo sabía.
          
            Ni un cigarrillo más. Piensa él ahora, sin saber que ya es tarde. Alza con el pulgar de su mano derecha la visera de la gorra, el puente al frente sobre las torpes olas sin rumbo, las olas más pálidas en el choque con otras olas. La señora llena un cubo con agua y lejía en el cuarto de baño del piso de arriba.
          
          No, ni un cigarro más. Un puente. Mira de nuevo en dirección al puente. Un puente. Sobre la bahía, un puente; nada de barcos. Aparta sus manos de la superficie fría y granítica y adelanta su pierna derecha. Dobla su cuerpo torpemente, lento, un gran esfuerzo, incómodamente su vientre de escollo para sus vertebras caducadas; y resopla cuando se deshace del zapato y el calcetín y mientras ondula dobleces ascendentes en la pernera del pantalón hasta llegar justo debajo de la rodilla. Repite la acción con la pierna izquierda.

          
          Un puente. Nada de barcos. Pasa una pierna sobre la balaustrada y luego la otra y luego desciende a una roca que no daña las plantas de sus pies porque las plantas de sus pies son ya también de roca. Al niño le gustaba cuando sus pies eran cosquilleados al hundirse en el fango. Da un paso y baja de la piedra y al hundirse levemente en el fango saca una bolsa de plástico del bolsillo derecho del pantalón. Ya sin mirar atrás, con la determinación de quien se sabe victorioso y victorioso sobre todas las cosas que nada importan, como si el tiempo fuese una fuerza aniquiladora e inefable, y no otra cosa, vida vivida y por vivir; con esa determinación del que se sabe viejo ignorando que también es sabio, a su manera; ya sin mirar atrás, con esa determinación, abandona la tierra, pasea como quien nunca conoció la solidez de la tierra firme, bahía adentro, sobre el fango en dirección al puente, por el fango.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Estampados.





Cuando se trata de hablar de la narración breve, del relato corto, se puede cometer el error de creer que realmente se conocen los ingredientes que hacen de un cuento una obra brillante. Abundan los talleres de escritura creativa. Es propio de estos talleres que alguien pretenda enseñar a escribir y que para ello se emplee el relato como unidad básica literaria para congraciarse con los resortes del lenguaje narrativo. Bueno, partiendo de la base de que no creo que alguien pueda enseñar a alguien a escribir -por lo que pienso que los talleres de escritura creativa son una completa gilipollez-, el uso del cuento como aula me parece un abuso -cuando no un error absoluto- del pragmatismo. Teorías sobre el buen relato hay tantas y las hay tan diferentes y algunas tan contrapuestas que me hacen pensar que en realidad ninguna es realmente válida. Se vierten no pocos tópicos al hablar del buen relato. La brevedad del género lleva al exceso su producción, le ocurre algo parecido a la poesía. Pero la triste y cruda realidad es que se escriben muy pocos relatos en el que se puedan observar algunos brillos de calidad, tal y como ocurre con la poesía. Resulta peculiarmente placentera la lectura de un buen cuento. Uno termina con la sensación de haber contemplado una elegante ecuación que asentase sobre el papel un proceso físico y natural cuya obviedad le hiciese pasar por desapercibido. Ya ven, no es nada fácil explicar con claridad la satisfacción que produce. Pero, ¿qué hace de un relato que se convierta en una pieza necesaria? Desde luego no voy a ser yo quien responda a algo así. Puedo reconocerlos, o creo poder reconocerlos. Y últimamente he dado con una mina. No están publicados en ningún libro. Llevan la pátina romántica de la publicación periódica. Has de esperar impacientemente una nueva entrega. ¿Con qué nos sorprenderán la próxima vez? La serie Estampados que publica el Diario de Cádiz es posiblemente la mejor colección de relatos que se ha publicado por el Macondo desarrollado de los últimos tiempos. No veo que haya impactado en el público lector como creo que se merece. Se escapa a mi comprensión. Pilar Vera y Pedro Ingelmo, al amparo de las ilustraciones de Miguel Guillén, muestran en cada entrega no sólo el enorme talento de dos redactores del periódico gaditano; además, dan una clase técnica para el aprendiz de escritor de relatos (También, por qué no, un buen hostión a quienes se creen -haciendo de continuo el ridículo- ilustres cultivadores del género). Un dibujo nos inyecta una idea en nuestro inconsciente. Lo observamos sin pretender obtener una respuesta a nada. Es entonces cuando iniciamos la lectura. Verán que las palabras se acercan y se alejan de la imagen construyendo una historia. La carga poética está presente en todo momento. La brevedad -algo que no tiene por qué ser un imprescindible en busca de la calidad- nos dificulta comprender cómo fugaces personajes se nos incrustan de pronto y nos despiertan esa súbita familiaridad. En todos los relatos de la serie publicados hasta ahora se establece un vínculo con el lector por medio de los personajes que, con sorprendente rapidez, se dibujan solos y completos -lo justo y necesario- en la mente del lector. Se intuye el juego en la composición del cuento, se aprecia la intención de los creadores. Un servidor, que también gusta de estos juegos -los juegos de la creación literaria-, se siente asombrado ante el talento; uno que es humano y que es un aprendiz, envidia estas pequeñas grandes creaciones. También me pregunto la razón de la escasa repercusión de las mismas entre los escritores, críticos y editores (a los editores ya se les debería haber encendido la bombillita roja que alerta de la aparición espontánea de lo bueno entre tanta y asfixiante mediocridad) que me son más cercanos -o mejor dicho, con los que mantengo cierta relación en las redes sociales-. La serie Estampados del Diario de Cádiz, no me cabe la menor duda, alberga los mejores relatos que he leído en un buen tiempo. Muy recomendables; desde estas líneas, animo al acercamiento. Verán que no les engaño.

jueves, 12 de junio de 2014

Tarde de levante en La Isla




Tarde de levante en La Isla. Calles aulladoras que someten a sus caminantes. Granos expeditivos de arena amarilla alzan su vuelo desde Camposoto y recorren la Ronda del Estero hasta asentarse en el asfalto concurrido por coches con las ventanillas cerradas. Las ruedas audaces de las motocicletas pasan veloces apisonando los granos y todo es lo mismo. Se altera el orden de los arbustos que ocultan la guarida de los supervivientes roedores. Veredas que serpentean entre viejas salinas se divisan lejanas y polvorientas y todavía hay quienes las caminan. El pesimismo acepta la victoria de la luz. Conexiones neuronales entre axones y dendritas que acaban en suspiros y caladas y humo de cigarrillos. Antes de la noche la tarde de levante en La Isla se adhiere a los huesos. En las plazoletas los niños juegan porque para ellos es lo mismo. Las partículas subatómicas que forman los quarks que forman los neutrones y protones en el núcleo de los átomos, también juegan, porque para ellos es lo mismo. Y las guerras continúan atronadoramente silenciosas para nosotros en esta tarde de levante en La Isla. Calichas que se violentan en fachadas que ocultan vidas a los ojos del curioso. Las persianas que caen estruendosas. Una pareja hace el amor en una pompa de humedad tras una de esas persianas en algún punto entre La Casería y El Cerro. Un recién nacido lanza su llanto profundo como el llanto de este mismo planeta desde una cuna en un cuarto piso de La Ardila. Por las calles el viento empuja latas solitarias que alguien pateará cuatro veces entre hoy y mañana. Todo es posible. Hasta que nos encontremos de forma fortuita y tú te tengas que marchar y yo me tenga que marchar, es posible. Y es posible que haya quien discuta sobre la esperanza aunque sepa que después de todo, todo es lo mismo. Seguimos escribiendo la Historia en estas tardes de levante en La Isla. Muy lejos de esta tarde de levante en La Isla una estrella ha consumido todo su hidrógeno, liberado en gas de helio y la vida se le escapa, y la gravedad provoca el colapso brutal que hará de ella un enorme y monstruoso agujero negro como el del corazón de algunos seres humanos. Nada podrá salvarse a su alrededor, no hay esperanza más allá de la singularidad. Y eso también ocurre en la tarde de levante en La Isla. La tarde en la que las calles aulladoras someten a sus caminantes.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Conmigo vais


Futuros acontecimientos hacen que uno tenga que agarrar bien el freno de mano antes de seguir adelante un sólo día más. Siento desbordante la expectación creada por la inminente aparición de mi primera novela. No quiero decir que de una forma objetiva la expectación sea algo desproporcionada. Se trata más bien de la percepción subjetiva que dicha expectación me produce. Y todo esto, que imagino que será algo común a todos los escritores noveles, me hace llegar a una feliz conclusión: La gente que me conoce, por lo general, siente gran aprecio por mi persona. Porque son muchas las personas que se han hecho eco de la noticia que es la salida a las librerías de Una ciudad en la que nunca llueve; muchas y bien intencionadas y cariñosas las mayoría de ellas. Tantas y tan amables son las palabras de ánimo que me dedican, y es tanta la confianza depositada en mi novelita, que no es pequeño el esfuerzo que tengo que hacer para no olvidarme de qué va realmente el solitario oficio de escribir. Se me hace grande esto. No estaba, ni mucho menos, preparado para afrontar la promoción de la obra propia.

Puede que me quede corto si desde aquí lanzo un profundo agradecimiento a todas y cada una de las personas que, en algún momento de estos días, han dedicado un ratito de su tiempo a apoyar esta novela que yo escribí en su día y que ya es más de quien la quiera disfrutar que propia. Gracias, pues, a todos, lo mejor, está aún por llegar.



Pero sigo. El viernes 8 de noviembre, a las 19:30 de la tarde en la librería Las Libreras, Una ciudad en la que nunca llueve, tendrá el honor de compartir acto de presentación, con personas grandes a las que admiro de verdad. Mi editora, Ana Mayi, alguien a quien he conocido en tiempo reciente y a quien me será imposible borrar del recuerdo en la vida que aún me queda. Ana depositó en mi novelita una confianza total pese a ser yo un escritor que siempre había permanecido en el ámbito de lo familiar. Y la confianza de Ana implica inevitablemente el cariño que deposita en todo lo que hace. Su trabajo en esta novelita mía ha sido y es inmejorable. Para un escritor, pienso, eso es de las cosas más importantes que le pueden pasar en su carrera, corta, de momento, en mi caso. Todo escritor aspira a encontrar alguien así en su camino. Y es por ello, por lo que sé de Ana Mayi, que creo que Ediciones Mayi es una editorial grande y no pequeña, como la misma Ana trata de convencerse. Gracias también a ella y a su labor.

Tengo la fortuna de contar entre mis amigos al poeta y escritor Luis García Gil. No voy a decir nada de su obra. Su obra habla por sí misma. Luis es generosidad. Lo es, entre otras cosas, porque aun sin haber leído la novela y prácticamente, desde mucho antes de que ésta iniciase su proceso editorial, me dio un sí rotundo y mayúsculo a mi petición de una futura presentación. Sé que también él confía en este proyecto, y lo hace también desde el cariño. Luis es generosidad, pero es tantas cosas y todas ellas, buenas, que conmigo va, y el día 8, también.

Y como la fortuna no sólo tiene color sino que también suena e incluso a veces, también se recoge el pelo en una coleta, mi novelita tendrá también, para disfrute de todos, el inmenso calor que la presencia de Fernando Lobo genera. Mi gran amigo cantor, poeta y músico. Le pedí una locura cuando él ya me había sonreído y respondido que sí. Fernando está ahí siempre. Bien podría haber sido uno de los protagonistas de Una ciudad en la que nunca llueve, o tal vez lo sea, en el mismo sentido en que de algún modo todos los somos. Fernando vendrá acompañado de su guitarra, ahí es nada, y hará algo bonito, de eso estoy totalmente seguro.

Cuando vienen las alegrías uno ha dejarse llevar por ellas, aunque vengan a veces huérfanas de madre. Y todo esto que son las cosas que trae consigo la publicación de un libro son cosas maravillosas y alegrías al fin y al cabo. La vida te da tanto como te quita y yo soy fiel afiliado del partido de los que lloran cuando se le resta, así como de los que celebran con risas y palmas cuando reciben. Huérfana o no, esta alegría mía y que comparto con tantas buenas personas, hace que desde estas líneas y en esta magnífica mañana de otoño, brinde por todos vosotros con la mejor de mis sonrisas.

Nos vemos el día 8 en Las Libreras.


domingo, 20 de octubre de 2013

En el tren de regreso


El tren de regreso. El último medio en el que uno espera agotar sus reservas de melancolía, avanza, sobre una cómoda suspensión; algo similar a la flotabilidad de un barco en mitad del océano. Pero más relajante que sobre el mar, esta danza que hoy es electrónica, a lo largo de los raíles, permite cierta calma al espíritu que, en contraposición al balanceo en el mar, se antoja más propicia a la reflexión ante lo vivido y leído.

Lo vivido aún parece necesitar algo más de tierra firme y del amor cercano para ser, de alguna manera, digerido. Para lo leído sí que me permito una sonrisa, gesto de una feliz victoria y algún que otro aspaviento.

Ante Cormac McCarthy es imposible no sentirse herido de gravedad. Tras leer Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, uno siente que ha tragado el suficiente veneno como para morirse y resucitar varias veces y seguir así de por vida, como un contemporáneo Prometeo.

Con una prosa culta y sencilla sintaxis, McCarthy nos invita a hacer un recorrido sentimental por el horror, quiero decir, recorrer un tiempo y un lugar, el suroeste norteamericano de mediados del diecinueve, con un agresivo realismo y una impersonalidad narrativa, que no es difícil al lector descubrirse en un gesto por limpiarse de sangre la cara en cualquiera de los salvajes pasajes leídos. McCarthy sabe describir como nadie y dibuja personajes con tal maestría que se podría pensar que existieron realmente en algún momento de la historia.

Pero no trata este texto de ahondar en la crítica profunda, más bien de un razonamiento superficial que permita pensar con lo escrito sobre lo leído. Entonces extraigo de forma irresistible de las páginas de Meridiano de sangre a "el juez Holden". ¿Quién coño es el juez Holden? Literalmente, se pregunta uno durante todo el desarrollo de esta magnífica novela. El personaje es físicamente violento en su propia descripción y, violento, mucho, en sus actos y palabras pero, sabio, sin embargo, poseedor de conocimientos ancestrales y modernos. Podría decirse de Holden que es un anticristo. ¿O podría decirse de él que en cierto modo es un salvador? Desde luego un personaje con el que podrían crearse miles, millones de personajes novelados y, sin embargo, uno no puede dejar de sentir que se trata de alguien muy real y que es de este mismo tiempo nuestro. Enigmático es el juez Holden, tanto como su propio creador, cuya biografía resulta igual de desconcertante.

Pese al disfrute literario que me producen las obras de Cormac McCarthy no puedo eludir la sensación de que no he sabido leer con la suficiente inteligencia, y que, de cualquiera de sus obras, una única lectura parece apenas un mínimo acercamiento a un complejísimo universo.

Cuál no sería mi sorpresa al ver la versión cinematográfica de la obra de teatro Sunset Limited, también de McCarthy, dirigida por Tommy Lee Jones e interpretada por el mismo y Samuel L. Jackson, al darme de frente con una peculiar evolución de Holden o, quién sabe, del propio McCarthy, en los fascinantes y últimos diez minutos de la obra.

No daré más pistas al respecto. Pero no abandono Sunset Limited. Porque es aquí donde me encuentro, en la figura de el profesor con la viva encarnación de El lobo estepario de Herman Hesse, al menos, en la mayor parte de la obra. En el caso de Sunset Limited, un lobo, desde luego, mucho más dramático.

El lobo estepario de Hesse es un libro iniciático, toda una propuesta de caminos y de pasos a seguir, a mi juicio, demasiado proselitista y sin duda, una obra precursora de las bazofias de autoayuda que hoy bombardean nuestras librerías. No puedo decir que haya perdido el tiempo con su lectura. Y no le voy a negar su valor, que lo tendrá, seguro, cuando tanto lector instruido en lecturas lo recomienda; y bueno, puedo reconocer su importancia en su época, pero no ahora, tiempos en los que la teosofía y Krishna Murti parecen tan lejanos y que tanto folletín de autoayuda vienen a decir más o menos lo mismo, quizá, con una menos honrosa intención.

Me entristece no haber encontrado en Paul Davis la maestría en la divulgación de la mecánica cuántica de que hace gala la crítica y que, por ejemplo, sí se puede apreciar en la obra de Brian Greene en un aspecto de la misma aún más complejo como es la teoría de las supercuerdas. En este caso de Davis podría decir que me he sentido afortunado por haber encontrado primero otros autores que sí que supieron anclar en mi inquietud y la fascinación por el universo de lo enormemente pequeño para así tratar de entender lo obscenamente grande. Y Brian Greene podría ser abanderado de dicha fortuna mía. Además, es justicia admitirlo, la tendencia de Davies a lo religioso, quiero decir, la forma en que entiendo de su obra de dejar entrever sutilmente, en el fondo de la cuestión a una deidad, probablemente a una muy particular, no me ha resultado demasiado agradable.

Hace ya algún tiempo acabé disgustado con Antonio Muñoz Molina por su Ardor guerrero. Así que, hombre conciliador como me reconozco, en un acto de buena voluntad, decidí acercarme de nuevo a la obra del bueno de Antonio, ya que tanto, de una manera o de otra, él ha hecho por acercarse a mí. Y creo que El invierno en Lisboa no ha sido un mal comienzo, aunque no del todo satisfactorio. Reconozco que en la novela de género, en este caso novela negra, es sumamente complicado evitar los lugares más comunes sin salirse de los cánones propios de dicho subgénero. Así que podría decirse que con esta novela de Muñoz Molina uno puede disfrutar de algunos buenos ratos y poco más.

La dificultad de brillar en la novela de género es algo que supo entender desde un principio el genuino Paul Auster. Sí, otro norteamericano, y judío, para más señas, y de Nueva York. Auster publicó su primera novela bajo seudónimo. Ante este hecho, el autor desde siempre alegó que si hizo esto no fue por otra razón que por tratarse de una obra meramente alimenticia, hasta poder despuntar como siempre pretendió, en el competitivo mundo de la creación literaria. En aquella ocasión la obra en cuestión también era una novela negra y, repito, tal vez Auster fue del todo consciente del problema que suponía el género en una primera novela. Hizo bien, y después le vino el mundo entero.

No conseguir entender por qué la obra de Paul Auster es tan popular, gusta a tantos y en tantos países diferentes me hace sentir torpe.


Así que mientras trato de entender ésta y otras cuestiones, algo que no me abandonará y que procuraré hacer durante estas breves vacaciones en el hogar; y ya que el tren anuncia mi parada y que celebro el final de este reiterativo periplo, doy descanso al lector de todas estas divagaciones que son parte de una intimidad mal entendida.

viernes, 31 de mayo de 2013

Fernando Lobo y José Simonet.

 
Escribo estas líneas con el corazón a medio camino entre la alegría y el enfado. Las dedico a un par de amigos y es, precisamente este hecho, el que hace que estas palabras tengan que ver con la alegría, que sean mis amigos.

Uno de estos dos amigos es el cantautor, poeta y artista, en el amplio sentido del término, Fernando Lobo. Fernando es más Lobo que Fernando, quiero decir, que como el animal, despierta cada mañana con todos sus sentidos orientados a que su forma de vida y su visión del mundo, sobrevivan a una jornada más en una escena que más bien parece ir a la contra de todo lo hermoso que mi amigo trata de defender. Pero es un lobo incansable este Fernando mío. Su forma de presentar batalla no es otra que hacer valer su talento y su seria capacidad de trabajo, que no es otro que proponer sueños, favorecer la sonrisa y pellizcar aletargadas rebeldías. Se podría decir que las cosas le van bien. O al menos, que sus proyectos e ilusiones llegan casi siempre a buenos puertos. Un nuevo disco en la proa, la satisfacción por el recorrido de una novela, los poemas de su vida en un precioso libro acompañando a un buen puñado de gente,... Sí, Fernando, como el animal de su apellido, no deja de alimentar sus inquietudes y alertas.

Pero ocurre que el bosque está lleno de peligros. Amenazas que hasta al más fiero de los habitantes del bosque pueden hacer perder su enérgico deambular. Puede ocurrir que una desafortunada ramita le haga caer y tocerse una pata. Fernando vive un tiempo en que estas ramitas están por todos lados y, aunque es ágil, y, aunque es consciente de cuanto le rodea, yo temo, con enfado, que también Fernando vea como una de sus patas sea quebrada por las dificultades y las sombras que pretenden acabar con su habitat. Como ya le ocurrió al lobo. Que nunca dejemos de escuchar el canto del Lobo en Cádiz.

Pero decía que eran dos los amigos con lo que compartí ayer una maravillosa mañana de café, tostadas y cerveza. José Simonet es un músico excepcional y un poeta entregado a la causa de hacer ver que la poesía sigue siendo ese maravilloso lugar frontera. Simonet suda por los cuatro costados fuerza y talento. Es difícil no notarlo cuando se le tiene cerca. Lo tienes al lado, te habla, lo observas y te dices: este tío tiene algo muy valioso, un no sé qué que transmite y que no es común, algo maravilloso, algo que te hace feliz cuando descubres que existe.

Pero también ocurre con Simonet que camina los senderos de un bosque lleno de incómodas ramitas. No puede trabajar en la música a la que tanto esfuerzo ha dedicado. José, no escribe, no puede, no le dejan. Ni siquiera le es posible estar en su casa. A Simonet, que es poesía y que reivindica su querencia por ser poeta en su tierra, se le negó la posibilidad de seguir en la brecha. Pero se le negó aquí, se la negó esa tierra que tan dentro lleva. Y no se la negó Yale, ni otras universidades estadounidenses y del Canadá. Por fortuna para mí ayer pude disfrutar de José Simonet en su habitat natural. Pero llegará el mes de julio y este poeta nuestro deberá volver al exilio emocional en el que se ve obligado a vivir, porque no supieron ver aquello de lo que yo disfruté en una mañana gaditana.

La ciudad de Cádiz debería ser más inteligente. Debería entender que es puerto de mar y que los bosques con ramitas le quedan lejos. No es el puerto de mar de Cádiz, la ciudad de la alegría y del arte cotidiano, un bosque con ramitas para el artista de arte facilón y mal gusto, para los circos insustanciales, para los trepas que viven del arte de no hacer más que tocar palmas a los artistas de arte facilón y mal gusto. Dejemos quizá, que sea bosque cuidado en el que no sea tan difícil ver que tenemos nuestro Lobo y que Simonet pasea, absorto quizá, entre los árboles, contando endecasílabos.

domingo, 19 de mayo de 2013

El Independiente.


¿Será cierto? ¿Será que existe un medio de comunicación -un periódico, en concreto- que vive y se expande totalmente libre? Cuesta creerlo. Pero lo miro una y otra vez y parece real. No tengo la menor idea de cuándo surgió ni cómo. Sí que puedo imaginar el porqué y, quizá, casi por quiénes, o al menos en parte. Y el fenómeno se ha dado en Cádiz. El Independiente me produce una gran satisfacción y es por ello por lo que le dedico estas torpes palabras en este espacio. Puedo explicar poco porque la realidad es que es algo nuevo para mí. Algo nuevo e inesperado. Se ha de anotar un valiosísimo tanto a esta iniciativa gaditana. Precisamente en estos tiempos. Aquí lo tienen: http://www.indecadiz.com/

martes, 14 de mayo de 2013

Gaditano de mala calidad.


Es pedregoso, curvado y, muy cuesta arriba, el camino que han de seguir los justos para ser justos con los justos. Un camino en el que lo primero en lo que se ha de pensar es en el respeto, el afecto, la memoria,... Tal vez, quién sabe, ese camino ha de tomarlo uno desde el mismo suelo de partida. Sí, quizá, desde la tierra propia, desde ese pedazo inerte de asfaltos y farolas que le vio nacer y que al tiempo es el mismo de la gente que alberga todos sus afectos y admiraciones.

Reconozco en mi pasado más reciente una reconciliación maravillosa con todas y cada una de las piedras que conforman esta tierra mía. Quiero pensar que he iniciado el camino de los justos. Uno es feliz cuando aprende, pocas cosas pueden ser tan gozosas en el plazo largo de la vida. Y así es como considero que he ganado en esta extraña reconciliación. He aprendido que mi tierra es tan increíble como la tierra de aquellos otros de más allá; que las fiestas de mi tierra son tan alegres como pueden serlo en cualquier otra tierra; y he aprendido que en mi tierra abundan tanto los justos como los necios y que, así mismo, es como ocurre en otras tierras que no son la mía. He aprendido a querer a mi tierra por la vía dolorosa del alejamiento y de la soledad.

Pero no puede ser el amor a la tierra propia como el amor injusto de la madre al hijo. Ha de amarse a la tierra pretendiendo el bien de la misma sobre el resto de las cosas. Sobre la tradición incluso. Porque el futuro es algo que comienza de forma tan inmediata, hacer una revisión, una crítica desde el más profundo cariño, no ha de suponer, a la tierra misma, un foco de reproches hacia quien sólo pretende -equivocado o no- hacer de la tierra, digna de un sano orgullo de sus habitantes.

La ciudad de Cádiz así como las ciudades vecinas no son un carnaval. El carnaval es parte importante; más que eso, mucho más que eso. A cualquiera que se le hablase de Cádiz, de forma automática, sale raudo al paso de una exhibición de conocimiento con el tópico del chirigotero como paradigma exacto  del gaditano medio. Y es por esto que digo que la ciudad de Cádiz y vecinas no son un carnaval pese a ser el carnaval una fiesta importante y divertida y peculiar.

Por este tipo de críticas uno puede recibir -y de hecho ha recibido- el más ridículo de los linchamientos por parte de la gente que aprecia, que admira, que ama como se ama a aquellas cosas que forman parte de la vida de uno y que por ello son merecedoras de amor. De repente, en la red social común, uno se expone a que todas esas iras reprimidas por todas las íntimas miserias le hagan sentir un gaditano de mala calidad, un melón que salió amargo. Y bueno, yo no me considero tan amargo. Quizá sí un poco melón, pero no precisamente amargo. Y aunque uno quisiera obviar todas estas historias de relativa importancia, también piensa que el camino de los justos tiene un inicio y que quisiera tal vez emprender la marcha y que ésta tiene su origen en la tierra propia. ¿Cómo arrancar pues si ya uno es considerado -o se siente considerado- un melón del huerto que ha salido amargo?

Pocos son conscientes de que mi amor por mi tierra, mi amor por Cádiz, pasa de largo el sentimiento común generalizado, llegando a un nivel muy cercano al espiritual. Pocos son conscientes de lo que significa para mí regresar a estos suelos después de mucho tiempo viviendo de lo que le queda de la nostalgia por la tierra que lo vio partir. 

Gaditano de mala calidad. Gaditano de mala calidad. En fin.