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miércoles, 9 de septiembre de 2015

La triste alegoría


Después de todo corren por no llorar. O no. No lo sabemos si no miramos. Para mirar están las cámaras, y para ello, quienes las manejan.

Una masa informe de personas desesperadas corren a vanguardia, hacia algún lugar que desconocen y que es una promesa. Por retaguardia, la destrucción, Baal Moloch y sus fauces, ISIS y drones, un régimen tenebroso, la noche de sirenas, los impactos y sus cráteres. Así que corren, por no llorar. Caminito de.

Ella viste vaqueros, camisa azul cielo, no sé si tela vaquera también. Lleva una cámara y los graba. En realidad lo que le gustaría grabar sería un barracón lleno de cadáveres, cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Pero está ahí, y los ve correr. Y su rabia es tan grande, la de ella, su frustración, pantalón vaqueros, la impotencia por verlos a ellos, correr, invadir, como si del mismísimo ejército otomano se tratase, en otro tiempo, su mezquindad... vileza más allá de lo que somos capaces de asumir, aunque lo veamos.


Ellos corren y ella, cuando puede, lanza una pierna, poco importa si niños o adultos, ella golpea con saña, no suelta la cámara, provoca. Muchos corren y alguien los golpea desde su sombra. Al fin y al cabo, la vida misma: muchos corren y unos pocos golpean.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Cádiz no crece gracias al puerto



Abre la edición digital del Diario de Cádiz con el titular "Cádiz crece gracias al puerto". La cosa tiene su gracia, no crean, un titular digno de una matrícula de honor para un estudiante de publicidad. Cádiz. Crece. Gracias. Puerto. Siempre positivo, nunca negativo, como Van Gaal, pero lo contrario. A bote pronto, así, sin leer más, sin saber más, uno que pasa y lee, qué va a pensar, sí, pues eso, que oh Cádiz, esa ciudad que funciona.

Pero no es esa la verdad. Para entender bien ese titular debemos remontarnos a antes de la crisis, debemos saber lo que la insidia de unas instituciones han elaborado con mimo insultante, aprovechando la ocasión, como buenos políticos, esto es, la miseria y la desgracia de los ciudadanos, oportunidades, decía; cómo, poco a poco, han ido cargándose un puerto que puso a la ciudad en el mapa mucho antes de que existieran los mapas, siglos ha.

Se parten el pecho estos políticos cuando hablan de crear empleo. No dar trabajo, no, sino crear empleo, que lo uno no es lo otro y lo otro no es lo uno según impone la neolengua y el discurso y lo cerca o lejos que estemos de unas elecciones o los datos del desempleo. Aclara después la noticia que el crecimiento es meramente una cuestión de dimensiones, donde antes había un par de metros ahora habrá cincuenta, y después de decir esto, todas las falsas posibilidades que va a suponer tal crecimiento. En este empeño de convertir la ciudad de Cádiz en un bonito expositor, una exótica antesala de la capital andaluza para cruceristas, la APBC (Autoridad Portuaria Bahía de Cádiz), la Junta y la cretina de pelo rubio se cargaron no poco empleo en el puerto de Cádiz, el equipo de gobierno actual anda cazando moscas al respecto. Asfixiaron los ya escasos tráficos que frecuentaban los muelles ahora arrebatados y que generaban auténtica riqueza en forma de puestos de trabajo directos a portuarios, e indirectos, a las empresas consignatarias y sus empleados en favor de un "Plan Estratégico" al que no se le sospecha estrategia alguna, si no es la de dar más espacio a los tráficos limpios, esto es, las tasas que se le cobran a los cruceristas una vez han dejado sus naves, tráficos limpios, atraques y aquellos cuyos ingresos pasan a manos de las instituciones sin pasar por uno solo gaditano.

Mientras tanto se le marea la perdiz a una plantilla cada vez más mermada de portuarios que cada día temen un poco más por la pérdida de sus puestos de trabajo. Se ha descuidado el puerto de Cádiz en una larga pero exitosa maniobra de abandono sistemático, se ha quedado antiguo. Ahora, a José Luis Blanco (PSOE), presidente de la APBC, que lo más parecido que ha visto a un barco en su vida ha sido un pelícano, de actividad portuaria ya ni hablamos, Blanco, en avanzado estado de descomposición política el hombre, que ya se sabe cómo se llega a ocupar tal puesto en Cádiz, se le llena la boca con una desgracia generalizada hecha oportunidad y baza, quién sabe, para futuras bazas y oportunidades de partido. Y claro, Diario de Cádiz nos la intenta colar, qué pillines. Nos venden puestos de trabajos donde no se ven más que puestos para vender postales y guías, de Sevilla, claro, de Sevilla, que es adonde responden que van los cruceristas siempre que son preguntados por los incómodos portuarios, ya con sal y mosqueo de siglos pegados a las escamas.

¿Cómo, pues, se le vende una moto a un portuario? Fácil: la nueva terminal de contenedores. Toda vez que el tráfico rodado a partir de buques Ro-Ro ha sido aniquilado por el alto coste del atraque y la cada vez menos capacidad de maniobra para vehículos, tráfico de Marruecos (dos veces por semana: trabajo) incluyendo el alquiler de la rampa móvil que posibilita la descarga -por el camino moría la empresa consignataria TPC- la idea fue apretarle los tornillos a las grúas portacontenedores de Concasa (tres tráficos por semana: trabajo)  dificultando la concesión de terrenos para el manejo con maquinaria de contenedores. En Concasa ya desmontan para poner caminito a Huelva, puerto en auge gracias no solo a la buena gestión de las instituciones, también a la buena voluntad, en este caso, para crear verdadero empleo, que es de lo que trata todo esto. Pasa que los barcos para Navantia no nos deja ver el bosque, pero que bosque, como las meigas, haberlos haylos, y el bosque es un puerto comercial en desenfrenada decadencia, una ciudad realmente jodida, hablemos claro, el puerto que históricamente fue motor de una ciudad, que unos creen ver bonita y otros la vemos desangrada. En esto el artículo de Diario de Cádiz no se coge los dedos y cita textualmente las palabras de Blanco: "Cádiz es una ciudad administrativa, turística y comercial..." En ese orden, con esa poquita vergüenza. Y resulta que es el orden de esas prioridades lo que lleva mal en Cádiz desde hace un tiempito. Porque no, porque Cádiz ni es Malta ni es Dubrovnik; una bonita ciudad, que lo es, pero no es Venecia, y por supuesto, no es Sevilla, capital andaluza, pero sobre todo, capital de Susana, cuyo puerto, curiosamente, sí tiene actividad comercial, aunque los barcos deban pasar una auténtica odisea al remontar el Guadalquivir. En Sevilla, como en Huelva, se nos gana en voluntad, que no en tradición portuaria, que en eso, insisto, Cádiz tiene escuela desde lo del huevo de Colón.

Decía la nueva terminal. A día de hoy la nueva terminal es una moto sin marca ni casco. Bien avanzadas sus obras, los portuarios no consiguen explicarse las razones por las cuales no reciben noticias de las empresas interesadas en su explotación, una explotación que como mínimo podría ampliar la plantilla de portuarios en 150 trabajadores, sin contar el personal necesario para el funcionamiento de la empresa consignataria.  El artículo de Diario de Cádiz nos cuenta que el concurso tendrá lugar en 2016 y la mencionada explotación, humo de momento, para primer trimestre de 2017. Y claro, concurso, ya sabemos lo que pasa con los concursos, que nos tiemblan las canillas, no digo nada lo portuarios, acostumbrados a que se las den con y sin queso. Las obras para la nueva terminal de contenedores, decía, se encuentran en fase avanzada. Pero la APBC necesita como el comer, el cobrar, un dinero que Europa no piensa soltar hasta que el inexistente puerto de carga y descarga no demuestre que su explotación es rentable, no vaya a pasar como los famosos aeropuertos en los que ni despegan ni aterrizan aviones, que no son en Europa sencillos currantes como los portuarios, que ya sabemos cómo las gastan, sobre todo después de haberles vendido gato por liebre más de un millón de veces en materia de subvenciones. Pero sin pasta, ni se pone fin a la obra y, finalmente, tampoco veremos grandes empresas del movimiento de contenedores pujar por el business, que insisto, interesan tanto como los barcos que prometen construirse y repararse en Navantia.   

Mientras tanto, eso sí, tenemos nuestro fantástico Plan Estratégico, vete tú a saber para qué. "Será un sitio muy versátil" dice José Luis Blanco, también dice algo de lo chulos que quedan los conciertos allí, que es como decir que, bueno, en realidad no tenemos ni puñetera idea de qué vamos a hacer (un parking, qué si no, por ejemplo), pero que mangar, mangaremos, que de eso nosotros sabemos tela. Nada de lo que dice el artículo del periódico gaditano huele a creación de puestos de trabajo, nada en absoluto, o, en cualquier caso, precarios puestos de camareros/gondoleros, empleos que suben y bajan como los mareas, según temporadas.


Si una ciudad como Cádiz vive de espaldas al mar, muere, como lo harían las gaviotas, de irse a vivir a la Mancha. Y no, Cádiz NO crece, ni gracias al puerto ni a nada, hacen más anchas sus aceras, nada más.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Sangre por las venas



Se me abre de nuevo el debate. Siempre lo hacen otros, no yo, que lo considero innecesario: vamos a ver, ¿tú eres de derechas o de izquierdas? Para empezar servidor es ingenuo, sobre todas las cosas; de segundo, un tipo desmedidamente apasionado. Esto último trae no pocos disgustos, hasta que la edad lo haya pulido, no demasiado, espero, frustraciones propias del poeta romántico. Pero ingenuo, decía de mí, e insisto, ni de derechas ni de izquierdas, más bien un peatón humanista. Que no es lo mismo que decir de izquierdas, que la izquierda tampoco ha demostrado serlo una vez alcanzada la falsa victoria. Tampoco soy de Podemos, no me considero un podemita: en el mercado están las peras, las manzanas y las naranjas; y las peras están pochas, las manzanas llenas de bichos y las naranjas, aunque caras, tienen buena pinta; ¿qué voy a comer de postre? Claro que decir, mi pensamiento es de corte humanista, suena pretencioso, cuando no debería. Y suena pelín cursi decir que se es un ser humano que no solo se preocupa de sí mismo, sino que también se preocupa por otros semejantes y, en esa línea, en el pasado, presente y futuro de la especie pensante de entre todas las que habitan este globito verde y azul, al que, de seguir así, le queda no más de un cuarto de hora. Quien no haya visto el mal, quien no ha sido capaz de reconocerlo en sus propias palabras y acciones, tiene poco material para ver la realidad del mundo en toda su complejidad, de intuirla siquiera.

La complejidad de ese mundo y la ceguera generalizada son la causa de que al ser publicada la fotografiada del niño sirio durmiendo el sueño de los justos en una orilla turca muchos traten de hacer política con un problema que ante todo se ha de solucionar siendo humanos, ni de derechas ni de izquierdas, ni europeos ni alemanes ni españoles, humanos. Ahora en estos tiempos, veloces como un Cadillac sin frenos, que dijo Sabina, nuestra humanidad parece perdida, del todo y sin remedio. El columnista Enrique García-Máiquez trata de colarnos en su espacio "Su propio afán", tan propio, en el Diario de Cádiz, los supuestos factores económicos y culturales que no estamos valorando por un prurito de sentimentalismo en el asunto de la acogida de refugiados; lo hace bien, tiene oficio en esto. Su buen uso de la pluma es un desperdicio cuando lo que se escribe roza lo mezquino, cuando no una carencia total de empatía, una lamentable ausencia de humanidad, muy poquita vergüenza. Es uno entre muchos. Tampoco tiene sentido difundir la noticia que circula por ahí queriendo vender que los hambrientos que escapan de la guerra rechazan comida por llevar estos paquetes la conocida cruz roja por ir en contra de su religión. Hay quienes han abierto en Facebook una página llamada "Aforo completo", nada que comentar al respecto. Va a resultar válido aquel versito que escribí hace un tiempo que dice "que no es cierto, que haya más poetas que genocidas". Lo cultural y lo económico importan bien poco cuando vemos que las aguas nos devuelven ahogados los niños de aquellos que huyen del Mal, de la guerra.  

Los señores de la UE han prometido tratar el asunto de los refugiados el día 14 de este mes. Si saben que van tarde en esto y además no se reúnen de urgencia, lo que sí es una certeza, es que se la suda muy por lo bajo lo de los niños ahogados, lo de sus padres y lo que ocurre en Siria, tan veloces que fueron con Libia, tanto como lo fueron en Irak. Allá van los soldaditos, de ayuda humanitaria.

Había quien denunciaba la imagen del pequeño Aylan -o que abrían debates paralelos sobre ética periodística, mareando la perdiz más que nada, dando a valer su opinión por ser su opinión tan merecedora de reconocimiento, la mía es más larga y gruesa than your- por lo desagradable de la misma, que era poco útil su difusión, que como esa habían visto muchas y que no servía para cambiar nada. Muy poco tenemos realmente los peatones para cambiar las cosas, un mínimo margen de movimiento y apenas unas pocas herramientas. Entre esas herramientas están las redes sociales, que no todo va a ser ordinariez y autobombo e hipocresía. A partir de la respuesta general e indignación mostrada en las redes, la presión ejercida como uno más de esos pocos fenómenos espontáneos y justos que ayudan a la reconciliación con el ser humano, el discurso de los mandamases europeos cambió y las cifras de personas a refugiar también, se empezaron a manejar más del doble de lo que se había tratado en un principio.


Me preguntaban al respecto de mis inclinaciones políticas: ¿qué prefieres, el orden o la justicia? Estaba claro que si respondía una cosa era de derechas, si la otra, de izquierdas. Me niego a responder, obviamente, para no seguir un juego pueril. Esperé un poco antes de decir que el debate entre izquierdas y derechas me parecía antiguo, poco eficaz, me apoyo en lo que sabemos del siglo XX. Fue entonces que el problema era que yo pertenecía a otra generación, una más reciente, como si no habitase uno el mismo mundo que ellos, como si mi realidad fuera otra distinta. Podría haber dicho algo de lo vivido hasta este preciso momento, lo que he visto en otras partes del mundo -un mundo dentro de este mundo-, lo que una vez provocó en mí el pensamiento en el que la política tiene un peso menor que otras cuestiones. Pero no lo dije. Ver y vivir cambiaron una forma de pensar, de entender, ir un poco más allá en los problemas que aquejan a la humanidad de estos tiempos, de este Cadillac desbocado. Es por eso que creo que la fotografía del pequeño Aylan es necesaria, también otros tendrían ahora la oportunidad de ver y de vivir, si aún les corre sangre por las venas, y se olvidarían por una vez en su insignificante existencia que son de derechas o de izquierdas; sobre todas las cosas, son humanos. 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Si te dicen que me ahogué




Ya no sabe uno si esto tiene que ver con el momento de la Historia que algún escriba redactará con medio limón mordido y estrujándose en los dientes o si es como decía el ilusionista un producto de nuestra más que fantasiosa y aterrada imaginación. Los días se suceden llenando los ojos y los oídos de vorágine autodestructiva, ese leviatán enseñando siempre la caballuna dentadura, la ferocidad de una realidad monstruosa mezclada con el crudo hormigón de los días y los días que se prometen ahora otoñales, días sangrantes y grisuras y días de los de a morir cada día un poquito. La rueda sigue girando siempre en la víspera de lo infinito, totum revolutum, tener sobre el ser, el miedo, siempre el miedo, el miedo al diferente y al otro mundo que no es el nuestro y que es el de otros que sufren y que nos hacen sufrir más por egoísmo que por pura empatía, la empatía cada vez más algo artificioso, insufrible empatía, aleja de mí este cáliz. Ya no sabe uno si es la madurez, qué cosas, madurar, si es la madurez lo que te lleva a por el camino de la anestesia o por el camino de la compasión, es tan puta la tristeza. Si te dicen que me ahogué: cuando una imagen vale más que todas y cada una de las combinaciones de un abecedario. La muerte se abre camino: se traga la mar criaturas fantasmales en éxodo doliente y luego las esputa como se hace con la bilis de un capitalismo al que le sobran números de a dos patas y le faltan siempre dos patas de cifras colosales, Moloch del siglo veintiuno, este del posmodernismo y su deidad original fenecida, el siglo del cinismo, dioses que sentaron la cátedra del terror ahora recogida la doctrina del humano vivo y muerto. Así las cosas, que empiece el aquelarre, ya nos ocuparemos de la hoguera, son na más que unos pocos brujos gurús de la sinrazón. La razón no entiende de patrias ni fronteras. Yo nací aquí en un lugar sin horizontes lleno de semejantes, de qué me hablas cuando me hablas de aquí o de allá, nacimos, qué más quieres, no te parece excesivo, a qué pretender la eterna sonrisa, refugiados en el meridiano de sangre. Soy del lugar mismo en el que me han puesto mis pasos y antes los pasos de otros y antes que eso los pasos de otros, tierra de caníbales siempre, de faraónicas calamidades y de muertes inexplicables, soy entonces de cualquier sitio en el que algún día enterrarme bajo una roca y sin más mortaja que lo que fui para quienes me quisieron y me odiaron. Frenéticamente y enloquecidos, vivimos un ensayo sobre la ceguera, un Macondo extrapolado, una tortura mecánicamente mediatizada por los hijos del billete verde y la mierda blanca pa la nariz y las tarjetas Black. Y en el Mediterráneo, muerto el perro, se acabó la rabia. Y la rabia devorándonos por dentro, a los que nunca nos adaptamos y a los que nos negamos a ver el mundo correcto de los correctos y políticamente sin escrúpulos que tal vez nacieron de una loba y que hoy se alojan en casas blancas encaladas con el amasijo de ceniza que sobró de las ruinas del segundo mundo, de lo que pudo haber sido y nunca fue, como flagelos cabezones precipitados por un ojo de retrete. Tristes guerras, si no es amor la empresa, tristes, desheredados hijos de un dios menor, tristes, aquellos que viven el tener por encima del ser, más tristes, quienes pasan una vez por el planeta sin haber reído o llorado por lo que merecía ser sufrido o disfrutado. Pero el perro no muere, es lo que tienen las guerras posmodernas, designadores láser en la proa del drone, califatos homicidas, Babel entre llamas, Sodoma sodomizada, todos víctimas: verdugos de los hijos de los hijos. Construyamos una nueva Babilonia en la que los hombres estrangulen a sus mujeres y pongamos en todos los hogares un televisor de plasma, para todos los públicos, que así las penas son menos. Llegará la extinción como el eructo de un árabe, como alivio de ventosidades, muy agradecido pues. Insisto, que dónde es esto en lo que estamos, qué extraña pesadilla kafkiana de las comisiones bancarias, la de los eternos imputados sin cárcel probable y los infantes corruptibles y las orillas sembradas de cadáveres, dónde, cuándo llegamos y, sobre todo, cómo coño se sale, en qué momento se nos anuncia la estación de servicio, para expulsar toxinas por vía urinaria, para echar un piti, ahí al lado, lejos del mundanal ruido y este insufrible sentimiento trágico de lo que es imposible vivir porque apenas queda aire para respirar, lejos de ser like a rolling stone, knockin´on the heavens door. Cierran librerías por exceso de  viejas novedades, mueren los escritores por superávit, el entierro de la caballa lectora, no pueden cerrar los cines, que ya lo hicieron, pero cierran sus piernas las diosas del futuro, cierran los puertos y los barcos se escapan, cierran el Gólgota, por defunción, sierran el árbol de la ciencia, yerran los jóvenes sin esperanza que buscan futuribles indefinidos allende las alemanias y otras tierras que guardar, cierran pues las fronteras, trenes que no llegan, pueblos que esperan el último tranvía. Y los días pasan. Unos tras otros. Los observadores de las naciones resurgidas del nazismo, los gulag y los obuses, de los bigotes malencarados y el relámpago en las entrañas, also the most famous nigger of the world, analizan con entusiasmo la posibilidad de un puente de carne magra para anexionarse el continente africano. Las primeras conclusiones abogan por un aumento de las masacres. Señalan a los hombres que gustan del feminicidio apuntarse a esto de verter carne al mar. Este año tendremos más gruesas las gaviotas. Mar de fondo y Europa, ese cauce natural del capitalismo entre los Pirineos y los Alpes, esa puta resabiada propensa al genocidio, da luz verde al inmovilismo, cuando no es pa mangar, sí señor, andan felices los mercados frau doña muy señora mía (luce usted tan hijaeputa como siempre). Rueda la rueda, pasa la vida, las hojas caen, más que nunca en otoño, cuando la primavera ni está ni se la espera. Qué prisas estas por irnos todos al carajo, ¿no te parece? Eh, ¿es a mí? es que jugaba el Madrid. Morimos cada día un poquito más con lo que matamos, más, si contamos a la industria auxiliar, los muertos indirectos. 

domingo, 28 de junio de 2015

Macabra ola de calor.


Niños en la playa. Joaquín Sorolla. 1910.*


A las ocho de la mañana el termómetro ya dice veinticinco grados. Siempre que miro el monitor digital que informa sobre la temperatura recuerdo que una vez, a las ocho de la mañana también y para mi asombro, un termómetro me dijo que estábamos a cuarenta y ocho. Eran otras latitudes. Nos ablanda el cerebro la ola de calor; va bien a veces un cerebro blando.

La ola de calor: en la mañana abren temprano las primeras churrerías, los adoquines se despegan unos de otros, se liberan; sabe uno que en algún horizonte la tierra o el mar se recortan en contraste con el naranja fuego del sol nonato; las cafeteras en los bares chillan y surgen conversaciones en bocas bajo ojos soñolientos y bocas con olor a coñac; el aire está detenido; poco a poco, las calles se van llenando. De gente. La gente vestirá ropa fresa y se dirigirá al partido o querrá aprovechar y cargará bolsos con fiambreras, toallas, el "Diez Minutos", un libro quizá (pueden encontrar edición de bolsillo de La templanza de María Dueñas a poco más de seis pavos en Hipercor); bolsos con cremas para el sol, sillas de playa, niños en chanclas, bañador y desprovistos de camisetas, poco a poco, la gente, todos, en un flujo exponencial. Cosas que pasan aquí en el sur.

Hemos llegado vivos de milagro a este domingo. ¿Cómo no parecerle a uno cada día una especie de milagro? Los domingos más si cabe, este domingo en particular. Si España es periferia, Cádiz es insular. Se tiene la sensación de poder mirar al continente europeo como apostado en la almena de un baluarte. Cuando el sol se instala sobre nuestras cabezas y el aire se recalienta como en estos días todo parece moverse con extremada laxitud.

Tanto es así que apenas creo haber superado este viernes último. Insisto que hemos llegado vivos al domingo gracias a una especie de milagro.

En una playa de Túnez mueren treinta y ocho personas y quedan heridas otras tantas por acción del fuego de fusil. Aún con la sangre parisina secándose en nuestras ropas los medios nos informan de la decapitación de un trabajador en una planta de gases de Lyon. Una mezquita chií de Kuwait se destripa en singular explosión -atentado suicida- y mueren veintisiete personas, otras doscientas quedan malheridas. Menos importante al parecer, en Somalia, los "guerreros" de Al-Shabab emprenden una "ofensiva" contra algunas instalaciones militares dejando a su paso otra buena ristra de cadáveres (entiendan el entrecomillado como una disculpa por pecado de inexactitud). Llegaba la ola de calor a nuestros pagos, y con ella, otra ola, una ola macabra. Aquí es donde podríamos decir aquello de: así son las cosas y así se las hemos contado. Pero no, no puede ser.

Las playas del sur insular se va llenando, el estadio Ramón de Carranza también (el Cádiz C.F. se juega hoy su ascenso a segunda), la gente acude a la libertad como el abejorro a las tomateras. Se ríe y se celebra el domingo estival que todos esperábamos y al que llegamos milagrosamente vivos. El calor empuja a los niños y los lleva algo más allá de la orilla. Como en las gradas del Carranza los playeros toman posiciones de cara al Atlántico y asientan y clavan sombrillas, estiran toallas sobre la arena recalentada, la tierra gira sobre sí misma; y el Eurogrupo extorsiona a Grecia.

Memento mori, y más pronto que tarde, le dicen a los griegos. Cuando los griegos dicen: oh, sí, queremos, claro que queremos, de hecho estas son nuestras medidas: reduciremos sustancialmente el gasto en defensa, desarrollaremos un nuevo plan energético más económico, gestionaremos de forma austera nuestras administraciones, haremos un esfuerzo brutal pese a nuestros pocos medios disponibles, las medidas serán todas las necesarias menos exprimir a un pueblo soberano ya en los huesos de la desesperación. Pero a Europa (léase Alemania) le importa un carajo los pueblos soberanos descarnados por la angustia. Europa dice nein, nein y nein, que no puede ser, eso de pensar más en la gente que en tributar a los viejos nuevos señores. E imagino que Europa pueda pensar: ¿tan difícil es hacerlo como los españoles? Los españoles rescatan a sus bancos con dinero público y después, si los españoles, que no tienen trabajo ni esperanza de tenerlo y para quienes la soberanía y el patriotismo son la misma cosa que el toro de Osborne, no pueden pagar sus casas, los bancos hablan con los jueces y estos con la policía y los bancos les quitan sus casas a los españoles, como es normal y europeo hacer european old school style, y ya está ¿tan difícil os parece hacerlo así?

Claro, Europa no puede vernos ahora, aquí en la playa, despelotados, sofocados por la ola de calor, en pleno carnaval, libres del yugo de un martes cualquiera.

Es toda una experiencia en sí abrir una fiambrera con bistés empanados o tortilla de patatas bajo la sombrilla y la sombrilla bajo el sol, frente al mar. Las terrazas de los bares reciben al sediento y al hambriento. Son calles de aire volcánico en plena ola de calor. Es la gente, que acude a la libertad, como la boca al beso.

Tiene mucho de simbólico esto de ir a la playa en domingo. Se aparca la locura y la barbarie momentáneamente. Uno sabe que, de vuelta, tras pisar de nuevo asfalto o adoquín, locuras como la de este viernes último, como las de esta Europa -no en vano tierra toda ella sembrada de cadáveres y regada desde antiguo con sangre de europeo- deshumanizada, regresan a los corazones frutos del milagro las miserias de un mundo que nació loco y bárbaro como un talibán o como responsable del BCE. El bofetón de realidad nos comprime el pecho, somos incapaces de poner nombre a esta especie de abandono al desastre.

Uno sabe que ocurren cosas como la muerte por difteria de un niño de seis años cuyos padres decidieron, en mitad de la insidiosa confusión, no vacunarlo por su propio bien. Sí, un niño, igualito a esos que ahora juegan en la orilla.

Somos incapaces de poner nombre a esta especie de desenfreno homicida y al milagroso hecho de haber llegado a este domingo con vida, entre una cosa y otra. Yo lo voy a llamar "Ola de calor", o mejor, "Macabra ola de calor".


*Si hay un pintor que ha sabido captar la luz del Mediterráneo es, sin lugar a dudas, Joaquín Sorolla. Fue un especialista en reflejar en sus obras la luminosidad y la alegría del Levante español. Valencia, su ciudad natal, será su lugar preferido de inspiración y donde encontrará su temática favorita: pescadores, niños bañándose, jóvenes en barco, etc. Por eso los retiros del artista a Valencia van a ser cruciales para su producción. Era habitual encontrarle por las playas captando en sus lienzos a sus gentes y su luz, esa luz dorada y brillante que tan bien ha sabido mostrar Sorolla en sus cuadros. Niños en la playa es una de las obras cumbres del pintor. Tres niños aparecen tumbados en la playa, en el lugar donde el agua de las olas se mezcla con la arena, muy cerca de la orilla. Los niños desnudos, como se bañaban en los primeros años de siglo los muchachos del pueblo, demuestran el perfecto dominio del pintor sobre la anatomía infantil. Pero el tema no deja de ser una excusa para realizar un estudio de luz, una luz intensa que resbala por los cuerpos desnudos de los pequeños. Las sombras para Sorolla no son de color negro tal y como dictaba la tradición, sino que tienen un color especial según consideraba el Impresionismo. Por eso aquí emplea el malva, el blanco y el marrón para conseguir los tonos de las sombras. Una de las preocupaciones del pintor eran las expresiones de los rostros, que ha sabido captar perfectamente en el niño que nos mira aunque su cara no esté claramente definida. Observando este cuadro, el espectador puede respirar la atmósfera del Mediterráneo, que Sorolla tan bien conocía (Fuente: http://www.artehistoria.com/v2/obras/670.htm).

miércoles, 17 de junio de 2015

Lamer heridas



Sí, uno también pasa por aquí para lamerse las heridas. Pasa uno, tal vez, ya que se abre el procesador y hay que llenarlo y después está este espacio abierto hacia el mundo dañino que... eso, que se aprovecha uno un poco de esto de dibujar con palabras asuntos que se manejan con otro tipo de herramientas. Así que uno pasa por aquí y empieza a lamerse las heridas de joven perro viejo.

Resulta que está el mundo. Y en el mundo, los demás y lo demás. Algo así debió traernos el nihilismo, no otra cosa. Ante esto Nietzsche propuso una utopía, un sendero, utópico, irrealizable si se tienen las entrañas bien cubiertas por los nervios. Mis entrañas han de ser como las del cordero agonizante. Vivimos sobresaturados de posmodernismo y pose nihilista. Sí, quién no ha caído en la trampa y además ha hecho alarde de ello. El sinsentido es mi paradigma, el sinsentido me da sentido, la nada no me permite abrazarte porque ¿para qué? me cubro con la nada de estos tiempos que tú no puedes manejar porque no has llegado a este estado de perfección en el que mi sentido capitalista nihilista posmodernista me erige en perfecto superviviente, un auténtico superhombre. Y yo lo sé. Yo que me cruzo con cualquiera soy el cobarde dispuesto a sacarte los ojos si no eres capaz de dar un beso con lengua como Dios manda. Hemos fastidiado hasta lo de follar. Follar es un producto dentro de la cadena. Lo hemos deshumanizado tanto, lo hemos incluido de tan mala manera en el trueque, que no, que ya ni siquiera es follar, es otra cosa. Va en la línea de todo esto.

Va en la línea de todo esto que un libro ya no es un libro o casi. Hay tantos ¿verdad? En la cima del arte está Jeff Koons. No tenemos ni puta idea de si eso es arte o no. Nadie lo sabe. Pero es arte sin embargo, arte fiel reflejo de un mundo perdido vagando por el universo. La desolación en nuestras vidas, es el arte, sobrevivir a ella, al mundo de la impureza en el que lo de menos es que existan precios a pagar o no. Hemos dejado de ser dueños de nuestras vidas. Nuestras vidas, la tuya y la mía, tú y yo hormiguitas en la fila, nuestras vidas murieron con Dios, en ese preciso instante. No supimos manejar la situación (¿cuándo lo hicimos?), pero ya da igual. Casi todos vivimos en la rueda del hámster. Mi problema es que no sé correr en la rueda. ¿Cómo quieres hacerlo si no sabes, si nunca quisiste aprender? Estúpido, tú querías amar a otros, qué gilipollez, por su belleza como criatura única en su especie, querías poner en un altar a todos aquellos que amabas, por encima de ti mismo, más allá, los demás, verdaderos dioses de carne y hueso, de carne y hueso; pero no, ellos aprendieron, y tú no, amar está sobrevalorado, el amor "romántico" (¿qué coño es eso del amor romántico? a todo ponéis nombre, a todo ponéis vuestras manazas y vuestras palabrazas para explicar para señalar, sí, todo con esa inmensa amargura, con ese inquietante sentimiento trágico de la vida, señaláis y decís amor tal o amor cual, amor de bobos, amor de adolescentes, amor sin amor, amor inventado y coloreado por Hollywood o Leonor de Aquitania, pero amor esto amor lo otro, nunca amor, siempre un bisnes, nunca amor) no tiene su lugar en un mundo posmoderno en el que para vivir se ha de estar cómodo en el sinsentido, en el carpe diem que nos ha salido de los cojones. Es imperdonable el error.

¿A qué viene toda esta locura? Hará un par de noches me dijeron: ¡tú eres un romántico, tío, no me lo podía ni imaginar! (Risas, carcajadas) No sé si lo soy. Lo soy acaso por ambicionar no una casa, no un coche, no un reloj (¿quién coño puede ambicionar un reloj?). Ambiciono vida, nada más, y no, tú tampoco la tienes, aunque lo creas.

Cada cierto tiempo nos asesinamos con licencia de quienes no van a matarse. Mientras tanto, nos vamos preparando para el momento. El de enfrente no eres tú, es otro, y como no eres tú mismo, es tu enemigo, aunque te metas en la cama con él. Todo es negociable en este mundo nuestro. No negocies, vive, luego me cuentas qué tal te ha ido. Está en el aire, el negocio. Ah, sí, quién me hablaba señalando con dedo amistosamente acusador: tú y yo estamos en sintonía porque entre ambos no existe el menor interés. No había caído en ello, es cierto, no lo hay.  Su compañía me interesa, mucho. No ha sido difícil. Casi da pudor decir amistad. La amistad no es de este mundo. Y el amor son conexiones sinápticas y cosas de corriente alterna mezclada en controlados tubos de ensayo en los que flota vete tú a saber qué coño de sustancias químicas. Nada más. Desangrarse por amor está casi tan mal visto como hacerlo por amistad, amor al fin y al cabo. Esto es condenadamente complejo, ¿no creen? ¿A que parecía fácil? No lo es. Podemos complicarlo más, podemos haber sido testigos de la pureza, de mal en su estado natural, del amor cuando no existe otro camino posible. Es entonces cuando los breves esquemas esbozados arden como la zarza o el cardo. Ya no puedes ser hámster, aunque lo intentes. Eres ratón silvestre y solo.

Habrá quien diga pesimismo; o que a servidor le han atizado fuerte no hace mucho. El pesimismo va de ejercitar poco la mente y de no haber mirado lo suficiente. A servidor le atiza la luz del día cuando ella no está a su lado y la luz del día cuando no encuentra los ojos de los que vio nacer. Así que hace poco me atizaron, como ayer o antes de ayer. Porque puedo ir a un banco y pedir un crédito y después ir a comprar un coche e ir con él a Mercadona y comprar una bandeja de ternera y una botella de vino y helado para el postre y después marchar a casa mía de mi propiedad según rezan las escrituras por las que pago la hipoteca. Puedo hacer eso, y la luz del día me seguirá jodiendo igual. Hoy me decía una amiga que estaba muy bien. Nunca se llega a la perfección, pero que estaba bien. La conversación vía mensajes llegó a un punto en el que ella me decía que la perfección era lo que se puede entender como felicidad. Pero primero decía la perfección, y yo la entendí, sabía a qué se refería. Estaba bien y buscaba la felicidad. Creo que sigo sin entenderlo.

Trataba de hablar en mi novela "Una ciudad en la que nunca llueve" sobre todas estas cosas. No sé si supe hacerlo. Quien dijo ser tocado por la novela jamás puso en su boca el término nihilismo, esa criatura que llegó para quedarse (Nietzsche again). Heidegger jamás se cansó de recordar como Nietzsche lo había asesinado. Le abrió una puerta infranqueable, un arco utópico y doloroso. Ahora todos estamos asesinados. El amor es un recurso de la ficción. Nos lo colocan en las historias como el soma de Huxley.

La locura es para quien ya no puede ser hámster. Así todos sus intentos por hacerlo de la mejor manera posible parece un artificio. Buscar igual a ingenuidad. A estas alturas ya me niego a decir que es una cuestión de madurez. Tú me dirás, hombre de treinta y pocos padre en espera de una tercera criatura. No, no es falta de madurez, es incapacidad de rendirse a un mundo como boca de megalodón.

Para terminar este patético discurrir del que se lamenta tan públicamente, recorramos así por encima la carrera literaria de un autor sabio que escribe como quien respira.

Cormac McCarthy renunció al mundo que le había tocado. Sus razones tendría, aunque entonces no lo supiera. Desde luego algo fallaba. Sirvió para la USAF en Alaska y para olvidar el mundo que contemplaban sus ojos atentos se refugió en los libros. Sueño con conocer esos títulos que tanta importancia cobrarían con el paso de los años. Así acabó escribiendo una serie de novelas en las que nihilismo y violencia se daban la mano llevando al lector por un mundo brutal en el que el amor o la esperanza no tenían el menor sitio (El guardián del vergel, Hijo de Dios, Suttree, Meridiano de sangre, No es país para viejos,...). Desde luego McCarthy, su visión del mundo que le rodeaba, en fin, era horrible, McCarthy es entonces un inadaptado y trata de contarse la realidad. Y ocurre que ya cumplidos los ochenta publica (Premio Pulitzer) La Carretera. Un libro que muchos adoran y que pocos llegan a entender. Para entenderlo debemos saber que Cormac McCarthy ya no es aquel muchacho apesadumbrado de Knoxville, ni aquel de Alaska, tampoco el vagamundo en Ibiza, ni el anacoreta fugado de la realidad. Cormac McCarthy es padre a una edad en la que es más fácil ver que en otras. La paternidad le regala la esperanza que creía inexistente. Lo refleja de manera brillante en La Carretera, donde todo el mundo ve dolor y yo no puedo más que contemplar una obra en la que el amor más puro sobrevive al mundo mismo.
Así que lamo mis heridas mientras hablo de ambición. En este mundo de ambiciones. Mis tres heridas:

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


Miguel Hernández.

sábado, 14 de marzo de 2015

La tragedia gaditana




Pareciera que la ciudad se ocultase tras esa interminable mascarada; como si tras el antifaz habitasen llorosos y lastimeros ojos de abandonado. Pareciera esto y otras muchas cosas, sentimientos al fin y al cabo, falsa alegría y permanente sonrisa, como risas nerviosas en noches de tanatorio. Asistimos en realidad a un escenario de prolongada y agónica muerte. La ciudad tiene razones más que suficientes para mantener un carnaval de cien días. Para continuar con la fiesta la prolongamos con un puente en el espacio; extendemos la risa de la careta que celebra la vida en la superficialidad de una bahía de lecho fangoso y superficie sensible al viento. Solía justificar el proyecto y la presente existencia del puente. Decía: se trata de la MSC, una gran compañía a nivel mundial (la más grande probablemente, yo he visto barcos enormes en alta mar y a un palmo de cada desierto por cada banda en el Canal de Suez y en muchos puertos bajo las osadas plumas de las grúas portacontenedores, en fin, y puertos llenos de vida alargando la vida portuaria más allá de tierra adentro y pueblos nutriéndose de lo que iba y venía del mar); se trata de recuperar nuestros orígenes. Nuestros orígenes son plenamente oceánicos. El océano es vida más allá de la tierra. Y en nuestros orígenes la vida refluía desde la mar y nosotros -aquellos que éramos- mirábamos sin ver el proceso, era lo natural. Sí, el gaditano viene a ser como una gaviota sin alas: una alegre criatura fascinada y que contempla el mar y baña sus plumas en el juego en orillas de fina arena amarilla. Sí, el gaditano es a la mar como la mar a la ciudad de Cádiz. Nuestros orígenes cobran sentido cuando se piensa en el mar que moja los bloques de hormigón y que a veces es furia pura y que a veces es una caricia y que siempre es una verdad ineludible (o tal vez no, o tal vez no) para una ciudad que ya no ha de temblar bajo el asedio. Para entendernos, nuestros orígenes. La antigua gaviotilla gaditana evolucionó gracias a su forma de entender el mar como único camino hacia el resto del Universo.

La última gran tragedia gaditana es el destrozo del proyecto para una nueva terminal de contenedores. Ya tenemos justificados dos docenas de carnavales más de cien días cada uno de ellos. Ya me dirán de qué manera puedo hablar ahora de lo necesario de ese nuevo puente. Me es muy difícil no mirar hacia el puerto cuando llego a Cádiz. No gasto antifaz, mi tristeza es visible y me pregunto por la ausencia de antifaz en mi rostro. Los norayes sin estachas que los abracen dejan un vacío en mi interior de la misma magnitud del insulto a unos orígenes que por otro lado tratamos de vindicar. Dando la espalda al mar matamos a la gaviota, la estrangulamos lentamente mientras la miramos a sus ojos cubiertos. El silencio gaditano (el gaditano, tan chillón a veces y tan superficialmente beligerante ante las continuas injusticias) es el producto de la costumbre que poco pueden paliar las simpáticas y pretenciosas coplillas de las comparsas. Es por eso que tiene mucho más sentido el alboroto de la chirigota que canta y ríe, siempre por no llorar. Ahora tenemos un puente. Debemos preguntarnos qué o quiénes se han marchado por él.

Pareciera que la ciudad se ocultase y evitase toda verdadera ilusión. Donde otros ven una fiesta me es inevitable ver la depresión endémica de unos genes que han transformado el arco de la boca en una sonrisa de mascarada. Nos obligan a vivir de espaldas al mar. Una isla de gaviotas que han de mirar hacia el interior sin que en el interior exista más alimento que el engaño y la farsa. Alguien debió pensar que quizá, lo mejor, sería que las gaviotas se marchasen; y decidió que para ello, lo mejor, sería un puente. Así podrían quedar asombrados por la proeza mientras abandonan la tierra de sus orígenes contemplando el mar bajo sus alas, desde las alturas, en el largo camino al exilio.

En realidad la ciudad es graciosa y es histórica y no es Dubrovnik ni es Malta ni tiene nada que ver con ciudades verdaderamente turísticas. En realidad Cádiz no es la Venecia que se pretende vender. No lo es. La historia de Cádiz yace sepultada a muchos metros. La historia nos legó al fenicio que hoy y siempre ha sido la gaviotilla gaditana. El fenicio y el cartaginés, llegaron desde la mar y entendieron que para llegar a Cádiz o para salir de ella no les quedaba otra que construir navíos de valiente proa. No le vieron más sentido mirar hacia la tierra, así que no lo hicieron; se quedaron en el pedacito de isla y ya nunca jamás miraron tierra adentro. La mar les daba cuanta vida necesitasen. Sencillamente: la vida se desarrolla mejor cuando es regada de continuo por el oleaje. El pirata lo sabía y el gaditano llegó a ser pirata por convicción, siempre en permanente navegación entre dos aguas. Fue una ciudad de todas las gentes del mundo. Sencillamente: los caminos del mar son los caminos hacia el resto del Universo. Y del Universo venían razas desde sus confines y se quedaban porque vivir en Cádiz era como una no interrupción de la navegación, aun en tierra seguían navegando; y para sentir el aire marino, se asomaban a la bahía, negros y piratas, moros y romanos, todos, la gaviota de hoy, sometida en contra de su naturaleza marina.


La última gran tragedia gaditana es el destrozo de un proyecto para abrirse de nuevo al mar. Sin flota de pesca, el comercio marítimo era una buena opción. Ya no se observan buques Ro-Ro descargando sus tripas ni hombres portuarios de malvivir sentados en el cantil refrescando con cerveza su sudor. Ahora el puerto es una desolación enrejada. Desde fuera se contempla como se haría en un zoológico en el que han muerto todas sus criaturas. Ocurre que a veces la insolencia de un gran transatlántico tapa la vista. El portuario gaditano mide sus dimensiones y sonríe a los que llegan para no entender y para subir a un autobús que les mostrará la abulia del viandante gaditano perdido.  El trayecto durará en el mejor de los casos hora y media. Después embarcarán, y no habrán entendido nada. Y la gaviota presa de la tierra ni siquiera se despedirá, porque tampoco habrá entendido qué ocurrió y cuándo ocurrió, en su ciudad, que había sido tan marinera. La última gran desgracia gaditana es cerrarle el puerto de su esperanza. Para compensarle, un puente. Un puente por el que huir lejos, sin mirar atrás, al fenicio sepultado que una vez llegó a Cádiz por primera vez y pensó que todos los caminos llegaban a Cádiz, siempre desde el mar.

sábado, 9 de agosto de 2014

Dos criaturas




Pongamos que dos criaturas se disfrazan de personajillos de un insuperado pasado y dicen, por decir algo y por dar a sus vidas vete tú a saber qué, digamos, una causa justa, y que van las dos criaturas, de esta guisa disfrazados, y se van nada más y nada menos que a la guerra, aprovechando las vacaciones.

Lo mismo las dos criaturas no saben que en la guerra, en el campo de batalla, los ideales se olvidan pronto. Porque el campo de batalla no da para pensar en esas cosas. El tiempo se va, entre una cosa y otra, en una serie de asfixiantes actividades poco divertidas para tratar de seguir vivo. Pero ellos no lo sabían antes de marchar clavando tacón y levantando la barbilla. Bueno, los muchachos tienen sus ideales, tan malos como cualquier otro, y allá que se fueron, sin tener ni puta idea de lo que es el fuego y el movimiento. No pocas collejas en ruso les han debido caer entre pelonada y pelonada.

El periódico El País les hace un reportaje a las dos criaturas. Facebook se encarga del resto. Y desde los dos bandos de siempre se vierten todas las estupideces de que son capaces. Derechones y rojillos todos al unísono, unos alabando otros indignados. Seguimos dando cuerda a la imbecilidad en esta España de los horrores con representación en Donetsk.

Al igual que estas dos criaturas perdidas y engañadas también los derechones tienen sus soldaditos de cartón piedra repartidos por el mundo. Conozco a más de los que quisiera y también ellos defienden el bien de las siempre amenazantes garras del mal. El bien del mal, qué cosas, y para ello, a la guerra que se van, voluntarios.

No sé qué clase de historias les contaron a las dos criaturas. En cualquier caso, olvidaron decirles que en Ucrania por lo único que se lucha es por la forma de entender el capitalismo y nada más, esto es, se lucha por el poder, que es lo que siempre ha llevado a los hombres a la guerra. Nada que ver con las películas que les han contado a las dos criaturas sedientas del intenso olor a pólvora y el sabor de la sangre en el cielo de la boca que provoca la angustia del soldado. Tampoco les dijeron que el pueblo ucraniano es de esos que siempre están en medio de algo y que ya tienen llenos en exceso los cementerios, precisamente por estar siempre en medio de algo. El Rafael Alberti de turno no les dijo aquello del Miguel Hernández que no les interesa de que las guerras siempre son tristes si no es el amor la empresa. Qué más no le dijeron. No les dijeron que si morían -tanto como si sobreviven- sus acciones no habrán valido más que para llenar un poquito más de mierda este mundo, sobrado de género.


Para muchos la guerra es como una especie de deporte de aventuras. Uno en el que la cuerda nunca es doble y en el que las ambulancias siempre están demasiado lejos. A lo innecesario de una guerra se une lo innecesario de los hombres que viven empalmados por ellas. Da igual, derechones y rojillos -qué cansinos me parecen-, todos conviven conectados por el error. Las referencias al 36 al hilo de la aventura de las dos criaturas me parecen vomitivas. Las referencias al 36 sólo tienen validez cuando es el aprendizaje lo que se pretende. Pero no, para eso no, que es muy cansado y además no nos interesa aprender una mierda. No morirán las dos criaturas y espero que así sea, que no mueran.  Pero me jode que puedan volver al acabar sus vacaciones convertidos en héroes de hojalata. Darán discursos que alimentarán la mentira y avivarán fuegos dolorosos. Su gesta servirá para que otros señalen su existencia y la necesidad de combatirlos, y así pagaremos los del medio una vuelta más de la noria. Así seguiremos escribiendo los cuentos del nunca acabar en los que los dioses y los reyes, las princesas y los caballeros, los fachas y los rojos, se engalanan con la sangre de los hombres que articularon un argumento maravilloso para las futuras víctimas y lectores. Seguirán los del medio pagando con su muerte las guerras de los poderosos. Y nada de esto parecen saber las dos criaturas que se fueron a Ucrania a combatir, tampoco mis amigos los derechones que sé que están en África -por poner un escenario-, y tampoco lo saben en El País y tampoco lo saben los que desde Facebook insultan a la inteligencia tras la trinchera de la banda ancha y la estulticia.

lunes, 28 de julio de 2014

Merkava





Todas las noches son el fuego en la noche.
El chirrido vibrante ondeando en los vientos
que arrancan el polvo de los escombros
y no hay luz que ilumine las calles de Gaza.
Tampoco se sueña y nada más que muerte
sobre la muerte cuelga de los pálidos ojos
cuando es toda y libre y es justa la ira de Dios.
Y amanece una tumba abierta al cielo azafrán.
Una desordenada jauría de perros en ladrido
esquiva fritos despojos de carne humeante
entre soldados verdugos uniformados de Dios
y víctimas artilladas y con hambre vengativa de Dios.
Hombres y mujeres que corren no escuchan
el llanto esquinero de un niño que grita
mientras muere una madre y quizás un hermano
es triturado sin nombre bajo cadenas enlodadas
y las cadenas imparables al ritmo que marca tu silencio,
las cadenas que son la mordida terrenal del Merkava.
Se respira lágrima hervida en la desesperación,
sangramos yermos, de sangre goteando de dientes
mordientes y una puñalada en forma de rebufo
hace temblar los sucios tobillos cercenados

y todo es tristeza y es sólo mierda lo que nos decimos.

domingo, 20 de julio de 2014

Por cada golpe que he dado


"La gente verá lo que fui en un tiempo: un hombre atrapado en un malvado y corrupto sistema penal. No saco pecho. Fui realmente horrible, violento, malo. No estoy orgulloso de ello, pero tampoco me avergüenzo de ello, porque por cada golpe que he dado he recibido 21".




Una voz cavernosa y deteriorada procedente de unas cuerdas vocales dadas al grito inunda una sala de cine durante el estreno de una película. El dueño de esa voz no se encuentra allí. La voz es un mensaje grabado en una celda de reclusión de máxima seguridad en la que un hombre pasa los días en la mayor de las soledades. Nadie puede explicarse de qué manera esa voz ha llegado hasta la sala.

El hombre nació como Michael Gordon Peterson. Sus inicios, su infancia, ya apuntaban que nada bueno podría salir de semejante ejemplar. Regalado a la pelea siempre que tuvo ocasión sufrió el amor injusto de una madre y la ausencia ejemplar de la figura paterna. Si esto condicionó el futuro del niño o no es difícil saberlo. Pero el niño creció fuerte, se propuso ser una bestia y lo fue. Y a la bestia sólo la esperaba el mundo del crimen y la bestia se dio al crimen con torpeza. O tal vez, más que torpeza, sin cuidado. Porque la carrera delictiva del hombre pronto estuvo marcada por la cárcel, donde quizá encontró por fin un hogar. Uno en el que la violencia, el demonio que lo manejaba, no sólo era necesaria, sino que se la esperaba, y él la mostró sin pudor.

Bronson es el biopic en el que se cuenta la historia inacabada del que aún hoy es considerado el preso más peligroso del Reino Unido. Un drama predominantemente carcelario en el que el director Nicolas Winding Refn (Solo Dios perdona, 2013) hace gala de su oficio como contador de historias cinematográficas. Y de qué manera. En Bronson los recursos son numerosos, excesivos podría decirse. No cansan al espectador sin embargo. Durante la película el espectador atrevido ha de permanecer atento. La narración es fragmentaria, vertiginosa en su comienzo. Se nos muestra al hombre, a la figura protagonista en su máximo esplendor, queremos saber más de él. Pero como si de un parpadeo se tratase las transiciones nos acercan y nos alejan de lo que creemos necesitar en ese momento. A veces vemos a un hombre corpulento en una celda esperando agitado y los puños hambrientos para golpear a sus guardianes, a veces es el propio Michael que ya es Charles Bronson, el que se dirige a nosotros directamente y nos habla de su persona y sus anhelos, que por el momento nos parecen disparatados. Pero nosotros, el espectador que somos, también participamos como escuchantes del interrumpido monólogo, representados por un patio de butacas repleto que bien se asombra de las violentas afirmaciones del hombre o bien ríe desconcertado por lo que nos parecen cómicas declaraciones de un trastornado. El empleo que Winding hace de la banda sonora es brillante. Puccini, Wagner, los clásicos se alternan con las músicas que sonaban en la época del joven Bronson. Destacable es la elección de It´s a sin de Pet shop boys para un delirante baile de enfermos mentales en el hospital de reclusión psiquiátrica. En este aspecto el director siempre es oportuno, la cinta le está quedando tal y como pretendía.

Toda vez que el director ha conseguido atraparnos la narración se torna una cronología más ordenada. La intención en el montaje nos deja un buen sabor de boca que se contrasta con la agresividad de las escenas. Son irremediables las comparaciones con La naranja mecánica de Kubric. Ahora seguimos con atención las peripecias de Charles Bronson.


Cuando Michael se ve necesitado de un nombre artístico elige uno que define la bestia que es, Charles Bronson. Ya ha pasado por la cárcel, por la reclusión psiquiátrica y ahora alguien ha captado por fin la naturaleza del hombre y considera el darle un lugar en el mundo. Así Charles Bronson dedica su vida a las peleas ilegales. Su hambre de pelea es su oficio y lo mismo le da enfrentarse a un hombre, a dos o a varios, así como a perros de presa, indiferente al número en que se les presenten. No lo hace por dinero pero tampoco sabemos por qué lo hace.

Hasta ahora hemos reservado el nombre del actor que interpreta al personaje. Es de justicia prestar mucha atención al respecto. Lo que más nos llama la atención del británico Tom Hardy (Warrior, 2011; El caballero oscuro: la leyenda renace, 2012) es su físico. Y sí, el físico de Tom Hardy era necesario para este papel por el razonable parecido, sin demasiado que añadir para la caracterización. Una película en la que un actor ha de aparecer en todas sus escenas es un duro examen de interpretación. Tal es este caso, y Tom Hardy lo aprueba con nota. Después de ver Bronson se nos hace difícil pensar que Tom es un hombre normal que lleva una vida normal y que ejerce una profesión, la de actor por ejemplo, y que realmente no es él mismo el propio Charles Bronson, Michael G. Peterson. La película es suya, el escenario parte de él, los secundarios parten del él. Pese a lo onírico de algunas escenas, pese a lo delirante, jamás dudamos de la veracidad de su gesto, de la autenticidad de esa cabeza afeitada y ese bigote con forma de astas de toro. Su interpretación nos puede llevar de la ternura al horror en medio del gran escenario de la violencia que es todo el film. Tomamos como ejemplo la escena en la que Bronson se nos presenta sobre las tablas del escenario trajeado y habla de perfil. Es el perfil propio del personaje y cuenta parte de su historia. A gran velocidad nos muestra su otro perfil, maquillado y pintado como el de una supuesta mujer que le ofrece la réplica. Ambos Tom Hardy, ambas caricaturas, nos hacen recapitular para afrontar quizá una segunda parte. O podemos verlo drogado babeando sobre una butaca en medio de una sala de recreo para perturbados mentales. Y no, no es lo accesorio lo que nos revuelve las tripas. Son sus ojos y su mirada mitad iracunda mitad herida lo que nos va a remover las vísceras de la emoción. Su interpretación hace del film un traje a su medida.

Cuando la vida de Michael se acomoda en la violencia callejera, un breve periodo entre prisiones, aparece el amor. Lo hace en la única forma en la que puede hacerlo en la trayectoria de un hombre así. Pero sabemos que el amor es imposible, lo sabemos en todo momento y la cinta, la vida, no nos defrauda. Ante esto, lo mejor, es volver al lugar de donde nunca debió salir. Y una vez allí volvemos a encontrar ese hueco que siempre nos brinda nuestra infatigable esperanza. El arte como una puerta a la redención, al cambio. Porque dentro de la violencia podemos descubrir que existe una incomprensible pero certera sensibilidad, que está ahí, que existe y es real. Nada puede contra un monstruo fuera de los cuentos de hadas. Pero nos es inevitable la sospecha. Y aquí tampoco la realidad nos decepciona. Las cosas siempre suelen ser como malpensamos.  

¿Qué hacer cuando la manzana sale realmente podrida? Parece preguntarnos Nicolas Winding Refn. ¿Está realmente preparada la sociedad cuando surge de ella misma un Charles Bronson? Actualmente el personaje sigue cumpliendo prisión en las más duras condiciones. Está apartado del mundo, de la civilización, no puede pasear entre humanos comunes. Michael Gordon Peterson no es un loco. Su comportamiento parece responder más bien a una necesidad fisiológica que a algún tipo de trastorno mental. Su objetivo, que parte de su propia naturaleza, era el de ser el más famoso y conocido. Quiero crear un imperio dice Bronson por boca de Hardy en el film. Y vaya si lo ha conseguido. Sus palabras lejanas durante el estreno y presentación -por cada golpe que he dado he recibido 21- son las de la madurez de sus seis décadas de violenta existencia. Nuestra sociedad no ha sabido superar la latente violencia del individuo, el instinto primitivo, el bicho que somos. Lo lejos que nos encontramos de desentrañarnos, parece enseñarnos Charlie Bronson, una muestra de los desequilibrios provocados por el rumbo de la humanidad.



sábado, 19 de julio de 2014

Carta abierta a un maltratador de mujeres



Estimado maltratador de mujeres,


No deja de ser fascinante cómo el cerebro del ser humano puede brindar a un hombre una imagen ficticia de sí mismo en favor de una realidad totalmente contraria y defectuosa. Eso no lo sabías, te estás enterando ahora mismo, porque tu comportamiento no me permite creer que poseas la suficiente inteligencia como para ver lo que para el resto de hombres es tan evidente. La realidad es que eres patético. Tampoco sabes que cuando se te pone dura la polla al machacar a la mujer que amas es porque de otra manera serías totalmente incapaz. Tu complejo de base es ese, la tienes muy pequeña, tanto que el simple hecho de sacarla para mear ya te supone un trastorno. Pero no, no vamos a seguir hablando de tu ridículo apéndice genital. Sigamos mejor con la impotencia derivada del mismo. Esto es, las inseguridades que tu micro polla te genera, te hacen sabedor de que jamás podrás tener a tu lado a una mujer de verdad, un privilegio que ha mantenido sobre la Tierra a la especie humana. Como no puedes alcanzar tan alto premio tratas de buscar mujeres que crees sucedáneos de las mujeres que deseas. Pero te diré otra cosa que tu ilimitada inteligencia jamás te ha permitido aprender: no existen tales sucedáneos. Cada mujer es todo un universo de posibilidades más que dispuesto a hacerte sombra, y de hecho cualquiera de ellas podría hacerlo, dadas las taras de tu mentalidad anormal. Aún eras pequeño cuando tu mamá observó tus debilidades, de ahí su rechazo, jamás te pudo querer: el hombre niño que había traído al mundo era deficiente, una criatura realmente inferior. Quiero que sepas, que lo tengas muy clarito, que cada vez que tratas de dañar el corazón de la mujer que te ha concedido su compañía, con tus maquiavélicas intrigas de mente perturbada; tras este daño que tú generas, está la peor de las cobardías: piénsate desnudo con tu micro polla en mitad de la calle, a la vista de todos, y piénsate gusano, ya que te pones, cada vez que una mala palabra salida de tu hediondo hocico trata de insultar a la criatura que tiene el don de parir semejantes. Te gusta creer que eres un auténtico machote, testosterona de primera calidad. No te engañes. Si realmente fueras un machote, esto es, un hombre orgulloso de serlo -cosa de la que no tienes ni puñetera idea de qué significa-, adorarías a la mujer y aceptarías su compañía como un igual. Pero no eres un machote, y como lo sabes, porque verás, hijo de la gran puta, lo sabes, te sientes obligado de interpretar el papel de lo que crees que es un machote. Cada vez que alzas una mano o cada vez que insultas o faltas el respeto a la figura de una mujer, te condenas al recuerdo permanente de tu desgracia como ser inferior. ¿Sabes por qué los hombres nos colocamos y recolocamos los genitales una y otra vez? Tranquilo, es normal que no lo sepas, eres estúpido. Yo te lo diré. Los hombres necesitamos continuamente saber que siguen ahí para sabernos hombres. Nada de eso necesita la mujer para saberse una mujer de los pies a la cabeza. Y me hace gracia. Debe ser gracioso ver tu cara cuando en un acto reflejo llevas tu mano al paquete y sientes tanto vacío.

Creo que tu perfil es tan básico que no voy a perder más tiempo en repetirte lo que ya sabes porque te lo he dicho yo: un hombre.

Ahora prometo olvidarme del estilo y la corrección. Aprovechando que no nos oye nadie, que esta carta es exclusivamente para ti, te voy a transmitir con toda la sinceridad de que soy capaz lo que un hombre de verdad haría contigo. No siento el menor pudor en reconocer que ahora empieza el verdadero desahogo.

Pedazo de hijo de la gran puta, deberías quedar marcado como el ganado. Que todo el mundo viera la bestia sucia, la alimaña humana, tu pertenencia al mundo de las criaturas repugnantes. Una cárcel no, no deberías quedar al amparo de los muros. Deberías ser expuesto en las aulas de los colegios. No para que te vean los niños, sino para que sean las niñas, las mujeres del futuro la que te mirasen a los ojos y que con ellos pudieran contemplar tu penosa estampa. No hay remedio para ti, maltratador malnacido. Ni siquiera hacerte el favor de cortarte la cosilla que apenas se bambolea entre tus piernas. Se te debería negar el derecho a llevar ropa, que fueras desnudo por el mundo. Tantas cosas se te deberían hacer. Y tantas otras te haría yo mismo con mis propias manos.

Como comprenderás la rabia apenas me permite continuar con esta carta. La rabia de un hombre, algo que desconoces porque tu naturaleza degenerada no te da para más, de un hombre al que las leyes no le permiten darte caza como su cuerpo le pide.

Así que me despido, desecho. Confío en que tu vida dure cien años por lo menos y que tu capacidad de erección -o lo que sea eso que te ocurre en la polla muy de vez en cuando- se limite al cero absoluto cuanto antes. Lo lamento profundamente por tu madre. Ella fue la primera mujer que tuvo que soportar la desgracia de tu existencia.

Pídele a los dioses no cruzarte conmigo. A más ver.

Atentamente,


Eduardo Flores.



P.D: Puedes dar gracias de que esta carta no te la haya escrito una MUJER.