sábado, 2 de julio de 2016
Sin título. Cuarta entrada de un diario contra lo íntimo.
El sonido que al descolgar el teléfono
surge desde los orificios
del auricular a la nada: te quiero, te echo de menos.
Es como una flor que nace
sobre el mármol de una sepultura.
viernes, 1 de julio de 2016
Saltar al vacío. Tercera entrada de un diario contra lo íntimo.
¿Qué se le pasó por la
cabeza al escritor José Manuel Benítez Ariza para pedirme que presentara hoy su
nuevo libro me es todavía un misterio? Siento Gran admiración por José Manuel,
aunque él, probablemente, ni se lo imagina. Siempre lo he tenido como uno de
los pocos escritores de verdad de esta ciudad en la que son legión los que
pretenden estar continuamente bajo la extraña etiqueta de "escritor".
Muy en contra de lo que siempre había pensado, que yo no era presentador de
libros y autores, acepté su invitación. ¿Por qué? Realmente no lo sé. Hay algo
de sentimental en esto. Su libro de aforismos es precisamente lo que esperaba,
lucidez y oficio. Y, muy extrañamente, muy insospechadamente -hasta el momento
justo de recibir su llamada-, me hizo feliz que quisiera hacerme partícipe de
ese rinconcito en su dilatada y trabajada carrera de literato. Cualquier cosa
más que pueda decir al respecto tendrá que ir a escucharla a la Fundación Aerolítica
de Carlos Edmundo de Ory. En el caso improbable de que el mismo José Manuel
leyera esto: gracias, es todo un honor.
Sigo sin enviar mi
nueva novela a la editorial que hace al menos un par de días que la espera.
Volvamos a preguntar, ¿por qué?
Saltar al vacío. Soy un
habitual. Podría decir que siempre me estrellé contra lo malage del asfalto.
Cabría también preguntarse las razones. Existe una única respuesta. Y tiene que
ver con la vida.
Me levanto y caliento
agua y preparo una taza con un sobre de té. Se me ha prohibido el café. Antes
nunca bebía menos de cuatro o cinco cafés diarios. Ahora se me prohíbe. Ahora
ni siquiera me atrevo. A mis treinta y pocos ya se me prohíbe tomar café, como
aquel que preso de una adicción grave para su salud es internado para evitar su
reincidencia.
Pero saltar al vacío.
Los años de la velocidad y la adrenalina se acabaron de forma traumática. Ahora
me conformo con al menos una hora de crossfit diaria. Fumar fumo demasiado, lo
que hace de mis sesiones en el box un verdadero infierno. Un infierno que
celebro con media vomitona y no pocas taquicardias después.
Acostumbro a adornar
estas entradas con la narración de alguna aventura pasada más o menos
inaceptable. Ya que esto es un diario contra lo íntimo es justo que ciertos
pasajes del pasado perfilen al hombre perdido de hoy. Ocurrió en Djibuti.
Djibuti viene a estar en a tomar por culo o en el cuerno de África, según se
mire. Es un lugar que no existe o que existe, el Djibuti que yo recuerdo, en un
mundo irreal, desgraciado y, me van a perdonar, maravilloso. Aquel día, horas
antes de lo que sería el motivo de escribir al respecto, hice subir a los
buceadores porque me escamó un numeroso grupo de aletas dorsales que se
dirigían al interior del puerto desde el océano. Pero eso ocurrió horas antes,
y aquellas aletas, ni de puta coña, tenían nada que ver con simpáticos -en
realidad hijos de la grandísima puta si se topan con ellos en alta mar-
delfines. El caso es que terminé con mis obligaciones a cosa así de las once de
la noche. Así que me vestí y picardeé a quienes no lo necesitaban y nos subimos
a un taxi destartalado cuyo chófer era manco y conducía ciego de kat, droga muy
popular por aquellas regiones. Tras varias vueltas -es curioso, allí también se
llevaban las rotondas, o algo similar- le dije a gritos y en un inglés como de
Barbate colocando el puño de mi mano derecha junto a la bola en su mejilla
llena de droga: ¡Al hotel Sheraton pero ya! Y allí que fuimos. Verán, se
aquellas yo era una especie de skin head con muy mala uva y no poco instinto
asesino. Al llegar a la discoteca del hotel nos recibió un negro como un
gigantopitecus y una belleza somalí o etíope que nos dejó bien clarito cómo
funcionaba aquel mundo sopesando el interior de nuestra cremallera. Luego
pedimos champán y se nos sentaron alrededor no menos de media docena de negras
hermosísimas de rasgos europeos y más que probablemente con el sida ya
devorando sus entrañas. La cosa no pasó de ahí. Pero descubrí que acababa de
descubrir al fin el mundo. La historia continúa y probamos aquella droga y
mezclamos champán con cerveza y la droga no me hizo efecto. Creo que ya no me
apetece seguir contando esta historia.
Podemos dar por descartado el campo.
Digamos que quizá en
aquella ocasión, en el momento de subirme al taxi, también saltaba al vacío. Me
decía mi hermana ayer, estás acostumbrado.
Salté al vacío, tal vez
por última vez. Con el terror instalado en mi pecho y guiñándole un ojo a la
caja de Valium.
Ah, no se olviden, esta
tarde tienen una cita en Fundación Aerolítica. Más que por lo que pueda decir
servidor por los siempre lúcidos aforismos de Benítez Ariza. Tiene algo de
esperpento lo de esta tarde, no crean. Jamás he presentado el libro de nadie.
Así que por lo que me toca, puede resultar hasta gracioso, lo que es en sí
mismo un chiste castizo: Estaba Eduardo Flores presentando un libro y...
jueves, 30 de junio de 2016
Cadáver. Segunda entrada de un diario contra lo íntimo.
Escribir esta segunda
entrada del diario contra lo íntimo se me hace más que difícil imposible.
Porque uno quisiera escribir sobre lo que no se puede escribir.
El dolor.
Veo a través de estas cristaleras
lo siniestro de un cielo ambiguo sobre las marismas. Con conucos apagados, son
apenas negras perturbaciones en el aire, recortándose en el cielo; pienso en lo
demoledor del impacto y en la fragilidad del individuo.
Nada que ver por
supuesto con descubrir a mi hermano Valero Cortadura presentando su primera novela.
Sé que ha creado algo grande. También él lo sabía, allí sentado, respaldado por
las palabras que antes depositara sobre el vacío de la nada. Aquellas palabras,
bueno, no justamente esas, si no las que salían en forma de voz, me
reconfortaron. Verán, ayer fue un mal día.
Sobrepasa a cuanto
aspira detallar este diario absurdo hacer pública la desdicha.
Antes que esto fuera la
victoria de la carne era la muerte del suspiro. Imagino que ahora debería ser
otra cosa.
Los coches que circulan
por la autovía van todos y a toda prisa hacia una muerte segura. Observo desde
la muerte misma, desde los despojos que juntos y alguna vez formaban un hombre.
No sé si existe un tango titulado Perder. Eso del tango me trae de la memoria
aquella película de Darín, El mismo amor la misma lluvia. No recuerdo si el
título es exactamente ese o parecido, la pereza me impide buscar en Google.
Pero Perder, qué gran título para un tango. Hay que se saber perder, dicen, y
un carajo, digo yo.
Se me ocurre que perder
y errar son dos verbos estrechamente relacionados. Los conozco bien.
Volvía en autobús y
tarde y en mi regazo reposaba cerrado La
escapada de William Faulkner. Lo que dejaba atrás era el universo. Nadie
entendió que aquello había sido mi universo. Este autobús hacia ninguna parte
llevaba un cadáver hacia la nada que es el lugar que habitan los cadáveres.
Presiento que ese autobús me llevará más y más lejos cada vez, hasta no ser ni
siquiera cadáver, hasta no tener nombre, hasta no ser recuerdo.
Le he dicho, a alguien:
"cariño, cada día me quiero menos y peor. Espero que no te escandalice que
te diga que algún día acabaré suicidándome, como Hemingway, pero de una forma
más elegante". No me ha tomado en serio, y hace bien. Pero es tan cierto
como que hoy soy un cadáver. No sé si Schopenhauer ha tenido que ver algo en
esto, o Chateaubriand, o cualquiera que en algún momento me hizo ver aquello de
la desaparición voluntaria, en el fondo, una especie de arte.
Que
la vida iba en serio... al contrario de Jaime Gil de Biedma
lo aprendí demasiado pronto. El dolor con sangre entra.
Hablaba Marina Rosado,
sí, creo que era Rosado, y si no da igual, sobre la vergüenza de la mujer de
ser mujer, de cómo la sangre periódica era motivo de vergüenza porque era una
herida, de que ser mujer era motivo de vergüenza. Me pareció tan terrible como
cierto. Yo envidio a la mujer, pese a todo, pese a este lastre mío de la
masculinidad y su violencia implícita, lo que me dibuja como un macarra por
decir que hay quien se merece que le rompan la cara. Quienes alegan su civismo,
quienes se escudan tras él por saberse miserable, merecen que se les rompa la
cara y se les diga, con la tranquilidad propia de quien sabe que su civismo no
es más que la superficialidad de un corazón impuro y deteriorado por vivir una
sociedad de mentiras. De hecho estoy determinado a romperle la cara a alguien
en particular en cuanto me lo cruce por mi camino. Y no crean, no será nada
grave, no será escandaloso, tendrá consecuencias -esas consecuencias, hoy,
siendo un cadáver, las ruinas de un organismo, no me producen la más mínima
inquietud-, pero será justo. Entonces sí seré un macarra, entonces sí seré un
animal, el mismo animal que ama por instinto y con todas sus fuerzas, el mismo
animal que para alimentarse prefiere la carne poco hecha, el animal, en
definitiva, que sabe que en el fondo todos somos animales encerrados en jaulas
de asfalto, hormigón y lo hipócritamente correcto. La civilización es una
distopía creada con muy mal gusto. La civilización oculta el respeto hacia los
demás con una serie de códigos malintencionados.
Sigamos con este diario
contra lo íntimo cargado de ficciones. Una vez me encerré en una habitación del
hotel Ramada de Dubai -habitación que era más grande que mi piso- con un buen
amigo y media docena de mujeres -cuyos vestidos y ropa interior no se pagaba ni
con todo el dinero en mi cuenta y en la de mi amigo- dispuestas a hacernos
felices durante tres días y dos noches. Sé que esto me hará terriblemente
impopular y que recibiré el odio de muchas y la envida de otros. Si sirve de
algo hoy no lo haría, y si no sirve, me la suda bien por lo bajo. Durante ese
tiempo me gasté como unas trescientas mil pesetas y sólo me comí una
hamburguesa. Ah, sí, pagué cincuenta mil pesetas en una botella de Chivas que
resultó ser una verdadera bendición. Podría alegar una especie de locura
transitoria generada quizás por no pocos actos bastante más deleznables y que
en cualquier otro contexto serían motivo cuando menos de cárcel. Supongo que
cuento todo esto por el dolor.
El dolor, el verdadero
dolor, es una muesca imborrable en la espina dorsal. Es permanente. Asocio el
dolor a una forma de amar, la mía.
Se me viene a la cabeza
Valero y su libro.
Recuerdo leer Cien años
de soledad de García Márquez borracho y con una joven rusa masajeándome la
espalda. Me enamoré de ella, me olvidé de que era una puta más que
probablemente en contra de su voluntad que disimulaba su más que probable
amargura brindándome una dedicación aparentemente tan pura que no me quedó otra
que creérmelo. Así que me enamoré de ella y lloré cuando después de los efectos
del Chivas y de todo lo demás supe que ya no volvería a verla y que su destino
estaba condenado. También eso me produce dolor. Parecerá mentira, pero aquella
experiencia marcó en mí un antes y un después. A mi colega le ocurrió igual, ella
era china. Yo también disfruté de sus cuidados. Pero se dio que yo me enamoré
de la rusa y él de la china. Si él lloró nunca lo sabré. Hoy sigo asociando
Cien años de soledad y a García Márquez con aquella joven rusa, con la locura
de la que yo procedía hasta caer en sus brazos.
Ya no estoy tan seguro
de acabar en el campo este fin de semana. De hecho ni siguiera estoy seguro de
que exista un fin de semana, de hecho no estoy seguro de saber qué es un fin de
semana. Estoy seguro de amar a una mujer más que a nada en este mundo. Estoy
seguro de amarla por encima de mí mismo. Estoy seguro de que es la mujer más
mujer y más extraordinaria de cuantas he conocido, y para bien o para mal, y
sin querer resultar excesivo, he conocido a muchas y amado a muchas. De lo que
no puedo estar seguro es en lo del campo. Lo necesito, eso sí. Lo necesito
porque recuerdo que hace unos meses me emborraché y fumé opio hasta vomitar
allá en una isla perdida del mundo y me desnudé para escalar por unas rocas de
origen volcánico que pedían a gritos un acto puro de humanidad. Yo estaba loco
entonces, no mucho más que ahora, cargado de Valium 10 mg hasta las orejas.
Estaba felizmente loco a partir de lo infeliz que me había producido estar
excesivamente cuerdo. No soy un macarra, señor mío. Soy un hombre pleno de
humanidad, un hombre bueno me atrevería a decir, un hombre dolorido,
traicionado por la vida, un hombre que arrastra con el recuerdo de haber matado
porque las circunstancias así lo requerían, un hombre que no se ve, que se
esconde tras el hombre que todos creen ver, soy un hombre que sabe del valor de
encontrar un tesoro en la jungla, soy, en definitiva, un hombre derrotado cien
veces y otras tantas renacido, soy quien ha muerto, otra vez, y soy, esto
deberías tenerlo muy en cuenta, a quien debieras temer hoy más que a la muerte.
Y entre que redacto
todas estas ficciones -ficciones o no- íntimas postergo la obligación de
entregar el original de una novela a una editorial que lo espera. Ya ven. Los
muertos no entienden demasiado de prioridades.
Tengan un feliz día. O
no, que tampoco me importa demasiado.
martes, 28 de junio de 2016
Mandarlo todo a tomar por culo (primera entrada de un diario contra lo íntimo).
La intimidad es ese
lugar imaginario en el que uno intenta decirse quién es con menos miedo al daño
previsible. Mi intimidad es un estado permanente de angustia.
Decidí hacer esto,
escribir a modo de diario en el que todo no sería más que ficción, en el mismo
momento en que ella me preguntó que qué tiempo hacía y yo miré a través del
visillo y le dije, sin mirarla y sin más, panza de burra; luego sí la miré, y
estaba preciosa y me estremecí y no entendí nada porque sentía una ausencia
total de mitología, de leyenda fundacional; y me sentí perdido. Tal vez me
sorprendió la oscuridad exterior, y recordé ese estado permanente de angustia
que es mi intimidad. ¿Por qué no romperla en mil pedazos? No vale un carajo la
intimidad; como Shakespeare, está sobrevalorada.
Esto tan poco original
es un diario que lucha contra lo íntimo. Jamás prometería regularidad. Esto es
un diario de lo irreal, fruto más que probablemente de algún tipo de daño en el
lugar en el que debieran ordenarse las neuronas.
Proyecto pues mandarlo
todo a tomar por culo este fin de semana. No, no es una nota de suicidio (no
madre, no hermana, no lo es, al menos no todavía). Es la expresión que mejor se
ajustaba al hecho de querer uno dejar la ciudad e irse al campo, el monte,
donde, sin duda, y al raso, bajo las ramas de los árboles (sueño con
alcornoques), al compás que marcan la luna y el sol y la armonía visual de las
nubes viajando empujadas por el viento; a la determinación de no ser nada o ser
únicamente definido por su condición de bípedo ligeramente tecnológico ante lo
imprevisible de lo natural. No sé si lo llevaré a cabo. Hace demasiado tiempo
que se me niega (que me niego) hacer de la mochila a mi espalda mi armario y de
la naturaleza mi hogar. Eso quiere decir que en algún momento me desnudaré y
pasearé descalzo sobre el follaje o la tierra y me recordaré que así llegué y
de tal guisa, un buen día, me marcharé.
Panza de burra le dije.
Me preocupan sus preocupaciones y su misterio. Cuando aceptas a una persona, a
cualquiera, el demonio se disfraza de todo lo demás. Es la oscuridad exterior.
Soy un completo inadaptado. No acepto -o lo hago más mal que bien- a la mayoría
de las criaturas que pasean algo más allá de la plaza bajo mi ventana (por esa
terrorífica avenida). Son sospechosos de llevar una vida que yo no llevo, que
tampoco quiero. Siempre hubo una ventana y una calle y personas que la
caminasen. Será tal vez por eso que me escapaba, emocionalmente inestable,
herido (cada vez de mayor gravedad, creo, cumplo años). Tal y como entendemos
el verbo madurar me parece una aberración. Fue a un conocido que le dije (ayer,
en la más inverosímil de las conversaciones) que para cierto equilibrio
necesitaba un proyecto de largo recorrido (novela), deporte de cierta
intensidad y sexo. Esto último lo dije sin poder evitar una estúpida
sonrisilla. ¿Por qué lo dije? No había necesidad. O quizá sí.
Cuando este fin de
semana -y si se da el caso de que marcho y me encuentro libre de mí mismo-,
respire el aire de la montaña, pensaré en esas tres necesidades y otras. Y en
la madurez. En la que me falta y no quiero. En la inestabilidad. Buscaré mi yo
primitivo, ese ser que no teme a nada y que desconfía de la noche y sus
peligros y sabe cuidarse de ellos. Aquí, entre vosotros, uno no tiene ni puta
idea de nada. Es por eso que os meto en historias y os pregunto. Para nada.
Las lecciones del amor
siempre conducen al desconocimiento. Se parece demasiado a la religión. Y la fe
es un bicho esquivo. Las lecciones del amor llevan a uno a rechazarlo, a
negarse a pagar el precio por sentirse enamorado.
lunes, 27 de junio de 2016
Decepción.
Es tal vez la decepción
una mezcla de tristeza y rabia. Motor de preguntas imposibles, la decepción nos
paraliza como un golpe en la cabeza y desde atrás. Ocurre luego que ya no tiene
cura. Habrá quien diga que nos hace más fuertes, o que cercena no pocos flecos
de una ingenuidad que hasta entonces no nos molestaba -o no demasiado-, sino
que creíamos necesaria. La decepción afecta a las creencias, a lo profundo del
ser, cuando son profundas la creencias, cuando uno se sabe ser sobre lo que
tiene y se conduce tratando de ser honesto no sólo con uno mismo, también con
cuanto le rodea. Tras su llegada, un beso helado como el impacto con un iceberg,
la mentira se hace fuerte y lo que uno abrazaba y que llamaba esperanza vuelve
al rincón donde se esconden todas esas fantasiosas ideas que acostumbramos a
llamar utopías. La decepción es quizá la madre de todas las derrotas, porque no
te mata; en el mejor de los casos te deja la piel mate y te permite caminar y
la mirada se vuelve un tanto gris y se lanza uno a la calle y los rayos de sol
son como insultos y la vida de los demás, que ni siquiera son compañía, se
observa y se siente como una amenaza y como una pregunta relacionada con el
tiempo y su acabose.
Hay quien combate la
decepción con unas gotas de ginebra o de bourbon, otros recurren a la brujería
de los ansiolíticos. Otros reniegan de su propia naturaleza, culpable de todos
los males padecidos y por sufrir. Habrá también quienes busquen
desesperadamente el calor de otras pieles sin brillo en un pacto patético y
finalmente dañino. Y es que la decepción conduce inevitablemente a la soledad.
No existe sin embargo quien pueda combatirla con eficacia, resulta ridículo
lanzar puñetazos a la carcoma decepcionante.
Combatí personalmente
los resultados del referéndum en Gran Bretaña con el mismo cinismo que
aborrezco en los otros que no son yo: "al fin y al cabo la diferencia
había sido tan corta". Cinismo en estado puro. Seguir los acontecimientos
era como mirar a través de la lente de un microscopio. Al otro lado y en grande
se dibujaba una geometría similar a la del virus del ébola o la de cualquier
otro virus cabrón que conduzca a la muerte. Pero no era un virus, somos
nosotros. ¿Con qué argamasa construir o proyectar nada? Y hablan en tertulias
de economía, de comercio, de plazos, de medidas. ¿Qué solución se busca a lo
que no tiene remedio? La mezquindad humana vive en nuestras células, flotando
en el citoplasama, junto a la mitocondría, los lisosomas, el aparato de Golgi.
Lo que pudo haber sido fue decepción. Profunda, triste y rabiosa decepción.
Las decepciones nos
hacen criaturas viles. Es tal el dolor que conllevan, aquello del tigre con la
espina clavada entre las almohadillas de la zarpa. A ver quién coño se la quita
sin ser despedazado en el intento.
Para una parte
considerable de la ciudadanía española los resultados de estas últimas elecciones
han sido decepcionantes. Nos hemos levantado de la cama que nos recibió con un
mal sueño y amanecemos zombificados. Se leyeron insultos, improperios, se
gritaba en el desierto, lloraba uno caracteres en Twitter o Facebook, dije:
"al PP sólo le falta follarse a todas y cada una de nuestras madres (por
el culo) para empezar a pagar responsabilidades políticas". Para nada. ¿Habrase
visto burrada mayor y menos necesaria? Era la decepción y su paso por las arterias
empozoñando las cavidades del corazón. Llegaba, la decepción, por saber que se
nos puede hacer cualquier cosa, que se nos puede agredir, sin que nadie pague
por ello y sin que esos nadie pierdan la posición de privilegio desde la que es
fácil y les es necesario, agredir, hacernos cualquier cosa. Contra esto ya no
cupo cinismo posible. ¿A quién vamos a culpar? ¿A nosotros mismos? ¿Qué somos
nosotros? ¿Acaso tuvimos la más mínima posibilidad de llegar al momento en que
aceptar la culpa nos hubiese aliviado?
Son preguntas. Las que
nos deja la decepción.
Es también la decepción
resultado de la deslealtad, del derrumbe. Decepcionan los gestos y las palabras
de un presente olvidadizo en la inmediatez del vagón cuyo interior carece
aparentemente de asideros. La decepción ocupa en su estudio un lugar misterioso
dentro de las ecuaciones en las que encontramos variables de tiempo y espacio. Y
-ya en el vagón y el vagón en movimiento- tal vez te lanzas impulsado por el
espejismo hacia el final y cierras los dedos en torno a lo que creíste -el
vagón se precipita por el túnel oscuro y sin frenos- una forma de mantenerte en
pie durante el viaje el tiempo suficiente (suficiente para qué); hasta que al
llegar la ilusión se desvanece, decepcionante, cerrando la mano en una especie
de éter, una mano ahora dolorida y asediada por la urticaria de saber lo que
nunca se quiso averiguar. Y si verdaderamente es la decepción esa mezcla entre
la tristeza y la rabia, tratar de alejar esta última para conservar irremediablemente
la primera, al final, resulta mucho más elegante, es infinitamente más
elegante, quedarse respirando nada más que la tristeza.
Será que la rabia se
acerca demasiado a toda forma de mal. Y la tristeza, bueno, la tristeza apenas
provoca daños colaterales, no deja cadáveres por el camino. El cadáver eres tú,
y tú te mueves.
domingo, 12 de junio de 2016
Anoche.
Ya circula por ahí; es
expuesta a sus primeras lecturas críticas. Después de tres años no sé qué
decirle, hemos pasado lo nuestro. Se
lo tienen que decir otros, sin menoscabo del amor que siento por ella y cada
una de sus páginas. De vez en cuando vuelvo a soñar con ellos y su mundo, el
mundo -que creo desconocido, es el motivo- a través de mis ojos.
Vivir caminando sobre
el alambre tiene sus ventajas. La confusión es un estado de permanente interrogación.
Y siempre dije que este era un oficio de la duda. También cuando miro los
poemas -que no leo, ni siquiera toco-, ahí, encuadernados, lastimados por la
vergüenza de quien creyó en su necesidad, siento la obligación de odiar la mano
que los compuso por lo incómodo del ejercicio autocompasivo. Fue quizá por ello
que decidí esquivarlos.
Los comentarios llegan
y lejos de la afectación que esperaba me mantengo fuera de todo. Al margen. Las
palabras y voces en el texto me son ajenas. Puedo
dar por acabado esto, me digo, ya lo has
perdido todo, sentencio, otra vez. Qué
más da. Podemos volver a empezar. E punto F, haga de nuevo su apuesta. Hay
quien no puede vivir si no es fugándose de los sinsabores de la realidad, de la
impureza en nosotros, del asfalto y el hormigón.
Ya dije que cuando José
Alberto López te llama has de decir sí, sea por la responsabilidad de asistir a
la obligación que impone el arte de quien maneja un verdadero talento, algo que
por mucho que insistamos, no, no es abundante. Así que creo oportuno exponer y
alardear de amistad artística y virtual: CROMOmagazine 12, GRIS. Acompañando a
la fotografía de Aleix Plademunt. Qué decir: gracias, siempre a ti.
Despuntaba el alba, tan
lejos.
Bebía, sentado
-disfrutando de la penumbra, del plomo en las entrañas-, cuando llegó, un don
nadie como cualquiera.
Yo la miraba.
Las aspas del ventilador
removiendo humo, el vapor de las copas sobre la música de otro tiempo; la
batahola tras la barra clandestina, la borracha y danzarina y exótica Suzanne
atenuada en el centro del cosmos.
-Sé de lo que hablas
-dijo-; también estuve enamorado.
La mesa baja, cómplices
desconocidos, uno frente al otro -yo también...-, y en medio el cenicero que
apenas se usaba para erigir una pirámide de ceniza. En la calle y solo aullaba
el perro de las noches en los barrios sin luz; de aire desoxigenado por el
vómito de las chimeneas de la fábrica.
Si nos despedíamos no
era porque fuera hora de cerrar. Amanecía. Ella seguiría allí. Y él ya se
alejaba, taciturno.
-Cuánto lo siento
-mentí.
Asintió.
sábado, 21 de mayo de 2016
Tiempo detenido
La imagen es la de un
muchacho de catorce años que besa a una muchacha y que, de forma sutil, como si
no lo hiciera, coloca las manos a ambos extremos de sus caderas mientras ella,
con las suyas, atrapa su rostro.
Al vértigo y al
silencio primeros se impone la fascinación, luego la admiración, y finalmente,
la envidia.
Piensa uno en ese beso
como en el mejor de todos los besos. La contención, el tiempo detenido, la
ausencia de un mundo contrario al beso. La imagen es un espejo de los años
abandonados. La felicidad en ella es toda, allí, concentrada. Cómo no sentir
envidia. Y cómo negar la fascinación. Melancolía.
Para ellos, jóvenes
amantes, una expresión como tierra quemada es como cualquiera de las sinrazones
de la razón que se malvive a partir de cierta edad. Habrá quien diga que no,
que la magia... y yo respondería con esta imagen. Quién podría atreverse a
negarla. Al fondo se recortan las montañas, tan verdes y puras, con un cielo límpido
y puro. Se besan sobre un piso de macadán grafiteado desordenadamente y en
negro. No me puedo detener en las palabras. Es el mundo de la imagen. Y la
pareja adolescente, la fotografía ligeramente descentrada, ocupa el centro del
universo. La naturaleza los contempla, no me cabe la menor duda. Y habrá quien
diga de la magia que... resulta que sí. No podemos preguntarles a ellos.
Conocer la respuesta, como yo mismo creo conocerla, ahora, en este momento,
para quien la conoce porque es un recuerdo, un recuerdo, un recuerdo, un
recuerdo, para quien se sabe inmerso trágicamente en la mentira y conoce la
respuesta a una sencilla pregunta sobre la magia porque la recuerda, la tierra
quemada es más herida abierta que cicatriz, más martes que viernes, más
Lorazepam que Durex.
El muchacho le saca una
cabeza, así que ella ha de alzar la suya para buscar y encontrar sus labios. Es
una conmovedora determinación. Observo el gesto y traduzco soy mujer. Pero
también veo las manos del muchacho. No quiero mancharte, dañarte, ni siquiera
alterar ligeramente tu delicadeza, intervenir en el valor de tu cuerpo
entregado y tu esencia pegada a la mía, y traduzco, soy hombre.
A él le cuelga una
pequeña mochila de la espalda cuyas asas son cordones de nailon. No le pesa.
Todavía la mochila está casi vacía. En ella ya van sinsabores y felicidades.
Sería injusto decir que de baja intensidad. Calzan zapatillas de deporte y
visten pantalones cortos. Me digo, son para correr. Abriga el torso de la
muchacha una sudadera. Él muestra sus brazos musculados y definidos en una
camiseta deportiva sin mangas. Dioses, cómo se besan.
Apuesto a que él
abandonaría el mundo por ella. Apuesto a que ella, por él, abandonaría el
mundo. Es tan pueril, tan ingenuo, tan cursi. El juego es el juego. Lo harían.
Y joder, no sería yo quien pusiera la ciencia en contra, quien dijera palabras
como artificio o adolescencia o química. Apuesto a que él dice te quiero y a
que ella lo dice también. También apuesto a que lo dicen de verdad. Apuesto a
que es verdad y a que él abandonaría el mundo por su cuerpo menudo y por su voz
de niña mujer y a que ella lo haría por sentir eternamente el cuidado de las
grandes manos de él en su cadera.
También deja la imagen
un sabor amargo a quien la observa desde la perspectiva lamentablemente
privilegiada en la que el mundo no aprueba la magia, en un mundo en el que ni
mucho menos el amor con sus cuatro letras es suficiente, ni siquiera necesario.
La imagen habla directamente del paso del tiempo y de los anhelos presentes y
de las presentes necesidades. Cuando el cinismo de la sociedad en la que nos
movemos ahoga, asfixia, vuelve tristes los ojos y apenas dan ganas de afeitarse,
ver la imagen de los dos que se besan y aman es una forma más de inmolación.
Resulta peor cuando uno tiene la belleza por creencia.
Los veo ahí y me
resisto a pensar que el momento no es más que el fruto de una casualidad. El
azar, sin otra fuerza que se pueda considerar, los ha puesto ahí, les ha
concedido su espacio y su tiempo, en un lugar cualquiera del planeta, de uno
más en uno de los muchos sistemas solares de una galaxia entre millones de un
universo que sabemos infinito. Me niego a creer que la dicha en el beso, en ese
beso y no otro, responde a un sencillo uno más uno que siempre da dos. Más que
nada porque sumo y vuelvo a sumar y siempre me da uno. Una extrapolación a lo
cósmico asusta como lo hace lo desconocido, lo oscuro. Después ocurrirá que no
habrá nada. Es sencillo. E igual de maravilloso, con todo su dolor.
La melancolía debilita
los huesos y los miro una y otra vez como se haría con una obra de arte. La
tierra quemada es zona volcánica, no deja de humear y amenazar.
Cómo los envidio, a
ellos, ahí, tan ajenos a los vapores insalubres, a lo infraestructural, a las
unidades de medida, a los relojes; cómo me fascina la naturaleza de los
movimientos que no se pueden más que imaginar, del antes y el después, y sobre
todo el contacto y su humedad y la piel estremecida y el calor.
Cuando nació tenía los
pies grandes y los ojos siempre muy abiertos para atrapar el mundo. Su padre lo
miraba sin saber que su carne crecería hasta ser un hombre. Su madre,
probablemente, no lo quería saber. Se enfrentaban a la misión imposible de
incorporar a la vida un pedacito más de vida.
Miro la imagen
asombrado, primero dominado por el vértigo, por el silencio contemplativo, por
la fascinación y la envidia y la melancolía después. La muchacha alza la cabeza
y acaricia su rostro en el beso. Él, que siempre tenía los ojos tan abiertos,
ahora los cierra.
Bien hecho.
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