miércoles, 2 de septiembre de 2015

Si te dicen que me ahogué




Ya no sabe uno si esto tiene que ver con el momento de la Historia que algún escriba redactará con medio limón mordido y estrujándose en los dientes o si es como decía el ilusionista un producto de nuestra más que fantasiosa y aterrada imaginación. Los días se suceden llenando los ojos y los oídos de vorágine autodestructiva, ese leviatán enseñando siempre la caballuna dentadura, la ferocidad de una realidad monstruosa mezclada con el crudo hormigón de los días y los días que se prometen ahora otoñales, días sangrantes y grisuras y días de los de a morir cada día un poquito. La rueda sigue girando siempre en la víspera de lo infinito, totum revolutum, tener sobre el ser, el miedo, siempre el miedo, el miedo al diferente y al otro mundo que no es el nuestro y que es el de otros que sufren y que nos hacen sufrir más por egoísmo que por pura empatía, la empatía cada vez más algo artificioso, insufrible empatía, aleja de mí este cáliz. Ya no sabe uno si es la madurez, qué cosas, madurar, si es la madurez lo que te lleva a por el camino de la anestesia o por el camino de la compasión, es tan puta la tristeza. Si te dicen que me ahogué: cuando una imagen vale más que todas y cada una de las combinaciones de un abecedario. La muerte se abre camino: se traga la mar criaturas fantasmales en éxodo doliente y luego las esputa como se hace con la bilis de un capitalismo al que le sobran números de a dos patas y le faltan siempre dos patas de cifras colosales, Moloch del siglo veintiuno, este del posmodernismo y su deidad original fenecida, el siglo del cinismo, dioses que sentaron la cátedra del terror ahora recogida la doctrina del humano vivo y muerto. Así las cosas, que empiece el aquelarre, ya nos ocuparemos de la hoguera, son na más que unos pocos brujos gurús de la sinrazón. La razón no entiende de patrias ni fronteras. Yo nací aquí en un lugar sin horizontes lleno de semejantes, de qué me hablas cuando me hablas de aquí o de allá, nacimos, qué más quieres, no te parece excesivo, a qué pretender la eterna sonrisa, refugiados en el meridiano de sangre. Soy del lugar mismo en el que me han puesto mis pasos y antes los pasos de otros y antes que eso los pasos de otros, tierra de caníbales siempre, de faraónicas calamidades y de muertes inexplicables, soy entonces de cualquier sitio en el que algún día enterrarme bajo una roca y sin más mortaja que lo que fui para quienes me quisieron y me odiaron. Frenéticamente y enloquecidos, vivimos un ensayo sobre la ceguera, un Macondo extrapolado, una tortura mecánicamente mediatizada por los hijos del billete verde y la mierda blanca pa la nariz y las tarjetas Black. Y en el Mediterráneo, muerto el perro, se acabó la rabia. Y la rabia devorándonos por dentro, a los que nunca nos adaptamos y a los que nos negamos a ver el mundo correcto de los correctos y políticamente sin escrúpulos que tal vez nacieron de una loba y que hoy se alojan en casas blancas encaladas con el amasijo de ceniza que sobró de las ruinas del segundo mundo, de lo que pudo haber sido y nunca fue, como flagelos cabezones precipitados por un ojo de retrete. Tristes guerras, si no es amor la empresa, tristes, desheredados hijos de un dios menor, tristes, aquellos que viven el tener por encima del ser, más tristes, quienes pasan una vez por el planeta sin haber reído o llorado por lo que merecía ser sufrido o disfrutado. Pero el perro no muere, es lo que tienen las guerras posmodernas, designadores láser en la proa del drone, califatos homicidas, Babel entre llamas, Sodoma sodomizada, todos víctimas: verdugos de los hijos de los hijos. Construyamos una nueva Babilonia en la que los hombres estrangulen a sus mujeres y pongamos en todos los hogares un televisor de plasma, para todos los públicos, que así las penas son menos. Llegará la extinción como el eructo de un árabe, como alivio de ventosidades, muy agradecido pues. Insisto, que dónde es esto en lo que estamos, qué extraña pesadilla kafkiana de las comisiones bancarias, la de los eternos imputados sin cárcel probable y los infantes corruptibles y las orillas sembradas de cadáveres, dónde, cuándo llegamos y, sobre todo, cómo coño se sale, en qué momento se nos anuncia la estación de servicio, para expulsar toxinas por vía urinaria, para echar un piti, ahí al lado, lejos del mundanal ruido y este insufrible sentimiento trágico de lo que es imposible vivir porque apenas queda aire para respirar, lejos de ser like a rolling stone, knockin´on the heavens door. Cierran librerías por exceso de  viejas novedades, mueren los escritores por superávit, el entierro de la caballa lectora, no pueden cerrar los cines, que ya lo hicieron, pero cierran sus piernas las diosas del futuro, cierran los puertos y los barcos se escapan, cierran el Gólgota, por defunción, sierran el árbol de la ciencia, yerran los jóvenes sin esperanza que buscan futuribles indefinidos allende las alemanias y otras tierras que guardar, cierran pues las fronteras, trenes que no llegan, pueblos que esperan el último tranvía. Y los días pasan. Unos tras otros. Los observadores de las naciones resurgidas del nazismo, los gulag y los obuses, de los bigotes malencarados y el relámpago en las entrañas, also the most famous nigger of the world, analizan con entusiasmo la posibilidad de un puente de carne magra para anexionarse el continente africano. Las primeras conclusiones abogan por un aumento de las masacres. Señalan a los hombres que gustan del feminicidio apuntarse a esto de verter carne al mar. Este año tendremos más gruesas las gaviotas. Mar de fondo y Europa, ese cauce natural del capitalismo entre los Pirineos y los Alpes, esa puta resabiada propensa al genocidio, da luz verde al inmovilismo, cuando no es pa mangar, sí señor, andan felices los mercados frau doña muy señora mía (luce usted tan hijaeputa como siempre). Rueda la rueda, pasa la vida, las hojas caen, más que nunca en otoño, cuando la primavera ni está ni se la espera. Qué prisas estas por irnos todos al carajo, ¿no te parece? Eh, ¿es a mí? es que jugaba el Madrid. Morimos cada día un poquito más con lo que matamos, más, si contamos a la industria auxiliar, los muertos indirectos. 

martes, 25 de agosto de 2015

Nada de barcos


Ahora que nos luce el pelo y que las penas parecen menos, que siempre nos ha encantado esto de aparentar y de aplaudirnos, se me hace oportuno la publicación de este cuentecito.


Fuente: Kiki. Diario de Cádiz.

La superficie enervada de las aguas de la bahía. Las aguas de la bahía de un verde mate, como un color muerto. Un verde difunto festoneado de blancos y fugaces latigazos. Mira el puente a lo lejos, a medio construir. Le gustaría ser el único testigo de la ola destructora que acabase con su insultante presencia. Un puente, para qué un puente; sobre la mar, un puente. Nada de barcos. Un puente. No lo dice. Lo piensa del mismo modo que imagina la ola y de la misma manera que ignora el frío del alba retenido en el rugoso granito de la balaustrada. Se recuerda veinte años antes. Entonces apenas pensaba en barcos. Después de recordarse recuerda la última vez que vio al niño que ya no es un niño y que es abogado. Misteriosamente para nosotros, lectores o testigos de una ficción que nos invita a pensar que la ficción es la única realidad posible en este preciso instante; e inexplicablemente para él, casi una confusión, puente y niño, significan la misma cosa. Como si puente (que jamás verá construido del todo) y niño hombre abogado anunciasen su inminente inexistencia.
          
          Pero cuando piensa y cuando recuerda no lo hace de una forma que podamos entender un gesto de autocompasión. A pesar del frío lleva remangadas las mangas del viejo jersey, las mangas arrugadas por encima de los codos huesudos, y los puños de la camisa a rayas azul celeste doblados y sobre el jersey, desnudos sus antebrazos velludos como tensores. Sobre su cabeza una vieja y descolorida gorra azul de la Armada con un barco gris en relieve bordado y bajo éste una letra y unos números del mismo color verde muerto del pedazo de mar atrapado y en sofoco que contempla.
          
         La señora, en la casa, no quiere saber nada de puentes a medio construir y barcos. Para ella también sigue siendo el niño. No es el mismo niño que para él. La señora en la casa sonríe cada noche, ya en la cama, junto a sus ronquidos y la tos que finalmente se lo llevará a la tumba; sonríe al escuchar a través de las finas paredes los exagerados gemidos de la muchacha en la casa vecina. Cuando él piensa que la muchacha vecina es una moza que está de muy buen ver la señora también sonríe porque sabe lo que él piensa y porque recuerda cuando ella era moza de tan buen ver como la muchacha vecina y él la miraba y pensaba lo mismo y ella lo sabía.
          
            Ni un cigarrillo más. Piensa él ahora, sin saber que ya es tarde. Alza con el pulgar de su mano derecha la visera de la gorra, el puente al frente sobre las torpes olas sin rumbo, las olas más pálidas en el choque con otras olas. La señora llena un cubo con agua y lejía en el cuarto de baño del piso de arriba.
          
          No, ni un cigarro más. Un puente. Mira de nuevo en dirección al puente. Un puente. Sobre la bahía, un puente; nada de barcos. Aparta sus manos de la superficie fría y granítica y adelanta su pierna derecha. Dobla su cuerpo torpemente, lento, un gran esfuerzo, incómodamente su vientre de escollo para sus vertebras caducadas; y resopla cuando se deshace del zapato y el calcetín y mientras ondula dobleces ascendentes en la pernera del pantalón hasta llegar justo debajo de la rodilla. Repite la acción con la pierna izquierda.

          
          Un puente. Nada de barcos. Pasa una pierna sobre la balaustrada y luego la otra y luego desciende a una roca que no daña las plantas de sus pies porque las plantas de sus pies son ya también de roca. Al niño le gustaba cuando sus pies eran cosquilleados al hundirse en el fango. Da un paso y baja de la piedra y al hundirse levemente en el fango saca una bolsa de plástico del bolsillo derecho del pantalón. Ya sin mirar atrás, con la determinación de quien se sabe victorioso y victorioso sobre todas las cosas que nada importan, como si el tiempo fuese una fuerza aniquiladora e inefable, y no otra cosa, vida vivida y por vivir; con esa determinación del que se sabe viejo ignorando que también es sabio, a su manera; ya sin mirar atrás, con esa determinación, abandona la tierra, pasea como quien nunca conoció la solidez de la tierra firme, bahía adentro, sobre el fango en dirección al puente, por el fango.

jueves, 20 de agosto de 2015

Apología y petición (Jaime Gil de Biedma)



Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno,
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?

De todas las historias de la Historia
la más triste sin duda es la de España
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Nuestra famosa inmemorial pobreza
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno,
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres.

A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.

Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
puede y debe salir de la pobreza,
que es tiempo aún para cambiar su historia
antes que se la lleven los demonios.

Quiero creer que no hay tales demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia.
Son ellos quienes han vendido al hombre,
los que le han vertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España.

Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea el hombre el dueño de su historia.


(Después de esto apenas queda nada que decir. No existen las justas palabras que obliguen o recomienden al ánimo de la lectura breve; leer estos versos y después nada más, no leer más sino pensar, de forma activa, como harían si lo fueran los seres pensantes de un Mundo a la deriva gravitacional del Universo. Después de esto el español, ese huerfanito lastimero, ese palestino sin cojones ni vergüenza, debería concederse lo que dura un cigarro y volar -que en ocasiones, para nosotros, criaturas que se creyeron lo del infierno y el paraíso en algún momento, es como pensar, de forma sencilla y sin complejos-, volar el aire cálido del verano -otro más- que dejamos escapar. Después de leer estos versos uno debería reescribir aquel aforismo de Benitez Ariza y correr hacia el espejo; no leer más, como si lo leído ya fuera suficiente, como si fuera tal que una cita en la que nos prometimos "una solo, luego para casa". Así creo yo que se debería hacer después de esto, porque pocos lo escribieron igual, sobre España, en redondilla y minúscula, despojado de la falsa gloria y la injusta gloria que una vez creímos heredada y que ahora más que nunca sabemos inexistente o breve, distinta tal vez, falsa en cualquier caso o ineficaz de cara a un futuro en el que difícilmente caeremos de pie. Después de leer el poema de Gil de Biedma, de este poema, no leamos nada más durante un ratito -es lo más que puedo llegar a esas justas palabras-, dediquemos la mirada a cada cosa a nuestro alrededor y definamos un nuevo cosmos en el que todo es diferente porque lo hicimos diferente, más sencillo, menos nocivo, más justo en el sentido literal del término y menos homicida, en el sentido literal del término. Busco las justas palabras que inciten al mal pagado gesto y perdida costumbre de reflexionar como si fuera útil -o más bien necesario-. Háganse un favor tal y como procura este amigo que les quiere bien, al fin y al cabo: quítense la ropa, lean el poema. Luego me cuentan). 

domingo, 2 de agosto de 2015

Cecil, el león


Nunca había oído hablar del león Cecil, nadie en realidad, jamás escuché a nadie preguntar "¿qué tal sigue el bueno de Cecil?" ni a otro respondiendo "bien, está muy bien, el bueno de Cecil, no veas cómo se pone el tío de ñúes y facóqueros y antílopes, allá por las sabanas de Zimbabue". Por otro lado, los leones siempre han estado en las peores de mis pesadillas. Sí, de vez en cuando sueño con leones (razón aquí); y es horrible; son hermosos animales, desde luego, pero los prefiero allí, en su sabana, rugiendo y abúlicos, elegantes y hermosos felinos, o en la tele, acechantes y letales como son, tal y como aparecen en mi sueños. 


Pero no, no sabía yo que en Zimbabue vivía este enorme felino, el gran Cecil, líder de su manada, un símbolo para las criaturas bípedas e implumes que lo conocían, icónica encarnación del mito del viejo rey de la selva africana. El león Cecil murió tras dos días de inimaginable agonía, el animal huyó malherido de sus perseguidores tratando de mantener su monárquica dignidad hasta el último aliento, rugiendo tal vez, de incomprensión -como nos sugería el bueno de Félix Rodríguez de la Fuente que hacía el lobo con su aullido-, o por no llorar, o más bien creo yo como una forma de cagarse en los muertos del tipo que cobardemente y a distancia se la había jugado, como última experiencia vital; pero rugiendo decía, Cecil el león, al cielo -próxima parada-, a ese espacio sobre su cabeza que muy de vez en vez le daba en la estación húmeda por mojar con frescas gota de lluvia su espesa y negra melena, rugiendo hasta que murió. Así huía Cecil, el león, herido cobardemente a distancia y de muerte, las heridas producidas por las flechas fabricadas por el hombre y empleadas como solución a una especie de capricho de difícil defensa y, en este caso, hiriente para la opinión pública. Claro, estamos más sensibilizados, eso parece, o eso o que los directores de periódicos saben a la perfección -¡cuánto saben los directores de periódicos!- que este tipo de noticia entra muy bien a la sociedad ociosa en el estío.  A los dos días murió, Cecil, el león. Después su perseguidor lo desolló y le cortó la cabeza o mandó a un negro a que lo hiciera, como es costumbre por la zona, ya que iría dentro del pack de los cincuenta mil: alojamiento, desayuno, comida y cena; caza de insigne león y al menos un negro que le corte la cabeza y le arranque la piel.



¿Cómo fue?: los tipos, pongamos una partida de unos tres o cuatro, se acercan en todoterreno a las inmediaciones del Parque Natural de Hwange. Deciden entrar, llevan consigo o cazan otra presa de tamaño considerable pero de menor valor. Los nativos saben bien por dónde para el bueno de Cecil. Lo ven, a Cecil, estos energúmenos, amarran a la trasera del todoterreno el cebo "deja cable, cohone, que valiente soy un rato, pero el bicho ese lo quiero lejos (imaginen índice y pulgar en forma de pinza) hasta verlo así de chiquitito", y arrastran el cebo, despacio según el trotar felino, al ritmo de pío pío leoncito. Gente valiente, ellos, y león, el bueno de Cecil, león con hambre, la trampa parece funcionar, los sigue. La partida consigue sacar al animal fuera de los límites del Parque. Una vez allí, legalmente, gente valiente y furtiva, unos verdaderos hijos de la gran puta todos ellos en realidad, que todo hay que decirlo, dan caza al león de nuestras entretelas, con un arco y sus flechas, por supuesto, y mano al menos un par de buenos fusiles del doce, cartucho en recámara "vamos a dejarnos de tonterías", con sus respectivas cajas bien llenas de más munición.




Se dice del cazador, Walter James Palmer, que es dentista y estadounidense -no español como se rumoreaba, vete tú a saber por qué, Su Majestad ya no tiene el coño para farolillos- y que pagó unos cincuenta mil pavos por la historia. Y es que el dinero no da la felicidad, eso por supuesto, pero tampoco es menos cierto que unas perras echan el cable para conseguirla. La felicidad de Mr. Walter pasaba por matar y decapitar y desollar a nuestro ya difunto amigo, el león Cecil. Sí, cuando unos son felices comiendo helado o pelando gambas o cascándosela en el baño Mr. Walter es feliz matando leones porque sí con un arco y un carcaj hasta las trancas de afiladas flechas.

Pero, oh, pobre Mr. Walter, de pronto aparentemente infeliz, te trincaron, y ahora estás muy arrepentido y lloras desconsoladamente mientras miras quizá la cabeza disecada y colgada en tu sala de trofeos, junto a otras cabezas, leopardos y osos polares, por ejemplo. Oh, pobre Mr. Walker, dentista de profesión, ahora toda la hipocresía del mundo civilizado vuelca sobre tu fotografía en Facebook y Twitter ingentes cantidades de rabia contenida. Aquí un amigo, Mr. Walker, no te preocupes, yo te consuelo: esto mañana ya no es noticia.

Tipos como Walter James Palmer se encuentran, sus fusiles cargados, ahora mismo, en cualquier otra parte de ese continente desde antiguo expoliado que es África, descojonándose de su compañero de afición -esto es, matar por el simple hecho de matar-, por su torpeza y su posterior y fingido y vergonzante victimismo.




Según el diario El mundo Zimbabue reconoce una población de un par de miles de leones. De estos dos mil unos setenta son cazados cada año. No recuerdo haber visto nunca en Mercadona la carne de león, en ese pasillito más bien fresco que comparten las carnes y los embutidos, que me prefiguro dura como un leño y algo seca. La cabeza de león así como su piel -y la piel del leopardo o la pantera- es un trofeo como lo son las manos de gorila, como es un "potente afrodisiaco" el cuerno de rinoceronte (Sudáfrica, año 2010, 333 rinocerontes; año 2011, 448 rinocerontes; año 2012, 668 rinocerontes; en adelante, la cifra ya no son fiables, es mucha pasta la que se mueve en Asia), todas estas, especies gravemente afectadas por la caza en general. 




Lo que se traduce del dato numérico es que setenta viene a ser el número que se declara en cuanto a lo que a la caza de leones se refiere. No hace falta ser vecino de Lubimbi, Tande o Hwange -poblaciones cercanas al conjunto de parques y reservas- para saber cómo funcionan las cosas por allí. Lo que verdaderamente se traduce del dato estadístico es, que, leones, lo que vienen siendo leones, así como nuestro amigo Cecil, al que todos deseamos hoy que Dios tenga en Su Gloria en un súbito y más que probable fugaz sentimiento animalista, han de caer anualmente a cascoporro, y sí, la muerte de Cecil es realmente una tragedia, una tragedia extrapolable a muchas otras especies y probablemente mucho mayor de lo que ahora pensamos y que por supuesto pensamos mientras los medios lo decidan.

No tardará Nessie en esconder su cabecita. Tampoco tardarán los Mr. Walter James Palmer en apuntar con el arco, de hecho está ocurriendo ahora. Y ahora. Y ahora también...

martes, 21 de julio de 2015

Saboread el cálido amargor de vuestra derrota.



Detengamos la máquina generadora de ilusiones. Sí. Bajemos las revoluciones, poco a poco, tampoco queremos que se rompa. La hélice, lentamente, se va dejando ver, vemos que es hélice y no circunferencia de espuma rabiosa. Seamos realistas. Eso es. Realistas. ¿No somos al fin y al cabo hijos del primer mundo? Seamos realistas, que no es tan malo.

Y la realidad es ni más ni menos que nada podemos hacer para cambiar las cosas. Las cosas son. Nada más. Jamás tuvimos en nuestras manos por medio de la democracia la capacidad de mover el más mínimo átomo de nada. Eso es realismo. Fue todo tan fácil, es tan doloroso además ejercitar la memoria, tan cómodo y opiáceo el olvido. Detengamos pues toda intención de pensar en que un mundo mejor es posible porque no lo es. Siempre habrá alguien que aparezca de entre las sombras y le hables y te mire raro y tú te sientas poco menos que carajote cuando le digas que crees en algo que está muy por encima de su religión superficial y barata. Siempre surgirá alguien, de lo oscuro, que te diga, seamos realistas.

Hagan el favor de tenerme la máquina a ralentí un poco más.

El realista es ese tipo que no ha visto, que no mira o que lo hace sin ver, es, el tipo, incapaz de estremecerse ante la mano que se le coloca delante de las narices cuando le piden una limosna. Mira la mano con desprecio porque no sabe lo que ve. Es ese tipo, el realista, uno que sabe que sus hijos duermen cada noche en una cama cubierto de sábanas, mantas y colchas. Claro, si no ha visto no puede imaginar. No ha visto a otros niños como el suyo jugando al fútbol cerca de un campo de minas. Nunca un niño le ha ofrecido con una extraña sonrisa un pepino de ciento cinco sin explosionar. Ni siquiera sabe que hay niños en algún lugar que con solo diez meses sobre la faz de la Tierra son capaces de correr a zancadas tras un coche para pedir un poco de agua. Ese es el realista, el que te dice esto es lo que hay. A mí me ha tocado bien y a otros mal. Sé realista, tipo ingenuo, iluso. Lo llevamos a ralentí dijimos.

Un ejercicio de realismo es decir que en España no existe la pobreza porque pobreza es lo que hay en África. Como no ha visto tampoco sabe que en África, en el continente negro, pobreza es un término bastante inexacto e injusto. No se le puede llamar pobreza al Holocausto Africano, ni a la mayoría de las miserias que se dan en Asia, Sudamérica o Centroamérica. No lo puede imaginar porque no lo ve, no lo muestran los medios si no proporciona por lo inmediato suficientes beneficios, si no es noticia candente, y noticia candente no puede ser la brutal mortandad infantil, eso no es noticia, noticia sería, por ejemplo, que el ébola se expandiese de tal manera que, en el peor de los casos, con una mínima probabilidad, pudiese llegar a Europa. Eso es noticia, porque es terror y el terror mueve dinero, de un modo u otro. No es noticia que la malaria siga siendo la enfermedad más mortífera de África, por encima del sida, cuando la erradicamos de Europa en un échate pa´llá que hace caló.

El realista, por lo general, está conforme con todo. Aquí, en España, recuerden, el país del dolor de huevos, el realista, que también es el correcto, se conforma con todo, se conforma con que estén en su sitio los mismos de siempre, los que le mantienen ahí, en ese realismo inamovible, mientras la cosa funcione, que claro, funciona, cómo no, sobre todo si somos incapaces de mirar a otro lado, no al otro, no al casi semejante, no al que lo pasa mal, no al casi pobre. Ellos son realistas, han nacido en el momento oportuno en el lugar indicado.

Como no podemos pedir semejante esfuerzo, tal capacidad de sacrificio, lo mejor, es pedir al resto que detenga la máquina de las ilusiones. Sobrevivan. Así, a ralentí, motor diesel, contenido, apretando las muelas, cada vez, un poquito más. Podemos pedir eso.

O tal vez no.

Quien lleva en el pecho un corazón hasta las trancas de sangre hirviente no puede dejar morir sus ilusiones, no puede consentir ciertas cosas. Y sí, tenemos la suerte de no vivir un holocausto como el africano, pero cada vez es más palpable, más irrespirable el aire, más lejano el umbral del dolor. Han depositado sobre nosotros la muerte en vida, no es una exageración, mira y ve, joder, a tu alrededor, casi imposible ganarse la vida, sueldos indignos, contratos miserables, la muerte en vida, sí, como en aquellas distopías de la literatura y el cine, esas en la que existen los afortunados, viviendo de la suerte que no han ganado o que han ganado de forma mezquina, esas mismas en las que el resto son los desechos sociales que laboran la cuna de sus riquezas. Que no es una exageración, que está ahí, lo vemos cada día. Si miras lo ves. Si tú miras, no más allá de tus parientes más cercanos, los ves, mendigando el pan, arrastrándose por un puesto de trabajo, los ves. Esa es nuestra verdadera realidad y no otra.

Pero existen los que llevan dentro del pecho un corazón hasta las trancas de sangre hirviente y no pueden dejar morir sus ilusiones, la creencia de que un mundo mejor es posible. Es muy poca la capacidad de maniobra, apenas nada, un resquicio en las leyes quizá, nada, o casi nada, lo justo para que muy de vez en cuando nuestro sistema político permita que se generen algunos partidos al margen de lo conocido, en principio ni mejor ni peor, desconocidos, diferentes, llevando consigo un mensaje de ilusión. Ilusión, aquello que repatea las tripas del realista que impone su conformismo acomodado con un sé realista. Así que detengamos la máquina, hasta aquí habéis llegado, saboread el cálido amargor de vuestra derrota.

O mejor no, qué cojones, que nadie toque nada, la mano fuera de la consola de mando, que nadie se mueva mecagoendiós, ilusiones, de eso es de lo que se trata, de conservarlas, de mirar, de ver, de creer que lo merecemos, de eso, seamos combativos, que ya la guerra está perdida, mejor morir matando.

***

Hay quien celebra lo ocurrido en Grecia. En Grecia ha ocurrido que se ha puesto un pie sobre las ilusiones, la han descabezado, y hay quien lo celebra. Apenas han dejado respirar a Tsipras desde que el sistema político griego lo nombró primer ministro. Y aquí en España nos lo han mostrado a todo color. Eso sí teníamos que verlo. El gobierno de Tsipras y su voluntad de luchar por las ilusiones fue ratificado de forma asombrosa por una mayoría de griegos en sonado referéndum. Fue tan bonito mientras duró. Cabeza de turco Tsipras ha sido sacrificado y con él todo el pueblo griego. En España hay quien se alegra, también quien ha vivido la tragedia griega como propia, el pisotón ha sido tan grande que alcanzó en gran medida la ilusión en el país de la Ñ.

No es casualidad. Lo que está ocurriendo en Cádiz se le asemeja bastante. ¿Cómo empieza todo? Es muy sencillo. El alcalde de Cádiz llega al ayuntamiento como quien entra en una trampa mortal. Es el peor de los escenarios políticos posibles. El partido que facilitó el hecho, quien le puso la zanahoria, el PSOE, representado por Fran González, un tipo ruin a todas luces, sin más oficio ni beneficio que el de trepar en la política, una vergüenza de tipo en realidad, fue largo como solo un partido de tales características y currículum puede serlo. Echaban a la peso pesado de Teófila Martínez del ayuntamiento, su cortijo, su expositor de joyas, después, todo sería coser y cantar. Y lo está siendo, no sin ayuda.

La campaña de desprestigio, el acoso y derribo a José María González "Kichi", es una aberrante historia de la infamia. En lugar del sano escepticismo con que deberíamos observar sus movimientos en el ayuntamiento, en vez de eso, se ha optado por ponerle encima la lupa que nunca tuvo la anterior alcaldesa, tal vez por temor a su ira. Y es aquí donde entran los medios de comunicación. Pasen y lean, de verdad, a los esplendidos columnistas y blogueros, no tiene desperdicio. Mientras tanto, en el resto de España, la estrategia es más insidiosa, menos directa, se ataca al nuevo y amplio espectro de la izquierda inoculando la mala sangre del terror en el pueblo. Se habla de populismo, acusan y señalan hablando de populismo poniendo bajo el título la fotografía del temible Hugo Chávez. Claro que es populismo, por supuesto que lo es, ¿cómo si no despiertas a un pueblo dormido desde siempre, el pueblo que ha permitido que le roben a manos llenas delante de su cara? Es populismo y es mover el asiento de quienes se creían obligados a ser víctimas y espectadores, un populismo que les recuerda que aún pueden permitirse soñar con que sus hijos tendrán una vida mejor.

En Cádiz tenemos tipos como el señor Fernando Santiago, más que periodista, polemista, que es lo que le va, la polémica. No duerme, no descansa, su campaña debe ser personal, no se me ocurre otro motivo. Día tras día el tipo insiste en señalar cada paso del alcalde. Tal actitud es sospechosa. También es sospechoso el caso de la famosa historia del cónsul alemán, esa leyenda urbana que circulaba por mensajes de un móvil a otro hasta acabar en las páginas del primer periódico de la ciudad en un artículo claramente dirigido a la demolición. Por otro lado está el periódico La Voz. Alabado y aplaudido ha sido el artículo en el que se criticaba la conciliación familiar por el hecho de que el alcalde procura no ser solo un animal político. Y bueno, todo esto es sospechoso, lo es, todo en su conjunto, podríamos seguir enumerando jugadas y no parar. Ni seis meses en el ayuntamiento y ya se puede decir que al alcalde de Cádiz se lo han cargado. Gran parte del trabajo lo han hecho los periodistas. Qué grande les queda el título, joder, qué pena estudiar toda una carrera universitaria para convertirse en títere, por unos míseros euros.


Todos estos que hacen el juego sucio también empujan el pie que pisa la capacidad de ilusionarse de los ciudadanos más perjudicados por el momento político y económico. La responsabilidad es grande, son cómplices de los que están causando tanto mal. Culpables son.

domingo, 19 de julio de 2015

Cuenta la leyenda (la aventura de un cónsul alemán en la ciudad de Cádiz).



Imaginen. Esa luz tan especial de Cádiz en una mañana cualquiera de verano. Esa plaza de San Juan de Dios, reluctante, paseada, el puerto a sus pies, curiosamente libre de enormes navíos cruceros. Y esa gente, tan graciosa, sí, esos gaditanos como figurantes de una Venecia sin canales, esos simpáticos gondoleros. Así podría comenzar la leyenda.

Cuenta la leyenda de cierto cónsul aventurero que cierto día, en el desempeño de sus funciones, hubo de dirigirse al ayuntamiento de la ciudad de Cádiz.




Imaginen ahora, esa luz tan especial; imagínenlo, al cónsul, con maletín y sombrero si quieren, al pie de la Casa Grande gaditana, cual padre Merrick, sin bruma diabólica pero con un calor del demonio, trajeado y sudando por dentro del traje, el cónsul alemán del que os hablo.

Pues eso, que cuenta la leyenda que el hombre había solicitado audiencia para verse con el nuevo alcalde con motivo de la próxima visita al puerto del buque escuela alemán. Y cómo cae el sol por san Juan de Dios en verano. No es improbable que el hombre, el cónsul alemán, sudase por partida doble. Por un lado los rayos blancos y amarillos y verticales, por otro, el nerviosismo de la misión. Digamos que era rubio y alto, sí, la cabeza como un dado de parchís; pero sudaba. Ya saben lo que cuentan las leyendas del alcalde de Cádiz. El nerviosismo de nuestro cónsul no era para menos.

Le facilitaron el acceso sin mayor problema. Distintas versiones de la leyenda hablan de cómo tuvo que sortear alguna especie de cancerbero propio de la tierra, uno que parece ser había sido encontrado por Iker Jiménez la vez que había estado investigando por la Casa del obispo.

Pero las fuentes más fiables dicen que no, que hasta le ofrecieron agua y todo, al verlo así, al pobre hombre, la gota de sudor resbalando por la sien izquierda, la mano sudorosa asida al maletín, rojo el rostro como el más vivo de los salmonetes, le dieron agua al atribulado cónsul alemán.

Siguió nuestro cónsul por pasillos estrechos de techo bajo y antorchas iluminando el recorrido al técnico encargado de llevarlo al despacho del alcalde, de quien había oído historias terribles: una vez llegó a mostrarse indignado públicamente por un desahucio. Aquellas historias no dejaban dormir al cónsul en sus escasas horas de descanso en su retiro gaditano-alemán.




Fue tras dejar el angosto pasillo (habían subido y después bajado escaleras de caracol, pasaron junto a celdas oscuras cuyos moradores se mantenían a la sombra y solo, en algún momento, de aquellas celdas, surgió una risa que al cónsul heló la sangre y erizó el vello rubio de su nuca) que el técnico del ayuntamiento se detuvo y aún permaneció de espaldas a él unos segundos que debieron parecerles eternos. Sin duda alguna, habían llegado. 

Cual cochero de Drácula el técnico sobre alargó su brazo izquierdo e indicó al cónsul un desvencijado banco de madera malherido por la carcoma. El cónsul alemán se sentó, su piernas juntas, rodilla con rodilla, el maletín sobre las rodillas, las manos, ambas aferradas al asa de piel fina del maletín, sudando las manos. Solo cuando el cónsul se sentó pudo observar la enorme puerta de doble hoja y de nobles maderas entreabiertas ante él. De la habitación al otro lado y por el espacio vacío entre portones asomaba una luz mínima, como serían los últimos fuegos en la noche de una chimenea, como el anochecer en el infierno, así la luz.




No voy a decir que temblaba porque no. Era alemán.

En el interior del maletín los documentos sí temblaban. El cónsul, en el retiro de su refugio gaditano-alemán, había pasado incontables horas ensayando la articulación de las palabras a las que pretendía dar cierto toque gadita por aquello del pasado oscuro que en otra leyenda se contaba del alcalde. Había salido en una comparsa, era residente del barrio de la Viña. No había dejado nada al azar.




Pero ahora se encontraba allí, ante la puerta flanqueada de teas humeantes, el sol fuera, tras los muros, en el silencio de una antesala, el eco lejano del teclear siniestro en viejas máquinas de escribir. Y estaba solo. En su mente un único pensamiento, la misión.

Pasaban los minutos, y él allí, con su misión sobre las piernas.

Pasaron las horas, dos al menos. Silencio.

Una hora más pasó, un terror irracional -o quizá una hinchazón en los testículos- sustituyó al nerviosismo. Fue entonces que el tableteo de unos zapatos de tacón lo sacaron de su angustioso monólogo interior, ese debate interno en el que se ponía en duda su germanía.

La vio y se dijo, una secretaria.

Ella no le miraba. Se dirigía indudablemente al despacho del alcalde y no le miraba. Así que se decidió a tomar la iniciativa. Al fin y al cabo era alemán. Cuánto había pensado en frau Merkel a lo largo de todo este sufrimiento, en lo que ella pensaría de él, si lo viese, todo un cónsul de esa nueva Alemania que volvía a poder permitirse tocarle los cojones a todo el mundo. En fin, que levantó la mano, el cónsul.

Ella seguía sin mirarlo.

Habló.

Disculpe, señorita, ¿tardará mucho el señor el alcalde? Lo dijo sin dejar de sonreír, lo más gadita que pudo, un acento como de Cortadura mezclado con esperanto.

Ella entonces se detuvo ante la puerta y esta vez sí que se giró y le miró y le sonrió tal y como hacen algunos animales. No dijo nada. Entró en el despacho. Pasaron no menos de treinta minutos.

Se sumía en una especie de letargo cuando el abrirse de una de las hojas de las puertas del despacho arañó el silencio y los oídos del cónsul seguido de la presencia de la secretaria siniestramente sonriente y de la voz del alcalde, al fin, una voz como procedente de las mismas entrañas del posible infierno existente en el fondo de la Bahía que bañaban las aguas de la díscola ciudad, la voz del alcalde, en grito, ordenando su marcha, con extrema crueldad, empleando adjetivos crueles, señalando cruelmente a su frau Merkel, la voz cruel del alcalde de Cádiz.

Cuenta la leyenda que aquel cónsul nunca llegó a salir del ayuntamiento. Hay quien dice que se le puede ver pasear por los pasillos de la Casa Grande en camisa de tirantes, pantalón corto, calcetines y chancletas, siempre aferrado al maletín que era su misión, con el recuerdo de ese buque militar que debió llegar algún día al puerto gaditano. Cuenta, la leyenda, que los técnicos le dan de comer, como hicieran con Canelo los celadores del Puerta del mar. 

Pero esa ya es otra leyenda.   


miércoles, 15 de julio de 2015

Echar cojones lo llamo yo.


Lo que está ocurriendo en Grecia.


Todavía me sorprende la escasa reacción o la indiferencia del españolito medio ante lo que está ocurriendo en Grecia. No estamos poniendo las barbas a remojar, que es lo que toca. Lo peor de todo es quizá el discurso de ese lote informe al que llamo escasa reacción. Que se sepa el complejo de superioridad -mal que aqueja gravemente a los alemanes desde antiguo- no es un trastorno contagioso. Ah, sí, nosotros, los españoles, hacemos la cosas de forma correcta, no como los griegos. Vemos a nuestros políticos tan rectos, tan correctos, ellos, nuestros políticos, sus formas y maneras son tan... rectas y correctas y pulcras, guardando las formas, con ese saber estar y esa mirada como de estar eternamente ocupados en su mundo interior por las preocupaciones de los ciudadanos, sobre todo en pre campaña. La corrección, la estabilidad, la falsa apariencia de estabilidad, nos la pone dura y nos pone, la cara, de alemán Merkeliano. Mi alma por el Bundesbank. Mientras ellos, nuestros políticos, sepan mantener esa forma de subirse al escenario, pueden estar tranquilos, nuestro miedo seguirá brindándoles el poder que los alimenta. Alemania dejó de ser sospechoso, querían cargarse a Grecia, ya no se cortan en decirlo. Supieron de su incapacidad para entrar en el Euro e hicieron la vista gorda. Después todo se jodió, lo recordamos, la economía del primer mundo se vino abajo porque los elementos reguladores (léase gobernantes) de los Estados dejaron las puertas abiertas a quienes manejaban su parné para que hicieran y deshicieran a su antojo a escala planetaria; y no contentos, los que manejaban el parné,  después del diluvio, volvieron a tomar el control (léase los mercados), y los gobernantes de los Estados, atados  de pies y manos siempre por aquello de la gracia de don Dinero, procedieron, una vez más, soltando las riendas del caballo, que total, siempre va en círculo, como en las carreras, como los ponis en la feria. Las guerras del siglo XXI son diferentes, y a Polonia ahora la llamamos Grecia.

Un dibujito na más.


Pero en España hacemos lo correcto, que en España siempre se ha sido obedecer, a los reyes, a los señores, al dictador, a la troica. Lo demás, vagancias y anarquía. En España sólo nos ponemos en pie cuando nos lo dice un cura, así ha sido siempre. Nos enorgullecemos de nuestro valor en aquella mentira mal contada de la independencia de los franceses, nos enorgullecemos, también, de aquella otra mentira que llamamos reconquista. Somos así, de inflar mucho el pecho como gallos de marzo, cuando a toro pasado, y a sabiendas decimos que era toro porque pudimos verle los huevos, creemos que alguna vez fuimos valientes, y no como ahora, que mejor hacer la del avestruz, hasta que pase el temporal, como si lo hubiese, temporal y no mal endémico, como si fuera a pasar.

Lo correcto.

España es mucho de moverse según lo correcto, lo que quienes consideramos correctos dicen que es lo correcto. Lo decía el señor Marhuenda -muy viajado por lo que se ve- el otro día en famoso programa de La Sexta: en España no hay pobreza, tomando como paradigma de pobreza el Holocausto Africano. Es lo que tienen los matices, que se puede sacar punta a un lápiz y escribir fino y limpio, o bien, dejar punta gorda, y como siempre he vivido del carajo, pues hala, que no tengo ni puñetera idea de lo que es la pobreza. Pero en fin, ese es Marhuenda, un señor correcto que aprecia lo correcto de nuestros gobernantes cuando son los de la escuela de los reyes, los señores, los dictadores y la troica, los que llevan el cortijo.

Es el españolito medio y cobarde lo que realmente me preocupa, los que no saben que les han puesto las barbas a remojar desde hace algunos años, sin preguntar, diría yo, si se ha de pensar en las últimas elecciones generales (En España, las elecciones generales vienen condicionadas casi siempre por factores externos: atentados, crisis financieras). Me preocupan aquellos que no saben realmente qué es tener que pelear por llevar la hogaza de pan a sus hijos, los que se conforman porque aún no les ha llegado el agua a mojarle los tobillos siquiera. Tienen una muy pobre visión de la realidad. Si acaso llevan un kilito de arroz a Cáritas como quien lleva a un vagabundo a comer en Nochebuena y lo largan antes de las copas.  Piensan estos que van a permanecer así eternamente. Lo piensan porque saben que papá hizo bien los deberes, esto es, apostar a caballo ganador, siempre la pela, y no hablar más que cuando es quien está a su lado quien tiene la ocurrencia de decir que no, que ya está bien, que un pueblo trabajador merece conocer el verdadero significado de la palabra dignidad. Son los delatores de todas las guerras, los lacayos, los cobardes que miran para otro lado cuando se le impone al "pueblo soberano" griego medidas propias del feudalismo más repugnante. Son estos elementos, los hijos de papá de toda la vida, los que jamás pelearon por la hogaza, los aspirantes a VIP (como lo son sus papás), quienes hacen el trabajo sucio de los correctos. El españolito medio, de siempre tan cobarde, no tiene nada que hacer, mira de reojo a los griegos, y todavía se permite un aire de superioridad.

España.


Después está esa amalgama informe y ambigua que llamamos intelectualidad. A poco que uno haya leído se dará cuenta de que siempre han existido los opresores y los oprimidos. Fíjate tú que yo, bípedo implume, españolito circunstancial, sin el bachillerato terminado, soy más de estar del lado de los oprimidos, porque me es fácil entender que lo de los opresores es más bien una cabronada, se mire por donde se mire. Pues eso, a la intelectualidad, esos que se saben intelectuales, en todo esto, ni están ni se les espera, al menos a la mayoría de ellos. Tenemos un premio Nobel residente en la piel de toro cuyo nombre ha saltado al papel cuché por la frivolidad de juntarse al conejo más rentable de España. Sí, al hombre a veces le da por hacer una gracia en columnas de opinión, pero poco más. El conocimiento deber llevar invariablemente al humanismo, aunque éste lleve a esa forma de entenderlo que es la misantropía. Toda visión humanista lleva a considerar inaceptable lo que está ocurriendo con los pueblos, con esta vindicación de los poderes de siempre para hacernos ver que siempre han sido ellos quienes nos manejado según sus intereses. Pero ser intelectual ahora significa otra cosa, es ser más Rafael Alberti que Miguel Hernández, que por supuesto no era un intelectual. Ser intelectual reconocido quiere decir que haces caja a base de adoptar posición de ele con los pantalones bajados y a base de echarse abajo las rodillas. Intelectuales de izquierdas movidos por egos velados por la causa justa. Intelectuales de derechas, pero sobre todo, correctos. El arte pasa por su peor momento, ya que cualquier tiempo pasado, ya saben. Vemos al señor Koons, su arte, el arte de la nada. Vemos la música que manda, tan falta de contenido en todos sus aspectos. Vemos una literatura banal. Vemos, es tan obvio, que la vida se nos escapa de las manos. Pero tenemos demasiado miedo.

Arte.

Intelectual poniendo cara de premio Nobel.

Es por ello que Mariano Rajoy celebra la ruina de Grecia. Señala al nuevo partido como el principal de todos sus males, como si antes sus coleguitas no hubiesen pulverizado su administración política y económica. El españolito medio suspira, ay, qué suerte de tener a Mariano, tan notario él, tan correcto, como un obispo o un general, qué suerte.

Su mensaje de austeridad iba dirigido a quienes han rescatado a los bancos y no se les ha devuelto una perra gorda, a los que han sido desahuciados, a los que cerraron su negocio de toda la vida, a los que el sistema sanitario tiró en una cuneta; iba dirigido a los que tenían miedo. Antes les decía, cuidado con el lobo, coge por aquí, corazón (por el camino austero, el correcto) y no te muevas, que viene el lobo, es por tu bien. Y claro, vemos Grecia, y los más suspicaces entendemos lo del lobo de otra manera. Mariano Rajoy es cómplice y por lo tanto culpable del crimen que se está cometiendo con Grecia. A Tsipras no le ha quedado otra que escapar de las Termópilas y entregar Esparta, se ha rendido, ni siquiera tenía la posibilidad de morir dignamente en el intento. Su bajada de pantalones responde a un acto de valentía. No puedo mancharme las manos de sangre, por más que yo pueda morir, no dejaré morir al que considero mi pueblo. Varoufakis también fue valiente: a estos hijos de la gran puta se les ha de hacer a lo talibán, no queda otra, y se echó con chupa de cuero y moto, al monte Olimpo.

Vagancia y anarquía. Lo incorrecto.



Deberíamos hacer algo los españolitos de a pie. Echar cojones lo llamo yo. Pa variar el curso de la Historia.