domingo, 21 de junio de 2015

Por el segundo sector.


Duelo a garrotazos. Francisco de Goya.


No sabía de lo que le hablaba. Claro, ni siquiera le mencioné el blog. Le decía que, bueno, había tratado de explicarme ciertas cosas a través de la palabra escrita, por medio de mis propias palabras medidas y calibradas por las teclas. Fue en ese momento que caí en la cuenta de que no mentía. Lo hice, o al menos lo intenté. Hoy vuelvo a ello, de una forma diferente, tirando por el segundo sector.

* * *

A veces ocurre que quien te habla lleva haciéndolo toda la vida y tú, por la costumbre, por la cercanía, por la familiaridad con que se llega a escuchar una voz o por los gestos ya entendidos como rutina al modo de una coreografía que ya conoces, a veces, ocurre, que el más antiguo de tus interlocutores mira hacia otro lado cuando habla, hacia su propia vida, recorrida y recordada tal vez en unos pocos segundos, y te dice algo que reconoces sabio, reconoces justo, como un verso perfecto. Te dedica palabras que no son de este tiempo, en una conversación de madrugada. Será que la madrugada nos desnuda o nos hace ver lo huérfanos que somos. Pero de palabras hablo, de una intención, hablo. No viene al caso ahora repetirlas, tampoco sería capaz. Era un consejo, acaso una lección, ¿para quién? Sobre esas palabras que se referían a un presente concreto y que viajaban desde el pasado, acariciando con la yema de los dedos el incierto futuro, sobre esas palabras podría escribir yo ahora el que sería mi mejor poema; un poema repetido, seguramente, porque todos los buenos poemas ya fueron escritos.

* * *

Tirar por el segundo sector no es un acto de valentía, sí de cálculo y precisión.

* * *

El tuit de un amigo venía a mostrar su hastío por estas dos Españas de siempre. Reclamaba esa tercera España que nadie sabe qué puede ser ni dónde puede estar. Sí, las dos Españas, la una y la otra, qué cosas, como aquella maravilla de Goya, Españas de un origen ambas perdido en el olvido. Tierra de reyes y cuervos y miserables, ¿cómo no vamos a tener siempre vencedores y vencidos? ¿Cómo no vamos a tener fachas oscuros y rojos recalcitrantes? Mi amigo pedía su tercera España movido por un sentimiento provocado por la crispación probablemente. Tal vez, como le ocurre a servidor, por el profundo temor a caer uno mismo en la radicalización. Se ha vuelto compleja la política de este país, y me temo que no sepamos digerirla por mucho que nos empapemos de Juego de Tronos. La España de las dos Españas tiene la costumbre de romperse cada cierto tiempo. Y puede que sí, que de cada derrumbe surja esa tercera que después vuelve a las andadas en un bucle sin fin. Lo que me lleva a pensar que la política tiene muy poco que ver con esto. De la cobardía al heroísmo no hay más que un simple paso. Tan perniciosa es la cobardía como falso es todo acto de heroísmo. Y la historia de España está llena de cobardes y llena de falsos héroes, es la única España que reconozco, quien  quiera ver otra cosa acabará enarbolando alguna bandera, cualquiera de las dos.

* * *

Decía que no sabía de lo que hablaba, quizá porque tampoco yo era capaz de explicarlo con las tres o cuatro palabras que manejo. Y en el fondo todo viene a ser que nada es blanco o negro, como me dijo una vez un buen amigo, que todo en realidad, es de colores. Tendemos al gris, los tiempos nos llevan al gris, esa amarga criatura que llegó para quedarse cuando asesinamos a Dios y no supimos llenar su espacio. Entonces fue que dijo la palabra mágica. Cuánto he pensado yo en esa palabra. La he llevado siempre en la punta de la lengua, la he saboreado, he querido colocarla lentamente en el acantilado de mi nariz y he bizqueado. No sé si es correcto decir luchar individualmente por el humanismo. Sí, no sé si me entendía o no, si yo me explicaba o no, pero vino a darme una respuesta. ¿Llegó por azar? Hasta el átomo todo funciona de una manera que podemos creer previsible. Eso hasta el átomo, del átomo hacia dentro todo cambia. Y en su voz la palabra humanismo sonó hermosa, tal vez porque hacía tiempo que quería oírsela decir, tal vez porque yo provoqué que la palabra, hermosa e inasible, saliera de sus labios, como una promesa; o será que en esa palabra y sólo en esa palabra ser y estar y amar es el mismo verbo.

* * *


No se me ocurre un momento mejor para la poesía que el que vivimos. Los que antes escribían poesía ahora escriben novela negra. Sería estúpido preguntarse qué pretenden. Pero para la crispación, nada hay como unos buenos versos bien cargados con lo más profundo que pueda salir de un auténtico corazón humano. No existe pregunta a la que un poema no haya tratado ya de rodear con sus brazos para convertirla en otra cosa que no es respuesta, pero que tampoco produce dolor.  

miércoles, 17 de junio de 2015

Lamer heridas



Sí, uno también pasa por aquí para lamerse las heridas. Pasa uno, tal vez, ya que se abre el procesador y hay que llenarlo y después está este espacio abierto hacia el mundo dañino que... eso, que se aprovecha uno un poco de esto de dibujar con palabras asuntos que se manejan con otro tipo de herramientas. Así que uno pasa por aquí y empieza a lamerse las heridas de joven perro viejo.

Resulta que está el mundo. Y en el mundo, los demás y lo demás. Algo así debió traernos el nihilismo, no otra cosa. Ante esto Nietzsche propuso una utopía, un sendero, utópico, irrealizable si se tienen las entrañas bien cubiertas por los nervios. Mis entrañas han de ser como las del cordero agonizante. Vivimos sobresaturados de posmodernismo y pose nihilista. Sí, quién no ha caído en la trampa y además ha hecho alarde de ello. El sinsentido es mi paradigma, el sinsentido me da sentido, la nada no me permite abrazarte porque ¿para qué? me cubro con la nada de estos tiempos que tú no puedes manejar porque no has llegado a este estado de perfección en el que mi sentido capitalista nihilista posmodernista me erige en perfecto superviviente, un auténtico superhombre. Y yo lo sé. Yo que me cruzo con cualquiera soy el cobarde dispuesto a sacarte los ojos si no eres capaz de dar un beso con lengua como Dios manda. Hemos fastidiado hasta lo de follar. Follar es un producto dentro de la cadena. Lo hemos deshumanizado tanto, lo hemos incluido de tan mala manera en el trueque, que no, que ya ni siquiera es follar, es otra cosa. Va en la línea de todo esto.

Va en la línea de todo esto que un libro ya no es un libro o casi. Hay tantos ¿verdad? En la cima del arte está Jeff Koons. No tenemos ni puta idea de si eso es arte o no. Nadie lo sabe. Pero es arte sin embargo, arte fiel reflejo de un mundo perdido vagando por el universo. La desolación en nuestras vidas, es el arte, sobrevivir a ella, al mundo de la impureza en el que lo de menos es que existan precios a pagar o no. Hemos dejado de ser dueños de nuestras vidas. Nuestras vidas, la tuya y la mía, tú y yo hormiguitas en la fila, nuestras vidas murieron con Dios, en ese preciso instante. No supimos manejar la situación (¿cuándo lo hicimos?), pero ya da igual. Casi todos vivimos en la rueda del hámster. Mi problema es que no sé correr en la rueda. ¿Cómo quieres hacerlo si no sabes, si nunca quisiste aprender? Estúpido, tú querías amar a otros, qué gilipollez, por su belleza como criatura única en su especie, querías poner en un altar a todos aquellos que amabas, por encima de ti mismo, más allá, los demás, verdaderos dioses de carne y hueso, de carne y hueso; pero no, ellos aprendieron, y tú no, amar está sobrevalorado, el amor "romántico" (¿qué coño es eso del amor romántico? a todo ponéis nombre, a todo ponéis vuestras manazas y vuestras palabrazas para explicar para señalar, sí, todo con esa inmensa amargura, con ese inquietante sentimiento trágico de la vida, señaláis y decís amor tal o amor cual, amor de bobos, amor de adolescentes, amor sin amor, amor inventado y coloreado por Hollywood o Leonor de Aquitania, pero amor esto amor lo otro, nunca amor, siempre un bisnes, nunca amor) no tiene su lugar en un mundo posmoderno en el que para vivir se ha de estar cómodo en el sinsentido, en el carpe diem que nos ha salido de los cojones. Es imperdonable el error.

¿A qué viene toda esta locura? Hará un par de noches me dijeron: ¡tú eres un romántico, tío, no me lo podía ni imaginar! (Risas, carcajadas) No sé si lo soy. Lo soy acaso por ambicionar no una casa, no un coche, no un reloj (¿quién coño puede ambicionar un reloj?). Ambiciono vida, nada más, y no, tú tampoco la tienes, aunque lo creas.

Cada cierto tiempo nos asesinamos con licencia de quienes no van a matarse. Mientras tanto, nos vamos preparando para el momento. El de enfrente no eres tú, es otro, y como no eres tú mismo, es tu enemigo, aunque te metas en la cama con él. Todo es negociable en este mundo nuestro. No negocies, vive, luego me cuentas qué tal te ha ido. Está en el aire, el negocio. Ah, sí, quién me hablaba señalando con dedo amistosamente acusador: tú y yo estamos en sintonía porque entre ambos no existe el menor interés. No había caído en ello, es cierto, no lo hay.  Su compañía me interesa, mucho. No ha sido difícil. Casi da pudor decir amistad. La amistad no es de este mundo. Y el amor son conexiones sinápticas y cosas de corriente alterna mezclada en controlados tubos de ensayo en los que flota vete tú a saber qué coño de sustancias químicas. Nada más. Desangrarse por amor está casi tan mal visto como hacerlo por amistad, amor al fin y al cabo. Esto es condenadamente complejo, ¿no creen? ¿A que parecía fácil? No lo es. Podemos complicarlo más, podemos haber sido testigos de la pureza, de mal en su estado natural, del amor cuando no existe otro camino posible. Es entonces cuando los breves esquemas esbozados arden como la zarza o el cardo. Ya no puedes ser hámster, aunque lo intentes. Eres ratón silvestre y solo.

Habrá quien diga pesimismo; o que a servidor le han atizado fuerte no hace mucho. El pesimismo va de ejercitar poco la mente y de no haber mirado lo suficiente. A servidor le atiza la luz del día cuando ella no está a su lado y la luz del día cuando no encuentra los ojos de los que vio nacer. Así que hace poco me atizaron, como ayer o antes de ayer. Porque puedo ir a un banco y pedir un crédito y después ir a comprar un coche e ir con él a Mercadona y comprar una bandeja de ternera y una botella de vino y helado para el postre y después marchar a casa mía de mi propiedad según rezan las escrituras por las que pago la hipoteca. Puedo hacer eso, y la luz del día me seguirá jodiendo igual. Hoy me decía una amiga que estaba muy bien. Nunca se llega a la perfección, pero que estaba bien. La conversación vía mensajes llegó a un punto en el que ella me decía que la perfección era lo que se puede entender como felicidad. Pero primero decía la perfección, y yo la entendí, sabía a qué se refería. Estaba bien y buscaba la felicidad. Creo que sigo sin entenderlo.

Trataba de hablar en mi novela "Una ciudad en la que nunca llueve" sobre todas estas cosas. No sé si supe hacerlo. Quien dijo ser tocado por la novela jamás puso en su boca el término nihilismo, esa criatura que llegó para quedarse (Nietzsche again). Heidegger jamás se cansó de recordar como Nietzsche lo había asesinado. Le abrió una puerta infranqueable, un arco utópico y doloroso. Ahora todos estamos asesinados. El amor es un recurso de la ficción. Nos lo colocan en las historias como el soma de Huxley.

La locura es para quien ya no puede ser hámster. Así todos sus intentos por hacerlo de la mejor manera posible parece un artificio. Buscar igual a ingenuidad. A estas alturas ya me niego a decir que es una cuestión de madurez. Tú me dirás, hombre de treinta y pocos padre en espera de una tercera criatura. No, no es falta de madurez, es incapacidad de rendirse a un mundo como boca de megalodón.

Para terminar este patético discurrir del que se lamenta tan públicamente, recorramos así por encima la carrera literaria de un autor sabio que escribe como quien respira.

Cormac McCarthy renunció al mundo que le había tocado. Sus razones tendría, aunque entonces no lo supiera. Desde luego algo fallaba. Sirvió para la USAF en Alaska y para olvidar el mundo que contemplaban sus ojos atentos se refugió en los libros. Sueño con conocer esos títulos que tanta importancia cobrarían con el paso de los años. Así acabó escribiendo una serie de novelas en las que nihilismo y violencia se daban la mano llevando al lector por un mundo brutal en el que el amor o la esperanza no tenían el menor sitio (El guardián del vergel, Hijo de Dios, Suttree, Meridiano de sangre, No es país para viejos,...). Desde luego McCarthy, su visión del mundo que le rodeaba, en fin, era horrible, McCarthy es entonces un inadaptado y trata de contarse la realidad. Y ocurre que ya cumplidos los ochenta publica (Premio Pulitzer) La Carretera. Un libro que muchos adoran y que pocos llegan a entender. Para entenderlo debemos saber que Cormac McCarthy ya no es aquel muchacho apesadumbrado de Knoxville, ni aquel de Alaska, tampoco el vagamundo en Ibiza, ni el anacoreta fugado de la realidad. Cormac McCarthy es padre a una edad en la que es más fácil ver que en otras. La paternidad le regala la esperanza que creía inexistente. Lo refleja de manera brillante en La Carretera, donde todo el mundo ve dolor y yo no puedo más que contemplar una obra en la que el amor más puro sobrevive al mundo mismo.
Así que lamo mis heridas mientras hablo de ambición. En este mundo de ambiciones. Mis tres heridas:

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


Miguel Hernández.

miércoles, 10 de junio de 2015

Los primeros cantos de los primeros pájaros.


En la calma de la noche. Todos duermen;
ah, es un cementerio para la gente viva.
En el centro hay un parque cuyos árboles
no dejan de manchar el cemento y los días;
quedan, las hojas, pegadas, al suelo caliente de un verano con prisas.
Algunos coches
pasan,
no los veo, por alguna parte:
                                              hay quien tiene un destino en esta madrugada, mezclados
van y vienen, víctimas y asesinos, como amantes furtivos, que nunca llegarán a
conocerse.

Y más allá las calles van a dar a otras calles y así, éstas,
a otras; luego hay avenidas sembradas de semáforos que alternan
sus verdes y rojos, para casi nadie, como pensando en un mañana,
que no tendría porque llegar. Adentrarse por puertas y ventanas,
contemplarlos,
a todos y cada uno de los niños, tan plácidamente dormidos,
tan esforzadamente guiados hacia algún imposible.
El viento de levante arranca polvaredas de temor, absorben la luz de las farolas.
Es raro y sospechoso encontrar a un caminante que se dirige hacia nosotros. Alguien al
que ya no volveremos a ver,
nunca más. La madrugada
                                          lleva su muerte en el nombre.

No quedan bares con risas de esas
que se regalan,
por no llorar o por brindar al cristal de los espejos,
una bonita imagen,
que no podamos recordar cuando el sol crepite lejos y feroz.
Ya no quedan perros callejeros
a los que ahuyentar alzando el brazo
cuando amenaza la soledad.

Sí.
Es este aire cargado de vapor azul atravesando la camisa
una inevitable invitación a agachar la cabeza. No quedan lejos
las olas que se arriman a orillas solitarias,
sin que nadie las mire,
o contempladas por alguien que fuma
asomado a un balcón con macetas con geranios.
Escuchando el susurro cadente del más allá como el aplauso teatralizado, a la vida o a la
muerte, según la mañana por venir.
A ras de suelo, oh sí, a ras, de suelo,
los coches aparcados esperan. Alguien
que llora como respuesta a la incomprensión, alguien que ama,
en otro lado, a pesar del amor, ajeno a la mala palabra futura o a la sombra de la voz
desconocida que pronunciará su nombre y su apellido seguidos del anuncio inesperado.
¿Qué harás entonces?
                                 ¿Qué ingeniosa reacción
provocará
                                 el asombro al borde de tus labios?
Me pregunto, el cielo de la noche nos permite recordar el universo,
si no será mejor poner la espalda para
cada una de
las
    tres
          heridas.

Los aspersores despiertan de su letargo,
los faros de un automóvil son a lo lejos
los ojos de un animal herido en el bosque,
los primeros cantos de los primeros pájaros
alcanzan su minuto diario de gloria antes del desastre.
Las calles ya huelen a seísmo, a onda expansiva, a la rabia necesaria para no claudicar.

Roscos de humo como ideas condenadas al fracaso me...

viernes, 29 de mayo de 2015

Duerme niña duerme.

Duerme el sueño amniótico, la pureza en el sueño, sueño de génesis y promesa; duerme niña duerme tu faz de calavera y agita los dedos, en el sueño, los dedos de la vida acariciando misterios, la vida por llegar; duerme amor por venir, infinitamente amada, revolucionando el futuro, provocando nuevos verbos con tu silencio de espera; duerme en la madre, diosa de vientre nocturno, duerme en ella el deseo que ella es, deseo de manantiales como pezones sagrados; pero duerme, pequeña habitante del todo y la nada, argonauta en el origen, amazona del cordón umbilical, fruto del viento de estrella, duerme, estrella de carne luminosa completa de esperanza y esperanza de carne sangrante y mínimos pies, inquietos como el padre del presente confuso, que te espera, sin más, que un par de manos limpias para tu limpia piel en cuerpo de ángel, recién llegado, anhelo y furia al fin con el más hermoso de los llantos reclamando el pecho.

Adoro mientras duermes tu sueño en la madre, nuestra diosa blanca, secreto nuestro, la religión que compartimos, tan pronto. Duerme.

viernes, 24 de abril de 2015

Feliz día del libro



Texto leído en el día de ayer en la librería cafetería La Clandestina con motivo del día del libro.

En realidad, ¿qué significa toda esta parafernalia?

Vivimos tiempos confusos. El ser humano pierde a cada segundo que pasa una brizna de su tesoro más preciado, la humanidad. Nuestro desarrollo y nuestra tecnología ya alcanzan la velocidad del neutrino en el interior de un acelerador de partículas. El movimiento de rotación ya no dura veinticuatro horas; ochocientos africanos perecen tragados por las aguas del Mediterráneo un día cualquiera, pongamos antes de ayer; hoy, simplemente, no existen; la muerte significó tanto como la vida, nada. No queda tiempo para la contemplación, la reflexión, no queda tiempo ni espacio para la filosofía, no queda donde colocar migas de pan. Somos los indios de la América colonizada, sobramos quienes creemos que nos equivocamos, vaya usted a saber cuando.

En realidad, ¿qué significa toda esta parafernalia del día del libro?

Y es que vivimos tiempos confusos. Entendieron mejor aquello del arma cargada de futuro quienes supieron que debían correr o morir en el intento. El libro. Un libro. ¿Para quién? ¿Para qué? ¿Acaso no está ya todo perdido? Celebramos al ritmo que marca la industria un día para la marca y el descuento, para que yo esté aquí quizá, enumerando cada una de estas palabras, como si ellas no fueran una milésima parte de lo que se puede encontrar en los títulos que hoy conforman los cánones de la literatura universal por méritos propios. Cuando uno entre muchos se enfrenta a la empresa compleja y perturbadora de componer un libro, recupera parte de la esencia perdida desde el origen de los tiempos. Cuando uno entre muchos toma la cada vez más imposible decisión de sentarse a leer -esto es: frenar la máquina, suspirar tal vez, alejarse de todo aquello que lo empuja a no ser más que un productor/consumidor-, acepta, en un gesto de humanidad, el diálogo con otro que tal vez creyó que existían palabras que debían ser dichas; alineándose, de alguna forma, con aquellos que en cuevas contemplaban perfiles de bisontes y mamuts.

Pero en realidad, ¿qué significa toda esta parafernalia del día del libro y que yo, un peatón, esté aquí, con una obra producto de mis manos?

Y es que en realidad vivimos tiempos confusos, en los que debemos recordarnos que en un libro se encuentra cuanto perdimos y olvidamos y que probablemente ya no recuperaremos. Decimos Cervantes o Shakespeare, en un día como hoy, qué cosas, y no podemos pensar más que en sepultura y en huesos y en tierra removida, cuando deberíamos pensar en vida vivida y en pasado, presente y futuro y en nosotros y el mundo. También yo -afortunadamente no soy el único, somos legión- me alineo con ellos desde mi pequeño rinconcito en el mundo, Dante, Cervantes y Shakespeare, Lope de Vega, Quevedo, Byron, Austen, Joyce, Gabriela Mistral, Faulkner, Hemingway, García Márquez, Plath, Pardo Bazán, Machado, Lorca, Storni, Miguel Hernández y tantos otros cuyos libros no se han cruzado en mi camino y tantos otros que escribieron en lenguas que desconozco, desde el rinconcito en que me encuentro y en el que a veces me acuesto como un aprendiz desesperado.

Hoy nos felicitamos por mucho más que aquello de la marca y el descuento. Nos felicitamos porque todavía los bomberos se dedican a apagar llamas y no a obligarnos a que nos llamemos Los hijos de la medianoche, El ruido y la furia, Las venas abiertas de América latina, La insoportable levedad del ser o Cristo con un fusil al hombro, Poeta en Nueva York.

Hoy nos felicitamos porque contamos con escritores y editores y libreros que se resisten con uñas y dientes a formar parte de la alta velocidad y los gigabytes de la vergüenza, nos felicitamos porque aún conservamos las luces de la bohemia que refulgen en las flores del mal, con la voz a ti debida, por supuesto, lector paseante en alguna calle de Macondo o mezclándote con el polvo que agita el viento en sus mil y una noches mientras Juan Cantueso afila el cuchillo canturreando aquel poemita de Espronceda que hoy más que nunca es himno de Quijotes: escritores y editores y libreros frente a los medios de publicación masiva apoltronados en las listas de los más innecesarios y dañinos.

Hoy nos felicitamos por quienes al decir libro sabemos muy bien de qué nos hablan.


Todavía podemos felicitarnos, un día como hoy, felicidades Juan José, felicidades editora, feliz día del libro a La Clandestina y a todos, un día como hoy, veintitrés de abril de dos mil quince. Mañana ya veremos.

lunes, 13 de abril de 2015

Los libros repentinos, de Pablo Gutiérrez




Pablo Gutiérrez es un autor más que recomendable, es necesario. Nada de su obra puede dejar indiferente al lector. Literatura comprometida y exquisita en sus recursos; escribir en el siglo XXI, ni más ni menos. Quienes me conocen saben que soy poco dado a la alabanza gratuita e interesada. En este caso metemos ambas manos en el fuego. Nada es crucial, Democracia, son algunas de sus obras: fotografías de personajes que dibujan un mundo muy parecido al nuestro, con sus miserias y sus pequeñas victorias. Pablo Gutiérrez lo hace como nadie. Nos distingue de géneros, la poesía y la prosa, la prosa y la poesía, todo es literatura, y la literatura tiene un fin. Las joyas de Pablo Gutiérrez son armas cargadas de futuro, su voz, la de uno cualquiera que observa y cuenta para otros ojos. Tiene mi admiración desde Nada es crucial, con la que quedé gratamente sorprendido. Su nueva novela, Los libros repentinos, promete una vuelta de tuerca más, y un servidor, por supuesto, no piensa perdérselo, muy interesado de lo que el propio Pablo pueda ofrecernos de viva voz. De la presentadora, no puedo hablar, su nombre ya dice mucho.

domingo, 12 de abril de 2015

Veinte de la tarde



Veinte de la tarde noche de un domingo ventoso y pesado, con su carga de plomo, su palmera bamboleante, con la radio radiando palabras de las que desconfío. Es la radio un medio bonito. La primavera aterriza sobre las marismas dudando de si es buen momento. Buen momento pa qué, o para quién. No llueve al menos, pongamos que hablamos del mes de abril. Él juega y ve dibujos animados en el salón. Limpiar la cocina, quitar ropa del tendedero, doblarla después, pensando, en el estado de las cosas. No es una vida rutinaria. Soy consciente del alto grado de intensidad y de mi culpa. La pregunta sería: ¿has aprendido algo? Lo que me lleva a reflexionar sobre el verbo aprender y me devuelve a aquello del estado de las cosas. Ocurren milagros todos los días. No lo dicen los putos libros de autoayuda, lo dice un peatón cualquiera en el tercero de un bloque cualquiera de una ciudad... en fin. Pero milagros diariamente, y la lucha, y últimamente el estado de las cosas es igual a sorpresa. Habla solo mientras trastea y ve dibujos animados e ignora lo que le deparará la vida adulta, tan lejos de eso de trastear mientras se ven dibujos animados. Uno se conforma con mirar de forma estúpida el danzar incesable de una palmera que ya estaba cuando llegó. Fresias, decía, lo recuerdo, como recuerdo un perfume que me lleva a otro tiempo no muy lejano, cuando aparentemente nada era tan milagroso como hoy lo veo. Ocurrió así sin más. De pronto aparece y dice hola, sin más (insisto), ocultando -porque lo mismo lo ignora o, sencillamente, forma parte de sus pasos y el modo en que mueve un cuerpo de prestado- todo un universo maravilloso en el que los despistes parecen puertas espacio temporales por las que ir y venir para asombro de quien observa. Y yo la observo, no puedo evitarlo. Veinte de la tarde y anochece lentamente, permitiendo la tarde moribunda el disfrute ocioso. Está tan lejos mañana. La ropa en los tendederos vecinos son fantasmas que avisan de algo que llegará. Luego, se mantienen las preguntas de siempre a las que siempre doy respuesta dudando y dudando y barajando otras opciones que rechazo porque implican la no participación de todo esto y claro, quiero un buen pedazo de tarta, uno muy grande que me permita, algún día, en ese último segundo el paraíso prometido que no es otra cosa que poder decirse: he vivido, todos están bien, voy en paz, ahora. Un buen pedazo de tarta y milagros del día a día. Esperar la vida, no la propia, la propia no espera y sigue corriendo, ya se ven las huellas en la piel de la carrera. Sí, culpable, digo. Ya ven, sí, ustedes, ese vacío confuso e imperceptible, sí, ya ven, le damos vueltas a esto de los milagros, nunca me resisto a pensar que casualidades son misterio. Exacto, llegó y lo recuerdo, como hoy aquel perfume, el movimiento del cabello, acelerada, llegaba tarde, lo recuerdo y es una película agradable y sin fin, muda, hasta el momento en que salí de mi disimulado gesto de sorpresa. Hoy todo es diferente, mejor. El mundo se muestra jodido. Sigo escribiendo de forma ininterrumpida desde que empecé ya ni siquiera recuerdo cuándo. La pregunta es: ¿para qué? Respondo con lo del trozo de tarta. No se puede limitar la intensidad. Cuando la vida parece detenerse... no, no existe la contención, el pelo y las uñas crecen con fuerza, no puedo detenerlo, y lo fácil sería gritar: ¡basta ya, joder, déjame en paz, estoy cansado de la angustia, de la necesidad, de una obligación como un vicio mal mirado!  Veinte de la tarde de esta tarde infructuosa. Después de mucho pensar he acordado decir con todos mi yoes en que no conozco la rutina. Pero claro, callo más de lo que necesito, historias por venir, sacrificios por milagros. El estado actual de las cosas sigue siendo el mismo: silencio, se vive la aventura. Son las veinte cuarenta y dos de la tarde noche de un domingo ventoso.