martes, 30 de diciembre de 2014
Nosotros y el Tiempo.
Nos preguntaremos cómo era, cuando todo acabe.
Habrá muerto antes de que descubramos su origen,
una vez más. Diremos: ¿Que será entonces? Diré:
¿Adónde te has ido y quién soy yo, ahora?
En el mejor de los casos nos miraremos a los ojos
y no nos diremos nada, como dos nuevos desconocidos.
Si pudiéramos hacer algo antes del atropello...
Si todo fuese tan fácil como desnudarse...
Tal vez... Pero nos recordaremos, éramos nosotros,
nos recordaremos como se recuerda a los muertos,
y nos extrañaremos al contacto familiar de nuestra piel.
Es tan desoladoramente inevitable, tan carente
de sentido y doloroso, brutal, como el dolor,
que nos parece sencillo y humano, trágico.
Damos un paso hacia la muerte en cada beso.
Seremos consumidos por la risa final del amor.
Quizás hagamos como si el tiempo nunca
nos hubiese descompuesto. Será tan terrible como fingir,
como acostarnos de nuevo, como ir juntos de compras.
Pero aún es pronto y podemos permitírnoslo.
Aún podemos soñar con que podemos hacerlo.
Ahora que reímos y que nos sabemos, que nos hemos reconocido,
ahora, sí, es ahora que podemos ignorar la destrucción del mañana,
tan apaciblemente, como lo hacen
los aterrados huérfanos perdidos en el bosque.
lunes, 29 de diciembre de 2014
La pesadilla es la siguiente: dos leones.
La pesadilla es la
siguiente. Estoy en un parque zoológico. No sé cómo he llegado. Creo recordar
que el parque es una composición de todos los parques en los que he estado
alguna vez. Paseo mientras hablo con otras personas que me acompañan, que han
venido conmigo. Nos detenemos ante las diferentes paradas en las que se nos
invita a contemplar una nueva especie. Después eso no parece ser cierto.
Tampoco las personas que caminan a mi lado tienen rostro. El día es soleado, un
bonito día para pasear por un zoo cualquiera de una ciudad cualquiera. Eso sí,
es por la tarde. La luz mantiene esa inclinación inconfundible. Hay puestos de
bocadillos, de refrescos, de helados. En algún momento alguien se queja del
precio de las distintas ofertas. Cuando todo esto ocurre en mi cabeza yo ya me
siento intranquilo. No es la primera vez que estoy allí. Vuelvo cada cierto
tiempo a esa película. Como ya sé lo que va a pasar la angustia me devora el
pecho en todo momento. Pero mi yo en el sueño no lo muestra a sus acompañantes.
Es quizá parte del mismo juego, es, tal vez, un añadido a la locura
transitoria. Entonces la luz del sol ya no se refleja brillante en los objetos.
Es la justa luz necesaria para que se pueda ver y las sombras se derraman como
cansadas por la tirantez de la gravedad de todo un día de disimulo. Ahora estoy
solo. Se escuchan algunos gritos. Los paseantes se reparten por un espacio
vacío que ahora es mayor. Los gritos alertan de la fuga de los leones. Sé lo
que ocurrirá, así que ya pienso en correr. Sé dónde me voy a ocultar porque ya
ha pasado en muchas otras ocasiones. Pero saber es como si una mano enorme
apretase con fuerza las vísceras dentro de mi caja torácica. Corro y siento que
las dos fieras, los dos liberados machos de león, me buscan. Veo de forma
esporádica, en mi huida, a otras personas que se ocultan y que miran con ojos
inundados de terror a un lado y a otro. Es como si en el fondo ellos también
supieran que no irán a por ellos. Toman sus precauciones y sienten alivio al
verme correr lejos de cualquier escondite. Tengo la respiración jadeante y
rugiente de los leones inyectada en mis oídos. Al llegar a un claro salpicado
de jardines, en los que se alzan aisladas y altas palmeras inmóviles ante la
ausencia de viento, puedo ver a uno de ellos correr como en un juego tras dos
personas que gritan. No hay intención de alcanzarlos. Me buscan a mí. La
primera vez no lo sabía pero ahora sí lo sé. Ellos me están buscando. El parque
es cada vez un lugar más solitario y más oscuro. El lugar que busco no aparece
por ninguna parte. Me ha visto. Pero no es él. Nos miramos. Va a venir tras de
mí pero no es él. Y podría estar tranquilo porque sé cómo va a terminar todo,
terminará como lo hace siempre. Pero, ¿y si esta vez es diferente? En esos
momentos uno puede pararse a pensar en qué significa todo esto. No tiene la
menor importancia. El león me mira, diría que con satisfacción. En realidad
pasa más deprisa: lo veo, me mira y corro. El león inicia su trote casi lateral
con la cabeza muy erguida. A lo lejos, el otro león, el auténtico león, el
terrorífico animal que me busca, galopa. Y si no fuera porque he de correr muy
rápido lloraría. Ya no veo lo que ocurre tras de mí porque no miro. Sé que
ahora ambos galopan. Descarto subir a alguno de los árboles. Manejo en mi sueño
ese conocimiento. Ignoro las piedras que aparecen en mi carrera desesperada
sabedor de que no son armas eficaces. El rugir entrecortado de ambas fieras se
escucha cada vez más cerca.
Pocas cosas deben ser
tan aterradoras como el rugido de un león que va a por ti.
El león es una fiera
especialmente diseñada por la naturaleza para la depredación.
Si el simio que somos
se encuentra en el claro de un valle y en el claro del valle se encuentra
también un león no importa la distancia que los separa. El simio será devorado
y no alcanzará la muerte hasta muy avanzado el festín.
Si el simio que somos
decide correr contribuirá a que los instintos del león se agudicen y se vuelvan
tan incontrolables que harán que el león ya no pueda moverse en ninguna
dirección que no sea la más directa y segura hasta alcanzar para dar muerte a
su presa.
Así que pocas cosas
deben ser tan aterradoras como el rugido de un león que va a por ti; sabes que
será el último sonido que se instalará en tu cabeza antes de no ser más que un
sanguinolento amasijo de carne triturada que aún respira.
Y el rugir entrecortado
de ambas fieras se escucha cada vez más y más cerca y yo busco con
desesperación el lugar que sé y que me podrá salvar de ser devorado. Es
extraño, ahora que lo pienso. De dar vueltas he llegado al punto de partida.
Dos grandes contenedores forman una ele, los dos contenedores son lo extraño.
Ya casi me dan alcance cuando llego a los contendores. Sé que subiré a uno de
ellos y que el final ya está cerca. No es tan sencillo. Cada vez que este sueño
se repite uno de los dos leones, el león, es más grande y es más abultada su
espesa melena y son más amarillos sus feroces incisivos. Ya es de noche y la
fuga de los dos animales no han impedido que el automatismo de las luces cumpla
un día más con la rutina del parque. Subo con mucho esfuerzo al contenedor. Aún
tardan unos minutos en llegar los leones. Los espero arrodillado, la respiración
muy agitada me llena el pecho hasta el dolor. Cuando llegan el león de mirada
satisfecha detiene la carrera y va de un lado a otro en torno a los dos
contenedores, le da por rugir de vez en cuando. El otro, el gigantesco león que
me busca, frena al saltar contra el contenedor golpeando sus paredes metálicas.
Grito de terror y al oírme ruge con fuerza y mi grito parece ridículo y aún
ruge más fuerte y me mira. Las garras de sus patas delanteras arañan el suelo
en el que se clavan mis rodillas. No quiero mirarlo a los ojos, sé que los
suyos apenas parpadean. Sé que tendré que mirarlo a los ojos para que todo
acabe. No quiero mirar, no quiero mirar. Ruge y tiemblo. Es una pesadilla.
Viene demasiadas veces. No es la única, tampoco es la peor. Sus garras cobran
más y más fuerza a medida que dejo pasar el tiempo sin mirar su rostro de león
o su rostro de lo que sea porque sé que cuando lo mire no veré el rostro de un
león. Sus garras penetran la chapa roja del contenedor y el sonido no es de
este mundo. Quiero que todo acabe porque me duele el corazón de puro miedo.
Decido levantar la vista y ahora sí que lo veo. Dura un segundo, no hay otra
cosa igual, no se puede recrear con palabras una imagen tan diabólica. Mi
corazón se detiene. Todo es oscuro. Y despierto, una vez más.
sábado, 27 de diciembre de 2014
Estampados.
Cuando se trata de
hablar de la narración breve, del relato corto, se puede cometer el error de
creer que realmente se conocen los ingredientes que hacen de un cuento una obra
brillante. Abundan los talleres de escritura creativa. Es propio de estos
talleres que alguien pretenda enseñar a escribir y que para ello se emplee el
relato como unidad básica literaria para congraciarse con los resortes del
lenguaje narrativo. Bueno, partiendo de la base de que no creo que alguien
pueda enseñar a alguien a escribir -por lo que pienso que los talleres de
escritura creativa son una completa gilipollez-, el uso del cuento como aula me
parece un abuso -cuando no un error absoluto- del pragmatismo. Teorías sobre el
buen relato hay tantas y las hay tan diferentes y algunas tan contrapuestas que
me hacen pensar que en realidad ninguna es realmente válida. Se vierten no
pocos tópicos al hablar del buen relato. La brevedad del género lleva al exceso
su producción, le ocurre algo parecido a la poesía. Pero la triste y cruda
realidad es que se escriben muy pocos relatos en el que se puedan observar
algunos brillos de calidad, tal y como ocurre con la poesía. Resulta peculiarmente
placentera la lectura de un buen cuento. Uno termina con la sensación de haber
contemplado una elegante ecuación que asentase sobre el papel un proceso físico
y natural cuya obviedad le hiciese pasar por desapercibido. Ya ven, no es nada
fácil explicar con claridad la satisfacción que produce. Pero, ¿qué hace de un
relato que se convierta en una pieza necesaria? Desde luego no voy a ser yo
quien responda a algo así. Puedo reconocerlos, o creo poder reconocerlos. Y
últimamente he dado con una mina. No están publicados en ningún libro. Llevan
la pátina romántica de la publicación periódica. Has de esperar impacientemente
una nueva entrega. ¿Con qué nos sorprenderán la próxima vez? La serie Estampados que publica el Diario de
Cádiz es posiblemente la mejor colección de relatos que se ha publicado por el
Macondo desarrollado de los últimos tiempos. No veo que haya impactado en el
público lector como creo que se merece. Se escapa a mi comprensión. Pilar Vera
y Pedro Ingelmo, al amparo de las ilustraciones de Miguel Guillén, muestran en
cada entrega no sólo el enorme talento de dos redactores del periódico gaditano;
además, dan una clase técnica para el aprendiz de escritor de relatos (También,
por qué no, un buen hostión a quienes se creen -haciendo de continuo el
ridículo- ilustres cultivadores del género). Un dibujo nos inyecta una idea en
nuestro inconsciente. Lo observamos sin pretender obtener una respuesta a nada.
Es entonces cuando iniciamos la lectura. Verán que las palabras se acercan y se
alejan de la imagen construyendo una historia. La carga poética está presente
en todo momento. La brevedad -algo que no tiene por qué ser un imprescindible
en busca de la calidad- nos dificulta comprender cómo fugaces personajes se nos
incrustan de pronto y nos despiertan esa súbita familiaridad. En todos los
relatos de la serie publicados hasta ahora se establece un vínculo con el
lector por medio de los personajes que, con sorprendente rapidez, se dibujan
solos y completos -lo justo y necesario- en la mente del lector. Se intuye el
juego en la composición del cuento, se aprecia la intención de los creadores.
Un servidor, que también gusta de estos juegos -los juegos de la creación
literaria-, se siente asombrado ante el talento; uno que es humano y que es un
aprendiz, envidia estas pequeñas grandes creaciones. También me pregunto la
razón de la escasa repercusión de las mismas entre los escritores, críticos y
editores (a los editores ya se les debería haber encendido la bombillita roja
que alerta de la aparición espontánea de lo bueno entre tanta y asfixiante
mediocridad) que me son más cercanos -o mejor dicho, con los que mantengo
cierta relación en las redes sociales-. La serie Estampados del Diario de Cádiz, no me cabe la menor duda, alberga
los mejores relatos que he leído en un buen tiempo. Muy recomendables; desde
estas líneas, animo al acercamiento. Verán que no les engaño.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Ocurre en navidad.
Ustedes no lo saben. Es
difícil que puedan sentirlo de algún modo, o tal vez sí que lo sienten pero
resulta en exceso inefable. Pasa que me han puesto aquí y ahora desde la nada.
Y joder, más que sentirlo lo percibo con el sentido de la vista, con el olfato,
claramente, algo realmente extraordinario, que se repite con periodicidad
anual. Para dar una muestra de lo que hablo me gustaría trasladarme a hace
justamente unos cien años, movernos y cambiar nuestro escaparate por otro bien
distinto. Me debato entre el me lo creo y el no me lo creo y me cuestiono sobre
la estupidez a la que puedo estar siendo arrastrado por mis propias
circunstancias. Pero sigo. Hace cien años. Ocurrió muy lejos de aquí, creo que
en algún bosque de Bélgica. A un lado los soldados alemanes, al otro los
británicos. Ya llevan un tiempito asesinándose unos a otros con el
consentimiento de la historia. La guerra ha arrastrado a los manolos y a los
pepes de uno y otro país a desear y a pretender la muerte del contrario en una
tierra que no es la suya. Es navidad y hace frío, mucho frío. Han pasado
algunas horas sin que se produzca ningún disparo. Las piezas de artillería
crujen bajo la nieve, los hombres tiritan ensimismados, son incapaces de soltar
el fusil aunque no lo usen. Era mil novecientos catorce, el fantasma de la
muerte sobrevolaba a baja cota la campiña europea. Se alargaban trincheras como
una muestra de la inteligencia humana, después no habría más que echarle la
tierra desplazada para que los cadáveres quedasen bien enterrados y a otra cosa.
A uno, que lo han puesto aquí y ahora, le llega a las narices el melancólico
olor de estas fechas. De verdad creo que nos volvemos mejores en navidad, ya
sea por el hecho de expresar la voluntad de reunirnos con otros, casi seres
queridos en su mayoría. Y nos volvemos mejores no significa que seamos de
súbito buenas personas, es otra cosa. Nos vemos poseídos por la emoción, nos
dejamos llevar por ella y joder, realmente deseamos el bien para los demás. Por
otro lado están los que viven cómodamente apoltronados en su propia amargura.
También para ellos cambia algo en navidad. De igual modo les ocurrió a aquellos
soldados de mil novecientos catorce en las trincheras. Es imposible saber
realmente lo que pasó y cómo pasó. No me cuesta creer que fue verdad. Lejos de
sus familias, lo más alejados que se puede estar de cualquier muestra de
cariño, pudo ser que uno de ellos, respondiendo a la locura o al crujir de
dientes o váyase usted a saber qué, decidió entonar una oración propia de la
fecha o un villancico. Al cabo de un rato, no mucho a lo mejor, otro decidió
acompañarlo. Entonces ocurrió que desde la otra trinchera se pudo escuchar otra
voz en otra lengua entonando en un ritmo parecido una letra parecida y que
expresaba los mismos sentimientos. Digo que horas antes se apuntaban unos a
otros y se disparaban unos a otros y celebraban la muerte del caído. Y ahora
digo que en uno y otro bando el grupo que canta es más numeroso y que afloran
las sonrisas, entre los árboles de troncos robustos taladrados aquí y allá por
el impacto de los proyectiles malgastados, sonrisas como tajos a la muerte.
Todos cantan y uno de entre todos, poco importa si alemán o británico, hace
algo del todo sorprendente. Abandona la trinchera, descresta sobre la línea
imposible del talud y se adentra con paso decidido hacia tierra de nadie. No lo
sabe, no es capaz de darse cuenta de que no lleva el fusil en sus brazos.
Mientras camina no puede dejar de mirar a la trinchera contraria. Tampoco sabe
que desde ella nadie encara el fusil. La nieve cae en copos semiestáticos en la
nochebuena belga de la Gran Guerra Europea. Escribo estas líneas y vuelvo a
oler esa emoción estacional. Deseo con todas mis fuerzas estar contando una
historia verdadera. A la vez que el soldado camina hacia lo que en otro momento
sería una muerte segura lleva una de sus manos a sacar del bolsillo de la
guerrera un puñado de cinco cigarrillos. Ya hay alguien, otro soldado con
uniforme diferente y diferente bandera, que ha salido a su encuentro. Llegan al
centro mismo donde la muerte antes era dueña y señora del tiempo y del espacio.
Se sonríen de forma espontánea. Uno le da al otro el puñado de cinco
cigarrillos, el otro le extiende media chocolatina. Feliz navidad dice en
alemán el primero, feliz navidad, responde en inglés el segundo. Tal vez se
abrazan o no en este momento. En cualquier caso, lo hacen, con los ojos al
menos, sin saber el motivo que los lleva a ello. No miran atrás. Pero si lo
hicieran verían que otros los imitan, que otros también acuden al encuentro del
soldado enemigo, y de qué manera. Era la navidad de mil novecientos catorce y
entre trincheras y las botas crujían sobre la blanca nieve que antes era
manchada de roja sangre y de negra muerte. Me pregunto si tendrá algo que ver
esta historia con eso que percibo en el aire de estas fechas. Fechas en las que
la alegría es más intensa y es más profunda la melancolía. Y será que me han
puesto aquí y ahora como un vulgar peoncillo de este enorme ajedrez que es la
vida que nos ha tocado jugar. Y será que ustedes, la mayoría, no pueden verlo
en su totalidad porque la costumbre atenúa los instintos, aunque algo sienten.
Pero realmente algo ocurre en navidad. Algo que pasa entre NOSOTROS. Váyase
usted a saber qué.
jueves, 25 de diciembre de 2014
El discurso de un rey.
Trataba de encender el fuego con muy poco éxito. Los niños iban y venían, ignoraban la voz del monarca. Pedía silencio mientras removía con enojo los troncos, vertía alcohol de noventa y seis grados o colocaba de forma estratégica páginas de periódico viejo en los recovecos de la cadavérica hoguera. Y hablaba el monarca de los españoles. Yo, que aún me pregunto con genuino escepticismo la necesidad de un rey, prestaba atención al discurso; ¿qué podía saber ese señor de los españoles en realidad cuando a los mismos ciudadanos de a pie ya nos cuesta un mundo identificarnos como colectivo humano? Después no me resultó complicado averiguar que sus palabras se conducían siguiendo con férreo amarre al rumor que de nosotros se mantiene en el aire al modo de chascarrillo. Creo que fue cuando trató de algún modo dirigirse a las distintas nacionalidades que se reparten por la piel de toro reivindicando su identidad, tomando como unidad de medida a los catalanes. Estábamos en el vértigo previo a sentarnos a la mesa para la cena especial de la noche. Según El País el mensaje ya lleva días grabado; se señala -en un insultante alarde de inteligencia periodística- que se grabó antes de que la hermana del monarca fuese marcada por las palabras del juez. De modo que, claro, ya resultaba imposible hacer mención alguna al hecho. Pero sí habló de corrupción. Hay quien trata de justificar la corrupción alegando nuestro carácter latino. Otros apenas se pronuncian, como si se tratase de uno de los distintos componentes que se juntan en lo etéreo del aire para que podamos respirar. También los hay que gritan de indignación poniéndose muy colorados a la vez que acusan según su ideología. Bueno, de corrupción hablaba el monarca, nuestro rey. El fuego aparecía y desaparecía ante mi impotencia. Me precio de ser un excelente encendedor de fuegos. Pocas cosas me ponen tan cachondo como hacer una barbacoa. Y lo que realmente me excita de ese proceso es el encendido del fuego. Nunca lo hago igual, busco distintos modos, diferentes materiales. Hay en ello un anhelo, se desea el poder de manejar algo tan incontrolable como el fuego a antojo. Pero el fuego jugaba conmigo y yo, airado, pedía silencio a mi familia, más concentrada en los preparativos de la cena. La corrupción no es algo nuevo. Antes la consentíamos sin más, no nos afectaba directamente salvo en contadas y aisladas situaciones. Nos reíamos de Italia y su Berlusconi. El monarca hablaba de corrupción, de la lucha contra la corrupción, como echando fuera los balones de su momento familiar. La realidad es que poder y corrupción son del todo inseparables. Es trágicamente humano. Y aún no somos lo suficientemente capaces de idear herramientas que imposibiliten la aparición de lo uno cuando se da lo otro. Esto no es cierto. Pero podemos seguir engañándonos, tal y como hace nuestro monarca. Saben, cada vez me siento más alejado de los temas políticos. Tal vez ocurra que los temas políticos me parezcan cada vez menos interesantes, que sean ellos los que se alejan de mí. La superficialidad de la puesta en escena de un hombre entronado me es una imagen -no se puede buscar mucho más que una imagen en el hecho mismo- poco atractiva, nada interesante, innecesaria. El rey hablaba de los españoles y yo me batía con los elementos y ambos errábamos, el uno en un escenario palaciego, el otro en un hogar familiar. De fondo, como llegado desde muy lejos, fluye como una mentira, como un rumor inteligente, la inminencia de la tormenta. Creo saber cómo huelen las tormentas, el aire refrigerado que surge de pronto en la calma, la oscuridad aparentemente detenida en lontananza. Y no, aquí no huele a tormenta. Nos sentamos a cenar poco después del discurso. Desgraciadamente, nada nuevo ha aparecido bajo el sol del día de navidad, el año por venir -no se prometan nada, no se engañen, no se dejen llevar por estos días estratégicos-, seguiremos rumbo a nuestra distopía preferida. Miraba los troncos apagados mientras cenaba, mientras recordaba lo penoso del momento antes vivido, la pérdida de tiempo y el insulto que puede resultar el discurso de un rey.
domingo, 2 de noviembre de 2014
Asuntos de los que trato cuando hablo con Felipe y Maruja
Me he sentado delante
del ordenador sin un tema, una idea, un propósito. Podría decirse que la
criatura frente a la pantalla no es ahora más que el imbécil que todos llevamos
dentro -y que algunos se esfuerzan por sacarlo de titular. Menos mal que en el
fondo soy muy consciente de que to er mundo es güeno. ¿Quién lo dice? Un tipo
que en los dos últimos meses apenas pasó de los diez minutos de conversación
diaria y que bautizó a un mascato (me reservo lo que es un mascato y lo que
este animal alado representa) como Felipe y a su consorte como Maruja. Ahora me
tengo que decir que lo estoy volviendo a hacer, a ponerme serio y a hablar de
si el ser humano, esto, que si el ser humano, lo otro. Vamos, otra vez el
imbécil. No debería criticar tanto al imbécil titular de los demás cuando uno
tiene tan presente al suyo. Saben, yo era un listillo. Uno bastante
desagradable -sí, más que ahora incluso. Me partí el alma en esto de
desentrañar cuestiones indesentrañables desde demasiado pronto. Es normal que
el resultado ya en esta juventud mía sea tan poco gratificante. Cada vez con menos
convicciones y más interrogantes y dudas se me hace harto difícil no sentirme
un impostor al hablar o al escribir. Claro, siempre la paja en el ojo ajeno:
señalas, acusas, casi siempre en la intimidad de uno mismo, al otro, y te dices,
le dices, más bien: mientes, hijo de la gran puta, no eres más que un sucio
mentiroso y un vendido que no tiene ni puñetera idea de qué coño va esto. ¿De
qué coño va esto? Decía que no había un propósito. Tal vez haya surgido uno. Un
tema: las convicciones. A ver cuánto tiempo o cuántas palabras soy capaz de
mantenerlo. La convicción es una utopía. ¿Y cómo dices ahora que todo el que
piense lo contrario se equivoca? No puedes. No obstante, la convicción es una
sensación ilusoria. Pero uno ha de elegir una ruta y después apuntalarla y
luego pasar hormigonera y tal vez, crear tráfico en un par de sentidos (pero
¿por qué? ni puta idea, es una convicción). Diríamos entonces que lo correcto y
lo erróneo son límites superficiales, un abstracto concepto. En el mundo de las
ideas sería correcto usar siempre el verbo fallar, sí, como cuando se conceden
los maravillosos premios literarios (cualquier tipo de premio en realidad, pero
como tengo que mantener esa pose ácida, ya saben: que si los premios literarios
esto, que si lo otro, que si el del bocadillo de atún...). Pero qué
aburridísimas serían las conversaciones si uno tuviera que justificarse siempre
con un "pues yo fallo en creer..." en lugar de la siempre
impertinente aseveración. Ahora que caigo: mi vehemencia. Si las personas con
las que hablo supieran cuánto me arrepiento la mayoría de las veces de lo que
hablo o escribo... no sé que podrían pensar de mí. Ahí va otra que también está
muy bien: me importa un carajo lo que piensen de mí. Y una mierda, señor
Flores, y una mierda, que diría aquél. Pues eso, lo dicho, otra impostura
generalizada, sobre todo cuando se trata de listillos como el que yo era (y
eres, hijo mío, y eres, algo que pensaría mi madre y que nunca me diría. También
mi puerca infernal mayor lo pensaría, sólo que ésta, si no lo dice, revienta).
El que yo era sabía más que nadie y quería más que nadie y el miedo no era más
que un aliciente para meter la cabeza en la boca del león. Y cuántas bocas de
leones se cerraron en torno a mi cuello y mordieron los muy hijoputas hasta que
no me dejaron sangre alguna con la que inundar los músculos de mi boca para
articular con la suficiente vergüenza que me equivoqué. Aquí lo tenemos de
nuevo: el tema: la convicción. Creo -más que creer, creer plus- que entonces no
funcionaba a base de sólidas convicciones (¿y cuándo sí, picha, cuándo lo has
hecho?). La física cuántica -a través de las matemáticas- nos habla del
universo y de las probabilidades que tiene una partícula de hacer una cosa o
cualquier otra. Quiero decir, en realidad las partículas subatómicas podrían
llevar a cabo cualquier acción en cualquier momento. Sin embargo nuestra
limitada percepción de lo que ocurre y del tiempo que discurre nos hace creer
que siempre hacen la misma cosa y que no es una cuestión azarosa, como así es o
hasta la fecha se ha comprobado. Pues bien, supongo que en realidad, el
listillo que fui, lo que verdaderamente quería ser en la vida era partícula
subatómica, se creía esa posibilidad sin haberla considerado, con convicción,
esto es -si aplicamos la fórmula ya empleada- sin tener nada claro, sin ella.
Estará siendo una lectura muy pesada. Un único párrafo y con tanta digresión,
qué tedio, que estupidez. Y sin embargo ahí sigue, leyendo: merece un premio.
Los yoes de aquí, del otro lado, estudiamos la posibilidad del punto final como
ese premio. Pero, ay, no se llega a consenso. Aún podemos rizar el rizo, llevar
la estupidez a alcanzar cierto grado patafísico (los resortes de la mente
humana gravemente perjudicada por el aislamiento me empujan con fuerza hacia
otro tema: la patafísica). Podríamos decir que la ausencia en sí de toda
convicción lleva a la convicción. No cabe la menor duda. Las matemáticas son
claras y las matemáticas son el único lenguaje del que salen el resto de
códigos de comunicación. Escribir es un acto muy patafísico, lleva a los
límites de lo absurdo. En una de las vidas posibles que se barajan en la
partícula cuántica que soy existe el... el... el escritión. Ea, ahí es nada.
¿Lo explicamos? Lo explicamos. El escritión suele encontrarse en un plano en el
que abundan las palabras que interaccionan entre sí. Las fuerzas que actúan
entre estas palabras hacen del escritión una especie de agujero negro del que
se cree que se sabe mucho pero del que en realidad no se puede saber nada.
Cuando el escritión se comporta como singularidad pasa a llamarse lectorión.
Tanto lectorión como escritión tienen en común las múltiples direcciones en que
puede dirigirse el vector de la fuerza, lo que los diferencia es el sentido. En
realidad el escritión es sobretodo lectorión. Ignoramos cuándo el lectorión
actúa sobre su cosmos de palabras como escritión. Sabemos que lo hace, y a
veces con pesadumbre, sí, lo sabemos. Los físicos cuánticos hablarían en
términos de probabilidad. También, es importante, en este mundo caótico de las
partículas se produce el desastre: el lectorión, llevado por el espejismo y la
incertidumbre total, puede pasar a ser lo que se conoce como un antilectorión
-en su fase de singularidad- o peor aún, un antiescritión (y sí, criaturita,
esto es lo que eres cuando prostituyes tu talento en tu afán por trepar más y
más alto). (No te cansas, ¿eh, señor Flores?) Así que en esas estamos, al borde
de la sí o no aniquilación. Si a eso sumamos el resto de futuros posibles a los
que puede aspirar la partícula subatómica que es un servidor, entre todas las
vidas posibles (en la que incluimos -por darle una pizca de dramatismo al
delirio- la de aguerrido mercenario de la mar), sin que para una predicción nos
sean válidos los pasos seguidos hasta este preciso instante, podríamos decir
que la falta de convicción es la única realidad posible, y así volvemos al tema
que a duras apenas hemos sabido sostener en la última decena de líneas. ¿Y si
nos metemos con otro tema, y si hablamos, por ejemplo de: el instante? No lo
vamos a hacer. Conforme. Me he sentado delante del ordenador sin un tema, una
idea, un propósito. Podría decirse que la criatura frente a la pantalla no es
ahora más que el imbécil que todos llevamos dentro -y que algunos se esfuerzan
por sacarlo de titular. Menos mal que en el fondo soy muy consciente de que to
er mundo es güeno...
martes, 19 de agosto de 2014
Kilómetros de carne lejana
La carga mineral y poderosa del aire
penetra por los poros bajo la mirada.
Disimular con el alba que se despierta
para arrojar a las superficies el anhelo
para que no haya nada bajo su piel
por la distancia al pelo profundo
que acostumbraba a acariciar despacio
cuando la risa cuando el beso cuando morir
penetra por los poros bajo la mirada.
Disimular con el alba que se despierta
para arrojar a las superficies el anhelo
para que no haya nada bajo su piel
por la distancia al pelo profundo
que acostumbraba a acariciar despacio
cuando la risa cuando el beso cuando morir
era placentero y era una mentira.
No contemplará ese vuelo remoto
de un mediodía menos una mañana
el hombre que intenta mirar y no ve
porque no se desprenden carcajadas
como la de la boca que siempre piensa
para dormir sobre la solitaria oscuridad.
Y no son sus manos de falanges delicadas
el peso del acero en la noche y el pecho.
La oración no revelada a su piel
es un recuerdo sostenido en las horas.
La insuficiencia del aire que detuvo
entre andenes y cristales y aceros sería
la pausa homicida y los adioses llantos.
La vida que siguió ya fue otra cosa
que no era vida y que era esperar
devolverse a los brazos su cuerpo
que ahora es nube perpetua sobre aguas
No contemplará ese vuelo remoto
de un mediodía menos una mañana
el hombre que intenta mirar y no ve
porque no se desprenden carcajadas
como la de la boca que siempre piensa
para dormir sobre la solitaria oscuridad.
Y no son sus manos de falanges delicadas
el peso del acero en la noche y el pecho.
La oración no revelada a su piel
es un recuerdo sostenido en las horas.
La insuficiencia del aire que detuvo
entre andenes y cristales y aceros sería
la pausa homicida y los adioses llantos.
La vida que siguió ya fue otra cosa
que no era vida y que era esperar
devolverse a los brazos su cuerpo
que ahora es nube perpetua sobre aguas
hijas de una insolente
desesperanza.
Y qué simple y qué poco se tiene
cuando se añora la posesión sagrada
el ídolo nacido en cualquier lugar
que navegó otros mares y amó antes
de que fuera la valiosa posesión.
Permanecer de pie y endebles las piernas
a cualquier cosa sin importancia
a lo único importante y serio entregado.
Pero son kilómetros de carne lejana
al tacto y al beso y recuerda el olor.
Toda esta música que suena en oídos
no es escuchada por otros ni lo es
para nadie y es única y llega y responde
quien la oye con palabras que son mudas
lanzadas en un viaje y recorren tierras
y mares pueblos campos sin perderse
hasta llegar pulverizadas en susurro
a los oídos que en la última hora esperaban.
Y qué simple y qué poco se tiene
cuando se añora la posesión sagrada
el ídolo nacido en cualquier lugar
que navegó otros mares y amó antes
de que fuera la valiosa posesión.
Permanecer de pie y endebles las piernas
a cualquier cosa sin importancia
a lo único importante y serio entregado.
Pero son kilómetros de carne lejana
al tacto y al beso y recuerda el olor.
Toda esta música que suena en oídos
no es escuchada por otros ni lo es
para nadie y es única y llega y responde
quien la oye con palabras que son mudas
lanzadas en un viaje y recorren tierras
y mares pueblos campos sin perderse
hasta llegar pulverizadas en susurro
a los oídos que en la última hora esperaban.
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