Sé que cuando Ernest me
habla directamente, así muy serio, con los dedos de su mano derecha buceando
por su barba, lo hace por mi bien. Como no podría ser de otra manera yo desoigo
sus consejos, los comentarios con los que trata de guiarme por los vericuetos
de esto de contar cosas. Él sabe que sólo así puede uno encontrar sus propias
herramientas. No obstante parece resultarle de todo imposible dejarme tranquilo
para repetirme las mismas consignas una y otra vez. No sabría qué hacer si él
no siguiera a mi lado. A veces se me pone algo melancólico y me cuenta cosas
que no están en sus libros y que yo sé que son verdad. Es entonces cuando más
me gusta cabrearlo diciendo que no me creo una mierda de lo que me cuenta. Y se
cabrea, se cabrea tanto que me insulta y me dice que no soy más que otro niñato
que juega con cosas de mayores. Es un viejo con carácter. Cuando le digo que
necesito estar cómodo para escribir me dice que eso no es más que otra
estupidez de las mías. Una excusa más para postergar el trabajo, me dice. Lo
peor es cuando se mete con la dimensión de mis frases. Si por él fuera me
colocaría un punto cada tres o cuatro palabras. Cada vez que sale este tema no
puede remediar soltarme ese rollo suyo de París, de su trabajo como
corresponsal. Si le digo que hoy, por ejemplo, me he levantado sin ganas de
nada, me amenaza con darme un bofetón si no consigo imponerme una disciplina
cercana a la militar, que espabile, que él a mi edad era capaz de no dormir más
que un par de horas al día. Le digo que me aburre, que me deje descansar de
tantas batallitas, que ya tengo las mías propias para aburrirme yo solito.
Ernest se queda pensativo. Me dice que tengo razón y se va para volver al cabo
de un rato. Sé que cuando Ernest me habla directamente, así muy serio, con los
dedos de su mano derecha buceando por su barba, lo hace por mi bien. Y yo me
alegro de ello.
miércoles, 22 de mayo de 2013
martes, 21 de mayo de 2013
Soy electricista.
"Soy electricista.
Aunque no desagradecería unas monedas, lo que realmente necesito es un trabajo
para poder colaborar en mi casa, donde todos están sin trabajo".
Probablemente no pase
de los veinticinco años. Gafas. Algunos granos en la cara. Viste un gastado
pantalón vaquero y, sobre una camiseta de mercadillo, una sudadera a rayas
horizontales azul marino y gris. Se podría decir que es cualquiera. Cualquiera
entre tantos de los que uno se cruza por la calle, cualquiera como tú o como
yo, quiero decir. Podría uno ir paseando por ahí, verlo sentado en alguna
cafetería tomando café con unos amigos y pasaría tan desapercibido como pasamos
todos ante la mirada de los demás. Pero no es de esa guisa como me lo
encuentro. Está sentado, apoyado en una pared cercana al cristal del escaparate
de una tienda de ropa. Frente a él o, mejor dicho, entre él y el resto, a modo
de simbólico burladero que no se sabe a quién pudiera estar protegiendo, un
cartón de unos setenta centímetros doblado por la mitad, muestra a quien no
tema leerlo, el mensaje que tiene para dar al mundo y que no es otro que el que
encabeza esta entrada.
A veces me siento tan
estúpido. A veces, tan incapaz de entender, de abarcar en mi pensamiento la
locura que envuelve a las cosas que están pasando. Y digo locura, quizá, por mi
propia y estúpida incomprensión de los días que vivimos.
Me hubiera gustado
haberme sentado, allí en el suelo, haciendo compañía a ese joven electricista y
haberle ofrecido un pitillo. Tratar al menos de aliviar unos minutos de
desesperación con una charla imprevista. Supongo que pensé que era una
estupidez.
Ahora no lo veo así.
Llevo todo el día recordando esa mirada suya, la pesadumbre imposible de disimular tras las gafas y la vergüenza de quién, teniendo oficio y ganas, no tiene más remedio que pedir una limosna a una sociedad dominada por el miedo y que no mira por miedo y cuyo miedo, por desgracia, está más que justificado.
domingo, 19 de mayo de 2013
Física-Literaria.
Sentir el terror a lo
inasible, a lo absurdo. Eso es lo que he podido experimentar en los últimos
tres días. Pese a que uno se considera una persona racional -más si cabe en los
últimos tiempos- los extravagantes sucesos de las últimas tres mañanas me han
hecho experimentar el más genuino de los miedos, al mismo nivel quizá, de aquel
sobresalto lejano al despertar de una leve duermevela por el sonido
inconfundible y aterrador hasta el extremo, como un recuerdo ancestral, del
aullido de un lobo mientras trataba de dormir al raso en la noche de un valle
libanés cercano a la frontera israelí. Claro está que en aquella ocasión el
sujeto del miedo era identificable, al menos pasados unos segundos. En esta
ocasión, al mismo nivel quizá, pero con matices diferenciadores, el origen de
lo terrorífico fue del todo incomprensible. Durante tres días seguidos, una
voz. Una voz transmitida con serenidad me ha despertado pronunciando de forma
nítida mi propio nombre. EDUARDO. Así sin más.
La primera vez que esto
ocurrió, que desperté por una voz que me llamaba por mi propio nombre, me cogió
desprevenido. Tras unos instantes de aturdimiento creo que llegué a tener claro
de que el hecho en sí había ocurrido. La puerta del camarote se encontraba
cerrada. Oscuridad total ya que hemos de mantener las ventanas selladas. Nada
parecía indicar que alguien pudiese haber entrado. Dado que si en un lugar en
el que no hay nadie una voz te llama sólo se puede considerar una sola
hipótesis lógica. Una alucinación auditiva. No fue hasta pasadas una horas en
que recordé aquel extraño libro de Aldous Huxley, Las puertas de la percepción, que había leído hace ya algún tiempo.
Pero ocurre que ya ha llovido mucho desde que no consumo ningún tipo de droga
al margen del tabaco, el café y el alcohol ocasional; y bueno, en esos momentos
sólo me había ocurrido una vez, por lo que me tranquilizaba poder descartar de
momento algún tipo de enfermedad mental. Como tras el susto -pánico irracional-
primigenio, mi raciocinio me empujaba en busca de una explicación, dejé de
tener miedo. Pensé en estar más atento. Verán, soy una persona armada -uno se
gana la vida lo mejor que puede o le dejan- y la posibilidad de padecer una
enfermedad mental con alucinaciones auditivas puede resultar un asunto
complicado.
Y ocurrió de nuevo. Una
segunda vez. Serena y sin prisas, aquella voz, volvió a perturbar el éter
-conste que el éter no existe más o menos desde que Albert Einstein inició su
coqueteo con los fotones- repercutiendo en mi oído interno un nombre una vez
más, el mío. Como ya dije que estaría
preparado, más receptivo para tratar de sacar conclusiones del fenómeno, en
cuanto ocurrió de nuevo logré percibir a la perfección los detalles de esa voz.
Lo que saqué de ello no me pareció nada tranquilizador, más bien lo contrario.
Resulta que la voz era bien parecida a la mía. No recuerdo si era el mismo
Huxley o Carl Gustav Jung o si era otro quien definía el mayor horror como
verse uno mismo en otra persona que se cruza en el camino, esto es, cruzarse
con su propia persona. Según Goethe él mismo tuvo esa traumática experiencia.
Por suerte no es mi caso. Yo me escuchaba a mí mismo, escuchaba mi voz que me
llamaba, sosegada, firme, pronunciando con nitidez mi nombre completo: EDUARDO.
Volvió a ocurrir al día
siguiente por última vez. Y en esta ocasión respondí a la llamada. Pero sólo
recibí, como en las veces anteriores, un pulcro silencio apenas manchado con el
susurro del aire acondicionado. He de volver a Einstein para plantear cierto
argumento a todo esto. Hablé algo más arriba acerca de la desaparición del éter
o de su probable inexistencia. Einstein llegó a la conclusión de que la luz no
sólo se comportaba como una onda que navegaba por el éter sino que además, la
luz, estaba formada por partículas, cuestión esta que imposibilitaba el éter
mismo. Einstein se convirtió así en uno de los precursores de la mecánica
cuántica sin querer ya que nunca creyó en ella alegando la ya famosa frase de
"Dios no juega a los dados" ante las extrañas leyes que parecían
cumplir las partículas subatómicas. Heisenberg, introductor del Principio de
Incertidumbre y colega de Einstein, defensor de la mecánica cuántica, respondió
ante la afirmación de Einstein -si no me equivoco, hablo de memoria- no con
menos ingenio, que dejase de decirle a Dios lo que tenía que hacer. Todo esto
-que puede llevar al lector a preguntarse si esto sigue siendo un blog con
intenciones literarias, no sin razón- puede tener relación con el hecho de que
durante tres días seguidos, al despertar, haya escuchado mi propia voz
pronunciando mi nombre. Y es que el comportamiento del electrón de un átomo
cualquiera, lejos del modelo de sistema planetario de Niels Bohr, responde a
las leyes cuánticas del mismo modo que el fotón, siendo partícula y/u onda según
lo percibimos.
Ya sé, ya sé, todo esto
parece complicarse por momentos -tampoco para mí es fácil- así que hagamos un
trato. No me iré más por las ramas cuánticas con detalles siempre y cuando
ustedes crean lo que les digo hasta poder recurrir a fuentes más fiables. Propongo
por ejemplo cualquiera de los libros de Paul Davies, en los que, al leerlos,
uno siente la cercanía del siempre aparentemente impenetrable mundo de la
física.
Resumamos pues diciendo
que las cosas pequeñas -muy pequeñas- tienen una serie de leyes propias que
nada tienen que ver con aquellas que formulase el gran Isaac Newton en su día y
por las cuales, se rigen las cosas algo más grandes, que no las grandes
grandes, a nivel cósmico. Aparece pues la hipótesis del multiverso, casi nada.
Me gustaría creer que
esa voz que era la mía propia tuviera que ver con una especie de cruce entre
dos universos bien distintos. Aunque también es verdad que la idea de que mi
propio cerebro produjese el fenómeno me resulta interesante.
Pasa algo muy parecido
con la literatura. Y también me resulta increíble.
La teoría de las
supercuerdas nos abre la mente proponiéndonos un universo de once dimensiones.
Tres dimensiones expandidas, una temporal y siete dimensiones enrolladas. Yo
sumaría una más, la dimensión literaria, tan importante y tan real como las
demás. Ernest supo como nadie jugar con el curioso fenómeno de cruzar estas
dimensiones, de utilizar la dimensión literaria cruzándola con las tres dimensiones
expandidas y la dimensión temporal.
El Independiente.
¿Será cierto? ¿Será que
existe un medio de comunicación -un periódico, en concreto- que vive y se
expande totalmente libre? Cuesta creerlo. Pero lo miro una y otra vez y parece
real. No tengo la menor idea de cuándo surgió ni cómo. Sí que puedo imaginar el
porqué y, quizá, casi por quiénes, o al menos en parte. Y el fenómeno se ha
dado en Cádiz. El Independiente me produce una gran satisfacción y es por ello
por lo que le dedico estas torpes palabras en este espacio. Puedo explicar poco
porque la realidad es que es algo nuevo para mí. Algo nuevo e inesperado. Se ha
de anotar un valiosísimo tanto a esta iniciativa gaditana. Precisamente en
estos tiempos. Aquí lo tienen: http://www.indecadiz.com/
miércoles, 15 de mayo de 2013
...preceden, acompañan nuestros pasos.
A los niños que fuimos los mataron
sus padres en su lucha por un sueño.
Ahora renacidos, casi muertos,
preceden, acompañan nuestros pasos.
Pero acompañan nuestro lamento
de conocer las grietas de un ocaso
en el presente sórdido de cielos
inalcanzables, hartos de estar hartos.
Tan prematuramente bajo escombros,
bajo los fraternales bombardeos,
llorando la placenta y el amor.
Tan sigilosamente al abandono,
a la herida que llega tras un beso,
al viaje sin sentido y al adiós.
martes, 14 de mayo de 2013
Gaditano de mala calidad.
Es pedregoso, curvado
y, muy cuesta arriba, el camino que han de seguir los justos para ser justos
con los justos. Un camino en el que lo primero en lo que se ha de pensar es en
el respeto, el afecto, la memoria,... Tal vez, quién sabe, ese camino ha de tomarlo
uno desde el mismo suelo de partida. Sí, quizá, desde la tierra propia, desde
ese pedazo inerte de asfaltos y farolas que le vio nacer y que al tiempo es el
mismo de la gente que alberga todos sus afectos y admiraciones.
Reconozco en mi pasado
más reciente una reconciliación maravillosa con todas y cada una de las piedras
que conforman esta tierra mía. Quiero pensar que he iniciado el camino de los
justos. Uno es feliz cuando aprende, pocas cosas pueden ser tan gozosas en el
plazo largo de la vida. Y así es como considero que he ganado en esta extraña
reconciliación. He aprendido que mi tierra es tan increíble como la tierra de
aquellos otros de más allá; que las fiestas de mi tierra son tan alegres como
pueden serlo en cualquier otra tierra; y he aprendido que en mi tierra abundan
tanto los justos como los necios y que, así mismo, es como ocurre en otras
tierras que no son la mía. He aprendido a querer a mi tierra por la vía
dolorosa del alejamiento y de la soledad.
Pero no puede ser el
amor a la tierra propia como el amor injusto de la madre al hijo. Ha de amarse
a la tierra pretendiendo el bien de la misma sobre el resto de las cosas. Sobre
la tradición incluso. Porque el futuro es algo que comienza de forma tan
inmediata, hacer una revisión, una crítica desde el más profundo cariño, no ha
de suponer, a la tierra misma, un foco de reproches hacia quien sólo pretende
-equivocado o no- hacer de la tierra, digna de un sano orgullo de sus
habitantes.
La ciudad de Cádiz así
como las ciudades vecinas no son un carnaval. El carnaval es parte importante;
más que eso, mucho más que eso. A cualquiera que se le hablase de Cádiz, de
forma automática, sale raudo al paso de una exhibición de conocimiento con el
tópico del chirigotero como paradigma exacto del gaditano medio. Y es por esto que digo que
la ciudad de Cádiz y vecinas no son un carnaval pese a ser el carnaval una
fiesta importante y divertida y peculiar.
Por este tipo de
críticas uno puede recibir -y de hecho ha recibido- el más ridículo de los
linchamientos por parte de la gente que aprecia, que admira, que ama como se
ama a aquellas cosas que forman parte de la vida de uno y que por ello son
merecedoras de amor. De repente, en la red social común, uno se expone a que
todas esas iras reprimidas por todas las íntimas miserias le hagan sentir un
gaditano de mala calidad, un melón que salió amargo. Y bueno, yo no me
considero tan amargo. Quizá sí un poco melón, pero no precisamente amargo. Y
aunque uno quisiera obviar todas estas historias de relativa importancia,
también piensa que el camino de los justos tiene un inicio y que quisiera tal
vez emprender la marcha y que ésta tiene su origen en la tierra propia. ¿Cómo
arrancar pues si ya uno es considerado -o se siente considerado- un melón del
huerto que ha salido amargo?
Pocos son conscientes
de que mi amor por mi tierra, mi amor por Cádiz, pasa de largo el sentimiento
común generalizado, llegando a un nivel muy cercano al espiritual. Pocos son
conscientes de lo que significa para mí regresar a estos suelos después de
mucho tiempo viviendo de lo que le queda de la nostalgia por la tierra que lo
vio partir.
Gaditano de mala calidad. Gaditano de mala calidad. En fin.
miércoles, 1 de agosto de 2012
La voz del marinero
Cada día te imagino despertar
como en aquella que fue nuestra mañana.
La vida sigue moviendo el mundo
y ni siquiera sé si me recuerdas.
La mar hace que todo sea despacio:
navegar desde la mar -pensar un segundo
es hacerlo para siempre- es hacia la mar navegar.
Me digo: es el mejor rumbo.
Puedo acariciar la piel que ya no existe.
Mientras, me entretengo
en mirar como rompen
las olas en mi costado.
Es curioso sentir que se echan de menos las flores.
Hasta los confines del océano llega
tu perfume, como traído por los vientos.
Sonrío a la fiereza del monzón
que nos golpea sin permitir el descanso.
Podría caer por la borda si no lo hiciera.
Ahora más que nunca mi camino
es una estela que queda por la popa,
hacia los días de la espesura de tu pelo.
A falta de futuro tengo el presente.
Mientras, me entretengo
en mirar como rompen
las olas en mi costado.
Por cobardía quizá, a cada luna,
reprocho al plenilunio que dibuje tu perfil
desnudo y tumbado cuan largo es el horizonte.
La noche en la soledad de cubierta
es una pausa repleta de latidos
que retumban de proa a popa hacia el cielo.
De babor a estribor, el balanceo
va quebrando las rodillas
para quien la tierra es un nombre
de mujer, inolvidable y perdido.
Mientras, me entretengo
en mirar como rompen
las olas en mi costado.
como en aquella que fue nuestra mañana.
La vida sigue moviendo el mundo
y ni siquiera sé si me recuerdas.
La mar hace que todo sea despacio:
navegar desde la mar -pensar un segundo
es hacerlo para siempre- es hacia la mar navegar.
Me digo: es el mejor rumbo.
Puedo acariciar la piel que ya no existe.
Mientras, me entretengo
en mirar como rompen
las olas en mi costado.
Es curioso sentir que se echan de menos las flores.
Hasta los confines del océano llega
tu perfume, como traído por los vientos.
Sonrío a la fiereza del monzón
que nos golpea sin permitir el descanso.
Podría caer por la borda si no lo hiciera.
Ahora más que nunca mi camino
es una estela que queda por la popa,
hacia los días de la espesura de tu pelo.
A falta de futuro tengo el presente.
Mientras, me entretengo
en mirar como rompen
las olas en mi costado.
Por cobardía quizá, a cada luna,
reprocho al plenilunio que dibuje tu perfil
desnudo y tumbado cuan largo es el horizonte.
La noche en la soledad de cubierta
es una pausa repleta de latidos
que retumban de proa a popa hacia el cielo.
De babor a estribor, el balanceo
va quebrando las rodillas
para quien la tierra es un nombre
de mujer, inolvidable y perdido.
Mientras, me entretengo
en mirar como rompen
las olas en mi costado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
