sábado, 8 de agosto de 2015

En la ladera de un monte más alto que el horizonte quiero tener buena vista.


Traduzco sus palabras. Le cuesta mantener un discurso propio y duda. "Yo me entiendo" apunta continuamente como jalonando la opinión apenas elaborada. Así, un niño de trece años, mi hijo, me dice que prefiere cierto orden, y aunque no se considera racista él prefiere y defiende un ellos allí y nosotros aquí, ¿no han sido siempre así las cosas? Hay orden. Cada uno en su lugar. "Yo no soy racista", "ellos... culpa... terrorismo... mi país, su país... una Tercera Guerra mundial". Traduzco sus palabras porque se maneja torpe con ellas y porque el tema en cuestión es, en principio, un tema más propio de una conversación de adultos. En todo momento se aprecia la diferenciación ellos/nosotros. No se puede acusar a un niño de trece años ni un niño de trece años puede ser sospechoso de casi nada. Gira el mundo a su alrededor y extiende sus brazos y con sus manos alcanza muy de vez en cuando algo parecido a una certeza. Su seriedad al hablar es la misma a la que obliga el miedo. Al fin y al cabo ellos le dan miedo, tanto como a Reino Unido.



Según informe de Naciones Unidas más de 230.000 emigrantes han conseguido llegar a Europa de forma ilegal este año, una parte considerable a la Grecia del corralito, ya saben, lo del perro flaco; más de 2.000 han perdido la vida en las aguas que separan un continente de otro, el europeo y el africano, un número que supera escandalosamente los 1.600 del año pasado. Fugaces imágenes y titulares se suceden diariamente en los distintos medios. Somos espectadores de la tragedia mediterránea.





Un niño de trece años ha escuchado campanas pero no sabe muy bien por dónde. Es cuando le hablo y le cuento y presta atención que su forma de mirar cambia y su discurso se ve inevitablemente bloqueado. Es cuando le cambio el nombre, el suyo, y le relato el cuento de Omar o Mustafa o Lamin, nombres de otro mundo que desconoce y que no puede imaginar, que sabe que se ha perdido algo entre lo que consigue entender del exceso desinformativo.



Claro, el relato de Omar, Mustafa o Lamin empieza como aquellos cuentos de la vieja Arabia en los que el viento cálido del desierto peina de dunas la arena gruesa y amarilla de kilómetros de soledad que recorren caravanas de hombres, animales y mercadurías; románticas aventuras del medio oriente llenas de belleza natural y cultura hospitalaria, aventuras ricas de exotismo, amor y valores; empieza así, el cuento; y acaba en muerte flotante y danzante sobre los borreguitos de alta reluctancia bajo el sol del Mediterráneo. Aquí la salvedad es que la aventura se llama guerra y que, a diferencia de aquellos cuentos, en la guerra se muere, y no poco, sino continuamente y de forma brutal. Sí, hijo, le dije tal vez, una bomba no te pregunta la edad, si eres combatiente o no, mujer u hombre, si alguien llorará tu pérdida o si tu pérdida significará la ruina de la familia que una vez fue tu sueño. Sí hijo, allí están ocurriendo desgracias cada día. Y sí, hijo, allí es donde viven ellos, de donde vienen ellos.

Pero también son ellos los terroristas, papá, vino a decir, o tal vez no y solo lo pensó y yo lo leí en sus ojos, y siento miedo, dijo, ¿cómo vamos a permitir que traigan sus costumbres, el terrorismo y su religión, mucho peor, adónde vamos a parar, que la nuestra, que no mata a nadie?



Si alguna vez han intentado explicarle a sus hijos qué son Al-Qaeda, Estado Islámico o Hizbullah, pasando de puntillas por Boko Haram, habrán visto lo difícil que resulta, no a ellos entenderlo, sino a nosotros explicarnos, siempre y cuando exista una clara intención de informar y no de deformar una realidad, la intención de hablar de un problema mucho más profundo que el mero ellos son los malos y, nosotros, correctos y formados europeos, los buenos. No salgo mal parado sin embargo. Le hago un repaso por el integrismo islámico moderno, desde los egipcios Hermanos Musulmanes hasta nuestros días, hasta lo que ocurre en Siria o lo que podemos solo sospechar que está ocurriendo en Libia. Salgo bien parado tal vez porque también le hablo de Europa, de su pasado sangriento, y le hablo de "nuestra" religión, de su pasado sangriento, y le hablo de "nuestra" religión en Europa, le hablo del pasado sangriento remontándome a la noche de los tiempos y terminando en antes de ayer y las dos masacres que bien salpicaron otras partes del mundo. Y claro, así resulta muy fácil.



Volvemos al principio y le pido que ahora intente explicarme de nuevo eso del orden, sí, aquello del cada uno en su sitio. No resulta. Le pasa como a quienes tienen la capacidad de hacer algo para solucionar un problema que se cobra vidas humanas contadas en miles. Le pasa que calla y que aprovecha para peinarse el flequillo a la vez que siente una súbita urgencia por jugar con el llavero que lleva toda la tarde inmóvil sobre la mesa, casi inexistente, como inexistentes son las voces de Médicos sin frontera o la Agencia Europea de Vigilancia de Fronteras (Frontex). Sería entonces cuando le dije que las personas que buscan con desesperación una salida de la guerra y del horror por medio del embarque masivo en cascos de dudosa flotabilidad son como seríamos nosotros, él y yo, en caso de encontrarnos en la misma situación; que buscan refugio, un lugar en el que trabajar y vivir de la mejor manera posible procurando un futuro para quienes les sucedan, él mismo, como sería mi caso. Visto así, hijo mío, ellos, curiosamente, somos nosotros, ellos, son nosotros, los nosotros que han tenido la mala fortuna de haber nacido en otro lugar, uno peor y en guerra en estos momentos, y no otra cosa.



No puedo hacerle culpable de nada, ni siquiera de su ignorancia ya algo remendada. Tampoco los adultos espectadores de la tragedia lo somos. Si podemos hacer algo es concedernos un minuto de reflexión sobre lo qué pasa y sobre lo que hacen quienes sí tienen en sus manos el futuro de esas pobres gentes, números en datos de migración "ilegal".



Los más afortunados llegan incluso a tocar tierra y a viajar penosamente hacia el norte de Francia. Allí se apiñan en un vertedero humano, apestados para nuestros ojos, con la esperanza de cruzar el mar de nuevo por el canal de la Mancha a través del Eurotúnel, monumental obra de ingeniería humana, qué cosas. Ahora, desde el Reino Unido, cuna del capitalismo que cultiva la mentalidad egoísta y acojonada del primer mundo, sí, desde donde se huye de Europa por un temor ancestral a cualquier tipo de compromiso humano, ahora, se pide a Bruselas, símbolo de la falsa unidad europea, precisamente, un compromiso para con su problema de inmigración.

Como en la crisis griega el Mediterráneo pone en evidencia la existencia de esa Europa que nos vendieron.

Gira el mundo a su alrededor y extiende sus brazos y con sus manos alcanza muy de vez en cuando algo parecido a una certeza, con trece años, mi hijo, y muy probablemente nada de lo que le he dicho vaya a hacer mella en su mentalidad asediada por el mensaje del miedo. Ellos seguirán siendo ellos y seguirán inspirando temor y serán rechazados por su inconsciente e inducida forma de pensar. Nosotros, la sociedad espectadora ávida de espectáculo, somos un niño de trece años, uno que ha perdido toda su santa rebeldía.


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